martes, 27 de noviembre de 2012

El caso del Hombre de los Lobos


Sergei Pankejeff, el hombre de los lobos, con su esposa en 1910


Historia de una neurosis infantil, más conocida como el caso del Hombre de los Lobos, fue escrita en 1914 y publicada en 1918. Está incluida en el volumen XVII de las obras completas. En ella Freud expone el caso de Sergei Pankejeff (1886-1979), aristócrata ruso al que atiende de 1910 a 1914. Pankejeff, tras haber contraído una infección gonorreica a los dieciocho años, había desarrollado una severa neurosis caracterizada por la parálisis de los movimientos intestinales necesarios para la defecación, depresión y trastorno obsesivo. Los diez años anteriores al contagio sexual habían sido normales para el paciente pero durante su infancia había sufrido una grave perturbación neurótica compuesta de zoofobia y trastorno obsesivo de contenido religioso. Freud va a centrarse en los trastornos infantiles del paciente pues está convencido de que las neurosis adultas tienen sus raíces en el desarrollo de la sexualidad infantil. 

El paciente relata a Freud que, habiendo sido hasta los cuatro años un niño totalmente normal, a partir de ese momento sufrió una alteración del carácter y se mostraba siempre “descontento, excitable y rabioso; todo le irritaba y en tales casos gritaba y pateaba salvajemente”. Esta transformación parece coincidir en el tiempo con un miedo feroz a los animales que su hermana aprovechaba para atormentarle. Solía mostrarle una estampa de un libro de cuentos en la que aparecía un lobo andando a dos pies, estampa que desencadenaba en él verdadero terror. Estos miedos se transformaron en un trastorno obsesivo de contenido religioso. Antes de dormir tenía que rezar durante horas, santiguarse numerosas veces y besar todas las estampas religiosas que colgaban de las paredes. Sin embargo, al tiempo que rezaba no podía dejar de blasfemar, lo que le obligaba por penitencia a prolongar infinitamente sus rezos. Así, por ejemplo, asociaba a Dios con las palabras cochino o basura y a la Santísima Trinidad con tres montones de estiércol. En aquella época también ejecutaba un curioso ritual: cuando veía a algún mendigo o enfermo respiraba profundamente y luego expiraba como para expulsar de sí su mala influencia.

Pankejeff comunica durante la terapia extraños sueños en los que aparece agrediendo a su hermana y arrancándole sus velos o algo así. Estos sueños hacen emerger un recuerdo verdadero antitético, es decir, un recuerdo en el que él era agredido por su hermana y quedaba cuestionada su masculinidad. Había ocurrido que a los tres años y medio su hermana le había cogido el miembro y había jugueteado con él diciéndole que aquello era normal y que su amada chacha lo hacía con todo el mundo. Cuando en la pubertad intentó aproximarse físicamente a su hermana y esta lo rechazó, el sujeto, para vengarse de ella, rebajarla y reafirmarse, se aficionó a las criadas, de inteligencia inferior a la suya.

El intento de seducción de la hermana no le produjo sino asco así que orientó su libido hacia la chacha. Empezó a juguetear con su miembro delante de ella pero esta lo rechazó y le advirtió que a los niños que hacían eso se les quedaba en aquel sitio una herida. Es el primer aviso de castración, un elemento decisivo en la posterior investigación de Freud. Este fracaso impidió su correcto desarrollo sexual y experimentó una regresión a la fase anal en su vertiende sádica: se dedicó a matratar cruelmente a su chacha y a los animales, arrancando las alas a las moscas, pisoteando escarabajos, cortando en pedazos las orugas… Sin embargo, también estaba presente el tipo masoquista de la fase anal: fantaseaba con niños a los que los azotaban en su miembro. Y esto nos lleva al tercer objeto de su corta vida sexual: su padre. Había pasado de su hermana a la chacha para terminar en su padre, al que molestaba con su maldad para obligarlo a castigarle.

Esta etapa de maldad y perversidad se trunca por causa de un sueño que le provocará en adelante una intensa angustia, es el sueño de los lobos.

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales. Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…. y desperté. Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

El único movimiento del sueño fue el de abrirse la ventana, pues los lobos permanecieron quietos en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, y mirándome. Parecía como si toda su atención estuviera fija en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría por entonces tres o cuatro años, cinco a lo más. Desde esta noche hasta mis once o doce años tuve siempre miedo de ver algo terrible en sueños.» El sujeto dibujó la imagen de su sueño tal y como la había descrito.


 Dibujo de Sergei Pankejeff del sueño de los lobos. Museo Freud, Londres.

Aunque el papel terrorífico del lobo en cuentos infantiles como Caperucita Roja puede estar asociado al sueño, la “tenaz sensación de realidad” con la que el sujeto lo experimenta le indica a Freud que debe buscar en otro lugar diferente su significado. Cree, por sus estudios sobre la interpretación de los sueños, que la sensación de realidad revela que existe un material latente que aspira a ser recordado como real y no mera fantasía. La quietud de los lobos es, a su vez la transfiguración por antítesis de algún episodio violento. Sus largas colas son símbolos fálicos y con ellas se relaciona una historia contada en aquella época por su abuelo en la que un lobo pierde la cola. Otra vez la castración. El lobo, por último, en tanto que inspira miedo y respeto, parece simbolizar al padre. Con todos estos elementos Freud cree que el sueño esconde la contemplación a una edad temprana por parte de Pankejeff de la “escena primordial“, el coito entre sus padres. Además en una posición especialmente significativa pues deja a la vista los genitales, “erguido el padre, y agachada, en posición animal, la madre”, coitus a tergo, more ferarum. Una de las consecuencias futuras de esta visión que apoya la interpretación de Freud es que el sujeto desarrollará un impulso obsesivo, inexplicable y irreprimible hacia las mujeres que adopten esa postura. Uno de tales furiosos impulsos le costará la gonorrea anteriormente citada. El miedo al lobo, que tanto angustiaba a Pankejeff, era, según Freud, una advertencia del yo contra el secreto deseo de adoptar el papel de la madre, un papel sexualmente pasivo, homosexual y, por tanto, castrante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario