martes, 29 de diciembre de 2015

RESUMEN JACQUES LACAN SEMINARIO 4


LA RELACIÓN DE OBJETO

La relación de objeto. ¿por qué no lo elegí cuando dimos comienzo a estos seminarios? Precisamente por la razón que constituye el motivo de la segunda parte de mi título, y las estructuras freudianas.

El primer año trató de los elementos mismos de la conducción técnica de la cura, es decir, de las nociones de transferencia y de resistencia. El segundo se refería al fondo de la experiencia y el descubrimiento freudianos, o sea la noción del inconsciente, y creo haberles mostrado sobradamente que le había impuesto a Freud los principios que introdujo, literalmente paradójicos en el plano dialéctico, que figuran en más allá del principio del placer. Finalmente, durante el tercer año, les di un ejemplo manifiesto de la necesidad absoluta del simbolismo llamado significante para comprender algo, sea lo que sea, hablando desde un punto de vista analítico, en el campo propiamente paranoico de la psicosis. Nuestra elaboración culmina en un esquema que podemos llamar el esquema y que es el siguiente:

Este esquema inscribe en primer lugar la relación del sujeto con el otro. Tal como esta constituida al inicio del análisis, es la relación de la palabra virtual por la que el sujeto recibe del otro su propio mensaje, bajo la forma de una palabra inconsciente. Este mensaje le está prohibido, es objeto por su parte de un profundo desconocimiento, esta deformado, detenido, capturado, por la interposición de la relación imaginaria entre a y a, entre el yo y el otro, que es su objeto típico. La relación imaginaria, que es una relación esencialmente alienada, interrumpe, aminora, inhibe, invierte las más de las veces, desconoce profundamente la relación de la palabra entre el sujeto y el otro, el gran otro, como otro sujeto, un sujeto por excelencia capaz de engañar.

No fue en vano introducir este esquema en la experiencia analítica, en vista de como la formula hoy en día un número cada vez mayor de analistas, que hacen prevalecer en la teoría analítica la relación de objeto como algo primario, pero sin ir más allá al comentarla. En ella centra la dialéctica del principio del placer y el principio de realidad, y basan el progreso analítico en una rectificación de la relación del sujeto con el objeto, considerada como una relación dual que, añaden refiriéndose a la situación analítica, sería excesivamente simple. Pues bien, eso mismo es lo que pondremos a prueba, esta relación del sujeto con el objeto que tiende a ocupar cada vez más el centro de la teoría analítica.

Además, este año me han llegado algunos interrogantes, si no inquierudes, en cuanto a saber si iba o no a partir de los textos freudianos. Y no cabe duda que es muy difícil, en lo que a la relación de objeto se refiere, partir de los textos mismos de Freud, porque no está. Me refiero, claro, a lo que aquí se plantea formalmente como una desviación de la teoría psicoanalítica, así que he de partir de textos recientes y, al mismo tiempo, de una critica de sus posiciones.

REPASO:

En Freud se habla, por suepuesto, de objeto. La última parte de los tres ensayos para una teoría sexual se llama precisamente el reencuentro del objeto, Die Objektfindung. Se habla implícitamente de objeto siempre que interviene la noción de realidad. Hay también una tercera forma de hablar de él, siempre que está en juego la ambivalencia de ciertas relaciones fundamentales. Freud insiste en que para el hombre, no hay ninguna otra forma de encontrar el objeto sino la continuación de una tendencia en la que se trata de un objeto perdido, un objeto que hay que volver a encontrar.

El análisis insiste en introducir una noción funcional del objeto de una naturaliza muy distinta que la de un puto y simple correlato del sujeto. No se trata de una puta y simple ocaptación del objeto con determinada demanda del sujeto. El objeto tiene aquí un papel muy distinto, se sitúa, por decirlo así, sobre un fondo de angustia. El objeto es un intrumento destinado a enmascarar, a modo de una protección, el fondo fundamental de angustia que carácteriza a la relación del sujeto con el mundo en las distintas etapas de su desarrollo. Así, en cada etapa, el sujeto debe ser carácterizado. Al llegar al fin de nuestra charla de hoy, no puedo dejar de ilustrar lo que les digo con un ejemplo que le da todo su relieve. Me bastará con puntuar la ocnepción clásica, fundamental, freudiana, de la fobia.

Freud y todos aquellos que han estudiado la fobia, con él o después de él, señalan la ausencia derelación directa entre el objeto y el pretendido miedo que lo colorea con su marca fundamental, constituyéndolo en cuanto tal, como un objeto primitivo. Hay, por el contrario, una distancia considerable entre el miedo en cuestión, que bien puede ser en unos casos un miedo primitivo y en otros casos no serlo, y el objeto, constituido esencialmente para mantener ese miedo a distancia. El objeto encierra al sujeto en determinado círculo, una muralla, donde se protege de los miedos. Está esencialmente vindulado con el resultado de una señal de alarma. El objeto es, ante todo, una avanzadilla contra un miedo instituido. El miedo le da su papel al objeto en feterminado momento cierta crisis del sujeto que, sin embargo, no es ni típica ni evolutiva.

Esta noción moderna, si puede decirse así, de la fobia, ¿se afirma legítimamente? Por nuestra parte, también tendremos que criticarla. Que la angustia en cuestión es la angustia de castración, ha encontrado pocas objeciones hasta hace poco.



Centremos por ejemplo nuestra pregunta de partida en cual es la diferencia entre la función de una fobia y la de un fetiche, dado que tanto la una como el otro se plantean sobre el mismo fondo de angustia fundamental, ambos convocados supuestamente como medida de protección o de garantía por parte del sujeto.

CLASE 2
Tres formas de falta de objeto
(10 de Noviembre de 1956)

El objeto genital, por llamarlo por su nombre, es la mujer. Entonces, ¿por qué no llamarlo por su nombre?

El objeto se presenta de entrada en una búsqueda del objeto perdido. El objeto es siempre el objeto vuelto a encontrar, objeto implicado de por si en una búsqueda, opuesta de la forma más categórica a la noción del sujeto autónomo, conclusión a la que lleva la idea del objeto culminante. Finalmente, el tercer encabezamiento bajo el cual encontramos al objeto, si lo seguimos en Freud, es el de la reciprocidad imaginaria, o sea que, en toda relación del sujeto con el objeto, el lugar del término en relación es ocupado simultáneamente por el sujeto. Así, la identificación con el objeto esta en el fondo de toda relación con él.

Un imperialismo de la identificación. Si tu puedes identificarte a mi, si yo puedo identificarme a ti, sin duda de los dos el yo es el que tiene la mejor adaptación a la realidad y es el mejor modelo. A fin de cuantas, en un caso ideal, el progreso del análisis se reduce a la identificación con el yo del analista. Semejante parcialidad en el manejo de la relación de objeto puede condicionar una desviación extrema. Esto lo ilustra más en particular la práctica de la neurosis obsesiva. ¿qué es un obsesivo? En suma es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto. Se trata de un juego viviente que consiste en mostrarse invulnerable. Se da perfecta cuenta de que el juego no se juega donde él está, y por eso casi nada de lo que ocurre tiene para él verdadera importancia, lo cual no significa que sepa desde donde ve todo esto. A fin de cuentas, ¿quién dirige el juego? Sabemos que es él mismo, pero, podemos cometer mil errores si no sabemos a donde se dirige este juego. De ahí la noción de objeto, del objeto significativo para este sujeto. Sería erróneo creer que se pueda designar este objeto en términos de relación dual, recurriendo a la noción de relación de objeto tal como la elabora el aurot en cuestión. Esta claro que, en esta situación tan compleja, la noción de objeto no está dada inmediatamente, porque el objeto participa de un juego ilusorio, un juego de retorsión, un juego tramposo, que consiste en aproximarse a la muerte tanto como sea posible quedando a salvo de todos los golpes, porque el sujeto, de algún modo, ha matado su propio deseo por adelantado, lo ha, por así decirlo, mortificado. Digamos que se trata de demostrar lo que el ha articulado para ese otro espectador que es el mismo sin saberlo y en cuyo lugar nos va poniendo a medida que avanza la transferencia.

La noción de relación de objeto es imposible entenderla, incluso ejercerla, si no se introduce el falo como uno de sus elementos, no digo mediador, porque eso sería dar un paso que todavía no hemos dado juntos, sino tercero. La relación imaginaria, sea cual sea, esta modelada en base a una determinada relación que es efectivamente fundamental – la relación madre – hijo, con todo lo que tiene de problemática. Ahora bien, es imposible hacer intervenir este elemento imaginario sin que se manifieste como un punto clave, en el centro de la relación de objeto, lo que podemos llamar el falicismo de la experiencia analítica. En efecto, cuando se busca el origen de toda la dialéctica analítica en ausencia de la trinidad de los términos simbólicos, imaginario y real, a fin de cuentas es inevitable referirse a lo real. Cuando el analista, entrando en el juego imaginario del obsesivo, insiste en hacerle reconocer su agresividad, es decir, que hace situar al analista en la relación dual que un momento antes designaba como recíprova, el texto aporta, como prueba del desconocimiento de la situación por parte del sujeto, el hecho de que nunca quiere expresar su agresividad y sólo puede expresarla mostrando una ligera irritación, provocada por la rigidez técnica. El autor confiesa entonces que insiste en remitir siempre al sujeto al tema de agresividad, como si se tratara del tema central. El autor añade de forma significativa que a fin de cuentas la irritación y la ironía pertenecen a la clase de las manifestaciones agresivas. ¿es acaso evidente que la irritación sea característica de la relación agresiva? Es bien sabido, sin embargo, que la agresión puede ser provocada por cualquier otro sentimiento y que en absoluto se excluye, por ejemplo, que un sentimiento de amor este en el origen de una reacción agresiva. En cuanto a decir que una reacción como la ironía, por ejemplo, es agresiva por naturaleza, no me parece compatible con algo que todo el mundo sabe, que lejos de ser una reacción agresiva la ironía es, ante todo, una forma de interrogación, una modalidad de preugunta.

Esto les demuestra a que reducción de perspectiva conduce semejante concepción de la relación de objeto. Toda la ambigüedad de la cuestión suscitada en tono al objeto y su manejo en el análisis se reduce a esto – el objeto, ¿es o no lo real?.

Cuando les hablan de la relación de objeto en términos de acceso a lo real, acceso que debe conseguirse al término del análisis, ¿qué presenta esto para ustedes, espontáneamente es real el objeto, o no lo es? ¿Lo que se encuentra en lo real, es el objeto?

De la problemática del falicismo que hoy estoy introduciendo, podemos ver, porque es un punto verdaderamente llamativo de la experiencia analítica, que toda la dialéctica del desarrollo individual, así como toda la dialéctica de un análisis, giran alrededor de un objeto principal, que es el falo. Ya veremos más detenidamente que no se debe confundir falo con pene. Cuando por los años 1920 – 1930 hubo una inmensa polémica que se ordenó alrededor de la noción de falicismo y la cuestión del período fálico, de lo que se trataba era de distinguir el pene, como órgano real, con funciones definibles por determinadas coordenadas reales, del falo en su función imaginaria. Sólo por esto, ya valdría la pena que nos preguntáramos qué quiere decir la noción de objeto.

Pero antes de entrar en ello, preguntémonos ¿qué significa la posición recíproca del objeto y lo real’. Hay más de una forma de abordar esta cuestión, puesto que, en cuanto la abordamos, vemos que lo real tiene más de un sentido. Algunos de ustedes, creo, dejan escapar cierto suspiro de alivio – por fin va a hablarnos de ese famoso real que hasta ahora había quedado a la sobre. En efecto, no hay motivo de sorpresa, lo real se encuentra en el límite de nuestra experiencia.

Esta necesidad nuestra de confundir la Stuff, o la materia primitiva, o el impulso, o el flujo, o la tendencia, con lo que está realmente en juego en el ejercicio de la realidad analítica, representa un desconocimiento de la Wirklichkeit simbólica. El conflicto, la dialéctica, la organización, la estructuración de elementos que se combinan y se construyen, dan a la cuestión un alcance energético muy distinto. La realidad, en efecto, participa del doble principio, del principio del placer y del principio de realidad. En su trabajo, sin duda dubitativos, llenos de rodeos y confusiones, vemos sin embargo que los autores buscan explicarse el origen de un hecho como la existencia del fetiche sexual acaban refiriéndose a estos objetos. Se ven llevados a buscar, tanto como sea posible, punto en común entre el objeto en el nicho y el fetiche que ocupará el primer plano de la exigencia objetales para la mayor satisfacción alcanzable por parte de un sujeto, es decir, la satisfacción sexual. Espían en el niño la manipulación por poco privilegiada que sea de un pequeño objeto, de un pañuelo que le quite a su madre, una punta de la sabana de una cama, alguna parte de la realidad que accidentalmente se pone a su alcance, lo cual surge durante un periodo que, aunque se llame aquí transicional, no constituye sin embargo un periodo intermedio, sino permanente en el desarrollo del niño. Esos autores se ven llevados a confundir casi estos dos tipos de objetos, sin preguntarse por la distancia que pueda haber entre la erotización fetiche y la primera aparición de un objeto como imaginario. Lo que se olvida en esta dialéctica es que uno de los mecanismos más esenciales de la experiencia analítica es, desde el principio, la noción de la falta del objeto. Nunca, en nuestro ejercicio concreto de la teoría analítica, podemos prescindir de una noción de la falta del objeto con carácter centra. No es negativa, sino el propio motor de la relación del sujeto con el mundo.

Desde sus inicios, el análisis, el análisis de las neurosis, empieza con la noción de castración, tan paradójica, que puede decirse que todavía no ha sido completamente elaborada. Creemos que seguimos hablando de ella igual como se hacía en tiempos de Freud: es un gran error. Cada vez hablamos menos de castración, y hacemos mal. De lo que hablamos cada vez más es de la frustración. ¿qué diferencia hay entre una frustración y una privación? Esta claro que si hay que referirse a la privación es porque el falicismo, o sea la exigencia de falo, es, como plantea Freud, el punto fundamental de todo el juego imaginario en la progresión del conflicto descrita en el análisis del sujeto. Ahora bien si puede hablarse de privación es a propósito de lo real como algo muy distinto de lo imaginario. La exigencia fálica no se ejerce por ese medio. Parece en efecto muy problemático que un ser que se presenta como una totalidad pueda sentirse privado de algo que, por definición, no tiene. Diremos pues que la privación, en su naturaleza de falta, es esencialmente una falta real. Es un agujero.

La noción que tenemos de la frustración es la de un daño. Concierne a algo que se desea y no se tiene, pero se desea sin referencia alguna a la posibilidad de satisfacción o de adquisición.

Freud introdujo la castración de forma totalmente coordinada con la noción de la ley primordial, lo que la prohibición del incesto y la estructura del Edipo tiene de ley fundamental. Este es, si lo pensamos ahora, el sentido de lo que Freud enunció de entrada, cuando Freud situó una noción tan paradójica como la de la castración en el centro de la crisis decisiva, formadora, principal, que es el Edipo, lo hizo entrando en la experiencia con una especie de salto mortal. Retrospectivamente este hecho no puede sino maravillarnos, porque sin duda es maravilloso que todo lo que se nos ocurra sea no hablar de ellos. La castración sólo puede clasificarse en la categoría de la deuda simbólica.

Deuda simbólica, daño imaginario y agujero o ausencia real, he aquí cómo podemos situar esos tres elementos que llamaremos los tres términos de referencia de la falta de objeto. ¿cuál es el objeto que falta en cada uno de estos tres casos? Donde más claro está es en la castración. Lo que falta, en la castración, constituida como ésta por la deuda simbólica, ese algo que sanciona la ley y le da su soporte, y su inverso, el castigo, evidentemente no es en nuestra experiencia analítica un objeto real.

El objeto imaginario. La castración en cuestión lo es siempre de un objeto imaginario. Esta comunidad entre el carácter imaginario de la falta en la frustración y el carácter imaginario del objeto de la castración, el hecho de que la castración sea una falta imaginaria del objeto, ha favorecido que creyéramos que la frustración nos permitiría llegar con más facilidad al núcleo del problema. Pero la falta y el objeto, e incluso un tercer término que llamaremos el agente, no son forzosamente del mismo nivel en estas categorías. De hecho, el objeto de la castración es un objeto imaginario, y por eso hemos de preguntarnos que es el falo, eso que tanto tiempo ha costado identificar.

El objeto de la frustración, a la inversa, es claramente, por su naturaleza, un objeto real, por muy imaginaria que sea la frustración. Eso por lo que padece, por ejemplo, el niño,  sujeto por excelencia de nuestra dialéctica de la frustración, es siempre un objeto real. Esto nos ayudará a percibir una evidencia que requiere un dominio metafísico de los términos, superior al habitual entre quienes se refieren a esos criterios de realidad que antes mencionábamos – el objeto de la privación, por su parte, es siempre un objeto simbólico.

¿Cómo algo podría no estar en su lugar, no estar en un lugar donde precisamente no está? Desde el punto de vista de lo real, esto no quiere decir absolutamente nada. Todo lo que es real está siempre obligatoriamente en su lugar, aún cuando lo desordenemos. Lo real tiene la propiedad de llevar su lugar pegado a la suela de sus zapatos. Por mucho que revuelvas lo real, no es menos cierto que nuestros cuerpos estarán en el mismo lugar tras la explosión de una bomba atómica, en su lugar de pedazos. La ausencia de algo en lo real es puramente simbólica. Si un objeto falta de su lugar, es porque mediante una ley definimos que debería estar ahí. No hay mejor referencia que esta – piensen en lo que ocurre cuando pides un libro en una biblioteca. Te dicen que falta de su lugar, aunque pueda estar justo al lado, y no es menos cierto que en principio falta de su lugar, que por principio es invisible. Eso significa que el bibliotecario vive enteramente en un mundo simbólico cuando hablamos de privación, se trata de un objeto simbólico y de ninguna otra cosa.

Pero tal vez hay ya de entrada algo que permite concebir de forma muy simple y clara por que es tan distinta la evolución en los dos sexos. Sólo quiero añadir una noción que luego iré adquiriendo toda su importancia, la de un agente. Tratándose de la frustración, se impone la noción de que es la madre quien juega el papel de agente. ¿pero este agente es simbólico, imaginario o real?- ¿y qué es el agente de la castración? Es simbólico, imaginario o real? ¿ y el agente de la privación? No habría en verdad ninguna especie de existencia real, como he subrayado hace un momento? He aquí preguntas que al menos merecen ser planteadas.



CLASE 3
EL SIGNIFICANTE Y EL ESPIRITU SANTO

La imagen del cuerpo no es un objeto. Sin embargo, no sólo la imagen del cuerpo no es un objeto, sino que además no puede convertirse en un objeto. Es una formación imaginaria.

Sigue siendo de todos modos bastante misteriosos que en ciertas épocas de su vida, los niños, machos o hembras, se consideren obligados a tener miedo de los leones, si el león no es un objeto que suela encontrarse demasiado a menudo en sus experiencias. Del mismo modo, ya han podido ustedes constatar que el número de fetiches sexuales es bastante limitado. ¿por qué? Aparte de los zapatos, cuyo papel es tan sorprendente que podemos preguntarnos por que no se les presenta más atención. Lo principal es el zapato ¿cómo se podía ser fetichista en la época de cátulo? Aquí también hay un residuo. He aquí objetos a propósito de los cuales nos preguntaremos si son objetos imaginarios. Sin duda se trata de un hecho que sólo puede situarse a partir de las nociones de significado y de significante, que sólo así puede entenderse. Dije que los psicoanalistas tenían de la realidad una noción tan  mítica que resulta ser como al que durante decenios ha obstaculizado el progreso de la psiquiatría, cuando se hubiera podido creer que el psicoanálisis iba a liberarla.

No tuve tiempo de exponerles la tercera perspectiva que puede servir para presentar el tema de lo real, es decir, precisamente, poner el énfasis en lo que esta antes. Por ejemplo, antes de que yo advenga, había algo, estaba el ello. Se trata simplemente de saber que es este ello. En otros términos la noción de energía se construye efectivamente a partir de la necesidad que se impone una civilización productiva que quiere que le salgan las cuentas. La noción energética condujo a Freud a forjar una noción que debe usarse en el análisis de forma comparable a como se use la de la energía. Se trata de la noción de la libido. Freud sitúa enseguida la libido en un plano, si puedo decirlo así, neutralizado, por paradójico que este término les parezca.

La libido es lo que vincula el comportamiento de los seres entre sí y les dará, por ejemplo, una posición activa o pasiva – pero, nos dice Freud, esta libido tiene, en todos los casos, efectos activos, incluso en la posición pasiva, pues desde luego hace falta una actividad para adoptar la posición pasiva. De este modo viene Freud a indicar que, por este hecho, la libido se presenta siempre bajo una forma eficaz y activa, aspecto que la emparentaría más bien con la posición masculina. Freud llega a decir que sólo la forma masculina de la libido esta a nuestro alcance.

Todo esto sería paradójico si no se tratara simplemente de la noción que sólo esta ahí para permitirnos encarnar ese vínculo que se produce a un nivel determinado, estrictamente hablando el nivel imaginario, en el cual el comportamiento de un ser vivo en presencia de otro ser vivo le está vinculado por los lazos del deseo, la apetencia, efectivamente uno de los resortes esenciales del pensamiento freudiano para organizar lo que esta en juego en todos los comportamientos de la sexualidad.


Estamos acostumbrados a considerar al ello como una instancia estrechamente relacionada con las tendencias, los instintos, la libido. Pero ¿qué es el ello? ¿con qué nos permite compararlo la noción de la central eléctrica? Pues bien, precisamente con la central, tal como se le presenta a alguien que no sabe en absoluto como funciona. El personaje inculto que la ve, cree tal vez que el genio de la corriente se pone a hacer de las suyas en el interior y trasforma el agua en luz o en fuerza.  El ello es lo que, en el sujeto, es susceptible, por mediación del mensaje del otro, de convertirse en yo. He aquí la mejor definición.

Si el análisis nos aporta algo, es esto – el ello no es una realidad bruta, no simplemente lo que esta antes, el ello ya esta organizado, articulado, igual como esta organizado, y articulado el significante.

Toda la fuerza que ya está allí podrá ser transformada, sólo con una diferencia, que no sólo se transforma, también se puede acumular. La central no se ha construido por intervención del espíritu santo. Más exactamente, se ha construido por intervención del espíritu santo, y si lo dudan, se equivocan.

Si les hago esta teoría del significante y del significado, es precisamente para recordarles la presencia del espíritu santo, que es absolutamente esencial para el progreso de nuestra comprensión del análisis.

Planteemos esto a otro nivel, el del principio de realidad y el principio del placer.

¿En que sentido los dos sistemas, primario y secundario, se oponen? Si nos atenemos únicamente a lo que los define desde fuera, podemos decir esto – lo que sucede en el sistema primario esta gobernado por el principio del placer, es decir, por la tendencia a volver al reposo, y lo que sucede en el sistema de realidad se define por lo que fuerza al sujeto a la conducta del rodeo en la realidad, como suele decirse, exterior. Ahora bien, nada en estas definiciones concuerda con la sensación resultante del carácter conflictivo y dialéctico del uso de estos dos términos en la práctica, en su uso concreto, al que ustedes se libran todos los días. La paradoja del principio del placer es esta. Lo que en él ocurre se presenta sin duda, tal como se indica, como vinculado con la ley del retorno al reposo, la tendencia del retorno al reposo. Sin embargo, si Freud introdujo la noción de libido, y el lo dice formalmente, es porque el placer en el sentido concreto, el Lust, tiene en alemán un sentido ambiguo que el subraya – es a la vez el placer y la apetencia, es decir, el estado de reposo pero también la erección del deseo. Estos dos términos, aún pareciendo contradictorios, no están menos eficazmente vinculados en la experiencia. No es menor la paradoja que se encuentra en el nivel de la realidad. Del mismo modo que en el principio del placer hay, por una parte, el retorno al reposo, pero por otra parte esta la apetencia, igualmente no sólo hay esa realidad contra la cual se tropieza, también esta el rodeo, el desvío de la realidad.

Esto parece mucho más claro si, correlativamente a la existencia de los dos principios, hacemos intervenir los dos términos que los vinculan y permiten su función dialéctica – es decir, los dos niveles de la palabra expresados en las nociones de significante y de significado.

Ya situé en una especie de superposición paralela el curso del significante, o  el discurso concreto por ejemplo, y el curso del significado – en el, y como significado, se presenta la continuidad de lo vivido, el flujo de las tendencias en un sujeto y entre sujetos.

Esta representación es tanto más valida, cuanto que no puede concebirse nada, no sólo de la palabra, ni del lenguaje, sino tampoco de los fenómenos que se presentan en el análisis, sin admitir la posibilidad de perpetuos deslizamientos de significado bajo el significante y de significante sobre el significado. Nada se explica en la experiencia analítica sin este esquema fundamental.

 Este esquema supone que lo que es significante de algo puede convertirse en todo momento en significante de otra cosa, y todo lo que se presenta en la apetencia, la tendencia, la libido del sujeto, esta siempre marcado por la impresión de un significante – lo cual no excluyo que haya tal vez alguna otra cosa en la pulsión o en la apetencia, algo que de ningún modo esta marcado por la impresión del significante. El espíritu santo es la entrada del significante en el mundo. Esto es sin lugar a dudas lo que Freud aportó bajo el término de instinto de muerte. Se trata de ese límite del significado nunca alcanzado por ningún ser vivo, que incluso nunca se alcanza en absoluto.

Este significante que tiene sus leyes propias, sean o no reconocibles en un fenómeno dado, ¿es esto lo que se designa como Ello? planteamos esta pregunta – y la resolveremos. Para comprender algo de lo que hacemos en el análisis,  hay que responder -  sí.

El ello del que se trata en el análisis, es significante que ya esta en lo real, significante incomprendido. Ya esta ahí, pero es significante, no se trata de no se que propiedad primitiva y confusa correspondiente a no se que armonía preestablecida, hipótesis a la que vuelven siempre quienes no dudaré en llamar esta vez espíritu débiles.
A esta concepción se opone la observación tan simple de Freud en sus tres ensayos, a saber que lamentablemente no hay nada en el desarrollo del niño, y precisamente en su relación con las imágenes sexuales, que indique que ya estén construidos los carriles del libre acceso del hombre a la mujer y viceversa.  Lo que dice Freud es todo lo contrario o sea que las teorías sexuales infantiles, cuya huella quedara impresa en el desarrollo de un sujeto, en toda su historia, todo lo que será para él la relación entre los sexos, están relacionadas con la primera maduración del estadio genital, la cual se produce antes del desarrollo completo de Edipo, o sea la fase fálica.

Si esta fase se llama fálica, en este caso no es en nombre de una igualdad energética fundamental, que sólo figura a título de una comodidad para el pensamiento, no es porque haya únicamente una libido, sino porque en el plano imaginario sólo hay una representación primitiva del estado, del estadio genital – el falo cuanto tal.

Lo que ahora estoy poniendo en el principio de la experiencia analítica es la noción de que hay significante ya instalado y ya estructurado. Ya hay una central construida y en funcionamiento. No la han hecho ustedes. Esta central es el lenguaje, en funcionamiento desde hace tanto tiempo como puedan ustedes recordar. Literalmente, no pueden recordar más allá, me refiero a la historia de la humanidad en su conjunto. Desde que hay significantes en funcionamiento, los sujetos están organizados en su psiquismo por el propio juego de esos significantes. Por este hecho, el ello, que van a buscar ustedes a las profundidades, no es nada tan natural, y menos aún que las imágenes.

La existencia del significante sólo esta vinculada con el hecho, porque es un hecho, de la existencia del discurso, y que este se introduce sobre un fondo, más o menos conocido o desconocido, el cual curiosamente Freud sólo pudo caracterizarlo, llevado por la experiencia analítica, diciendo que el significante funciona sobre el fondo de cierta experiencia de muerte.

La experiencia en cuestión no tiene que ver en absoluto con nada de lo vivido. Si nuestro comentario de más allá del principio del placer de hace dos años consiguió mostrar algo, es que se trata nada más y nada menos de una reconstrucción, motivada por ciertas paradojas de la experiencia, precisamente por la de este fenómeno inexplicable – que el sujeto se ve llevado a comportarse de una forma esencialmente significante, repitiendo de forma indefinida algo que le resulta mortal, hablando con propiedad.

Y a la inversa, igual que la muerte se refiere en el fondo del significado, del mismo modo el significante toma en préstamo toda una serie de elementos vinculados con un término profundamente comprometido en el significado, es decir el cuerpo. Tal como en la naturaleza hay ya determinadas reservas, hay en el significado cierto número de elementos que en la experiencia se dan como accidentes del cuerpo, pero el significante los toma, y toma así de ellos, por así decirlo, sus primeras armas. Se trata de esas cosas inaprehensibles y sin embargo irreductibles, entre las cuales esta el término fálico, la pura y simple erección. La piedra erigida es uno de sus ejemplos, la noción del cuerpo humano, como cuerpo erecto, es otro así es como cierto número de elementos, vinculados todos ellos con la efigie corporal y tan sólo con la experiencia vivida del cuerpo, constituyen elementos primeros, tomados de la experiencia, pero completamente transformados por el hecho de ser simbolizados. Simbolizados quiere decir que han sido introducidos en el lugar  del significante propiamente dicho, caracterizado por el hecho de articularse de acuerdo con leyes lógicas. La relación central de objeto, la que es dinámicamente creadora, es la de la falta. En la experiencia, toda findung del objeto, nos dice Freud, es una wiederfindung.

Por el contrario, si leyeran la primera edición de los tres ensayos, se quedarían estupefactos – porque no reconocerían ninguno de los temas que tan familiares les resultan en el libro tal como lo leen habitualmente, con las adiciones hechas principalmente en 1915, varios años después de la einfurung des narzissmus. Eso es lo primero que deberán tener en la mente al estudiar este texto. Todo lo que concierne al desarrollo libidinal sólo es concebible tras la aparición de la teoría del narcisismo y una vez aisladas las teorías sexuales del niño con sus malentendidos fundamentales, consistentes, dice en particular Freud, en el hecho de que el niño no tiene ninguna noción ni de la vagina, ni del esperma, ni de la generación. Ese es su principal defecto la promoción de la noción de fase fálica sólo llegará después de la última edición de los tres ensayos, en el artículo de 1923 sobre la organización genital infantil.

El capítulo titulado la teoría de la libido concierne a la noción del narcisismo propiamente dicho. En suma, es la noción de la tensión narcisista, de la relación del hombre con la imagen, lo que introdujo la idea de la medida común libidinal, y al mismo tiempo la del centro de reserva a partir del cual se establece toda relación objetal como fundamentalmente imaginaria. Dicho de otra manera, una de las articulaciones esenciales es la fascinación del sujeto por la imagen, que a fin de cuentas siempre es una imagen que lleva en sí mismo. Esta es la última palabra de la teoría narcisista.

La introducción de lo imaginario, que luego llegó a gozar de tal preeminencia, se produjo únicamente a partir del artículo sobre el narcisismo, no se articula con la teoría de la sexualidad hasta 1915, no se formula a propósito de la fase fálica hasta  a propósito de la fase fálica hasta 1920, pero entonces se afirma de forma tan categórica, que desde ese momento lo cambia todo y deja a toda la audiencia analítica sumida en la perplejidad, de forma que la dialéctica llamada de la etapa pregenital, y no preedípica, como les he advertido, quedo situada con respecto al Edipo.

El término preedípico fue introducido a propósito de la sexualidad femenina, y diez años más tarde, en 1920, se designa como relación pre genital el recuerdo de las experiencias preparatorias de la experiencia edípica, pero que tan sólo se articularán en esta última. La relación pregenital sólo puede aprehenderse a partir de la articulación significante del Edipo. Las imágenes y los fantasmas que constituyen el material significante de la relación pregenital provienen en sí mismos de una experiencia que se ha producido en el contacto con el significante y el significado. El significante extrae su material de alguna parte en el significado, de cierto número de relaciones vivas, efectivamente ejercidas o vividas. Todo este pasado es tomado a posteriori y entonces se estructura aquella organización imaginaria que ante todo se presenta, en cuanto la descubrimos, con un carácter paradójico. Más que concordar con ella, se opone a la idea de un desarrollo armónico regular. Se trata por el contrario de un desarrollo crítico, en el cual desde el origen los objetos, tal como se les llama, de los distintos períodos, oral y anal, ya se toman por algo distinto de lo que son. Se trata de objetos ya trabajados por el significante, y revelan estar sometidos a operaciones de las que es imposible extraer la estructura significante.

Ya les mostré los tres niveles de esta falta, que es esencial situar cada vez que se produce una crisis, o un encuentro, o una acción eficaz en el registro de la búsqueda del objeto, que en sí misma tiene siempre un carácter crítico. Estos niveles son los siguientes: castración, frustración y privación. Lo que son cada uno como falta, la estructura central de cada uno de ellos, son cosas esencialmente distintas. Los analistas de hoy en día reorganizan en efecto al experiencia analítica a partir del nivel de la frustración, y descuidan la noción de castración, que sin embargo fue el descubrimiento original de Freud junto con el del Edipo.

Tan sólo voy a subrayar lo que quiere decir cada uno de estos términos. En la castración, hay una falta fundamental que se sitúa, como deuda, en la cadena simbólica. En la frustración, la falta sólo se entiende en el plano imaginario, como daño imaginario. En la privación, la falta esta pura y simplemente en lo real, límite o hiancia real. Cuando digo que, en el caso de la privación, la falta esta en lo real, quiero decir que no esta en el sujeto. Para que el sujeto acceda a la privación, ha de concebir lo real como algo que puede ser distinto de como es, es decir, que ya lo simbolice. La referencia a la privación tal como aquí la planteamos consiste en poner lo simbólico antes – antes de que pudiéramos decir cosas sensatas-. Se opone así a la génesis del psiquismo como habitualmente se plantea.

Esa falta de objeto, debemos concebirla en sus diferentes estratos en el sujeto -  en la cadena simbólica, que se le escapa, tanto en su principio como en su fin – en el plano de la frustración, donde en efecto el mismo se instala en lo vivido como pensable -  pero también hemos de considerar esta falta en lo real porque cuando hablamos de privación no se trata de una privación sentida.

Es sorprendente que nadie hablara anoche de un pasaje fundamental en lo que nos aportó la señora Dolto, a saber, según ella, sólo se convierten en fóbicos los niños de uno u otro sexo cuya madre ha tenido que soportar un trastorno en la relación objetal que la vinculaba con su progenito – de ella, de la madre – del sexo opuesto. Esta noción sin duda hace intervenir algo muy distinto que las relaciones del niño con la madre, y por eso he planteado el trío de la madre, el niño y el falo. Junto al niño, para la madre siempre esta el falo, la exigencia del falo que el niño simboliza o realiza más o menos. Por su parte, el niño, en su relación con la madre, no tiene ni idea. Cuando ayer se habló de imagen del cuerpo a propósito del niño, hay algo que sin duda debieron advertir- si esta imagen del cuerpo es efectivamente el niño, si incluso es accesible al niño, ¿acaso la madre ve necesariamente a su hijo? Esta es una pregunta que hasta ahora no se ha planteado. La fobia cuando se desarrolla, no es en absoluto de este orden. No se basa en ese vínculo. Constituye otra forma de solución al difícil problema introducido por las relaciones del niño con la madre. El año pasado ya se los mostré -  para que haya los tres términos del trío, se requiere un espacio cerrado, una organización del mundo simbólico, que se llama el padre. Pues bien, la fobia es más bien de este orden. Esta relacionada con ese vínculo asediante. En un momento particularmente crítico, cuando ninguna vía de otra naturaleza se abre para la solución del problema, la fobia constituye una llamada de socorro, la llamada a un elemento simbólico singular.

CLASE 4
LA DIALECTICA DE LA FRUSTRACIÓN.

Clase barros 5 de octubre del 2011 PERVERSIONES.

La elección del objeto es una cosa cultural. 
Lacan: el paroxismo perverso. Por lo general en la perversión se ve el montaje de una escena, que tiene ciertas condiciones. Ejemplo: “pegan a un niño” (texto de Freud sobre la perversión).
Lo que importa es la fijación en esa escena. Freud: la vida sexual encontramos amplificado y exclusivado, algo que encontramos en la vida sexual de todo sujeto, en calidad de placer preliminar. En toda conducta sexual de un neurótico, algo vamos a encontrar allí de sadismo, como placer preliminar dentro del juego previo, o un poco de fetichismo,

Todos aquellos que tienen una figura de goce en el cual no nos reconocemos, aparece como un mounstruo, un animal, como alguien no humano. Justamente las perversiones son el punto por donde tendríamos que empezar a estudiar la vida sexual humana. Nuestra vida sexual está hecha de perversiones. Quizá la mayoría de los neuróticos se defienden de ellas. Quizá este otro radical “raro”, esta presente en todos nosotros. Freud va a considerar que justamente mantiene la dimensión ética del termino de perversión, porque considera que esa dimensión está presente en estas conductas sexuales que algunas podemos discutir si son perversas o no.
Las perversiones exploran un goce oscuro, y además hacen que el otro que el partener, explore ese goce oscuro. Las perversiones son el testimonio de que el principio del placer entendida como la búsqueda de la homeostasis no es lo que rige ni tiene la ultima palabra en nuestras vidas. Podíamos pensar que todos nosotros buscamos el bien estar, pero los sujetos perversos dan testimonio de que el bien estar no es lo ultimo que nosotros buscamos. Ejemplo: noticias, diarios, noticieros, etc. Personas famosas con éxito profesional, y un buen día los encontraron en una conducta sexual ilícita que provocó el escandalo. ¿Qué tiene este goce que puede más que la propia vida incluso (el sacrificio de la fama, del prestigio, etc.)?

Lacan: el placer de cortarla en pedacitos (ejemplo de Kant) bien vale la horca para muchos tipos. Los políticos lo hacen a gran escala.

Ejemplo de sadismo: película la decisión de sofia: precisamente donde tiene que elegir Sofía. El sádico es una encarnación de nuestro superyó, que nos desgarra y nos divide, incluso éticamente. El torturador goza en el punto donde el otro se quiebra: donde delata a sus compañeros, donde se desdice de sus ideales, etc.

El neurótico quiere saber, quiere responder una pregunta; el perverso no quiere saber nada, el sólo quiere hacer algo para gozar, no existe pregunta que responder allí.
Es un chiste entonces, que hacen una buena pareja el sádico con un masoquista. Ejemplo en el chiste:

El masoquista le dice al sádico, hazme sufrir, y el sádico le dice: NO¡¡

Por lo general en las perversiones no existe un desencadenamiento especifico. Existe una experiencia infantil que realiza después, en la vida adulta, de forma activamente. El sujeto decide desde muy pequeño se inclina hacia las conductas perversas.

Con respecto a las neurosis, existen tres modalidades neuróticas del deseo, es decir, tres modalidades defensivas:

Histeria: deseo insatisfecho
Obsesivo: deseo imposible
Fobia: deseo prevenido

El neurótico no puede salir de esa necesidad defensiva que tiene el deseo, lo cual marca esa dimensión cobarde del neurótico.

El deseo se alimenta del deseo del otro.
Histeria: Se inclina a promover el otro, es un deseo a ser deseado, es el deseo del deseo. Desea que la deseen al pelo (porque se va a sustraer como objeto de ese deseo; deseo que me deseen y asumo mi objeto con relación a ese objeto,  calientalonch, cobarde). Para sostener ese deseo hay una pura insatisfacción. El objeto está ahí como algo negativo, es provocado el deseo pero a condición de que ese deseo se sostenga en la insatisfacción “mutua”.  La histérica es una promotora de calientalonches. Hay histéricas que consienten la entrega, y que aparentemente no se escapa del deseo del otro, pero sin embargo en ese acto ella está ausente, ejemplo: la puta que se acuesta con todos (no siente nada). Es ese modo de anestesiarse del cuerpo y que está evanecente, que se escapa, que es frígida.

Obsesivo: su deseo es el deseo del otro. Aquí por el contrario va a tratar de desconectar el deseo del deseo del otro. Lacan lo ubica en el seminario 5 que eso lleva a que en el obsesivo el deseo tiende a decrecer. Ejemplo: lacan destaca que el obsesivo trata de reducir el deseo de la demanda, es como decía un paciente enfurecido con su mujer porque el decía: no sé lo que ella quiere. El cree que todo podría formularse como una demanda entonces no habría margen de ese deseo. Podría darle al otro lo que el otro le pide. Esa relación del obsesivo con la demanda está relacionado con el erotismo anal, (lacan), es lo que gira entorno al control esfinterial, se produce porque el otro le pide dejar de cagarle enzima, y darle eso como un regalo. Es la enseñanza de como administrar los orificios del cuerpo. Cuando Freud ubica el erotismo anal en la neurosis obsesiva, en lacan se transforma en responder a la demanda del neurosis obsesiva del otro, en eso lo pone en condición de esclavo, al satisfacer lo que el otro le pide que satisfaga sus deseos. Se observa el modo de desgaste progresivo que el obsesivo causa a la relación de pareja; el obsesivo es un sujeto que cuando alguien da muestra de un deseo, el otro lo comienza a desgastar. Ejemplo: la mujer que le dice al marido: vamos al cine, y el obsesivo le dice: ahora no, es muy tarde, va haber mucha gente… Es el que va desgastando todo lo que aparece como algo que no esta calculado o prevista, hasta lograr que el otro quede sólo con la rutina, un efecto de aplastamiento. En el obsesivo hay un esfuerzo por controlar, porque no haya sorpresas.

Sin embargo tanto en la histeria como en el obsesivo al final se quedan sin deseo. Muchas veces en el obsesivo existe la pregunta de si está vivo o muerto ¿esto que tengo es vida?... en ese esfuerzo por controlar todo queda en sí misma haciendo que quede allí atrapado. Qué es lo que va a hacer el obsesivo para evitar que quede sin deseo (neuróticamente)? Es sostenerlo en la imposibilidad. El obsesivo se inventa un deseo que aparece como prohibido, como imposible.


Capitulo 4 Seminario 4:
LA DIALECTICA DE LA FRUSTRACIÓN

He aquí, extraída de su artículo sobre las pulsiones y sus destinos, la frase de Freud: el objeto de la pulsión es aquel a través del cual el instinto puede alcanzar su objetivo. Es lo más variable que tiene el instinto, no es nada que esté pegado a él desde el origen, sino algo que le está subordinado a consecuencia de su apropiación para su apaciguamiento. En Freud se pone de relieve que la noción del objeto es siempre la de un objeto vuelto a encontrar a partir de una Findung primitiva, de tal forma que el Wiederfindung, el reencuentro, nunca es satisfactorio.

Les he recordado lo que se presentaba en los datos de partida – la castración, la frustración y la privación. Lo fecundo es marcar las diferencias entre estos tres términos. ¿qué hay de la castración? La castración está esencialmente vinculada con un orden simbólico instituido, que supone una larga coherencia, de la que no puede aislarse al sujeto de ningún caso. Todas nuestras reflexiones anteriores ponen de manifiesto el vínculo de la castración con el orden simbólico, pero basta con esta simple observación-  en Freud, de entrada, la castración estuvo relacionada con la posición central atribuida al complejo de Edipo como elemento de articulación esencial de toda la evolución de la sexualidad. Si he escrito en la tabla deuda simbólica, es porque el complejo de Edipo contiene ya en sí mismo, como algo fundamental, la noción de la ley, noción imposible de eliminar. ¿qué objeto es el que está en juego, o es puesto en juego, en la deuda simbólica instituida por la castración? Como se lo indiqué la ultima vez, se trata de un objeto imaginario, EL FALO.

La noción que Freud puso en el centro del conflicto analítico, que es la del deseo. Lo importante es captar que quiere decir la frustración, cómo se introdujo, y con que está relacionada.

La noción de frustración, cuando se pone en primer plano en la teoría analítica, es remitida a la primera edad de la vida. Está vinculada con la investigación de los traumas, fijaciones, impresiones, provenientes de experiencias preedípicas. Esto no implica que sea exterior al Edipo -  de alguna forma constituye su terreno preparatorio, su base y su fundamento. 

La frustración se considera pues como un conjunto de impresiones reales, vividas por el sujeto en un periodo del desarrollo en el que su relación con el objeto real se centra habitualmente en la imago del seno materno, calificada de primordial, en relación con la cual se formarán en él las que he llamado primeras vertientes y se inscribirán sus primeras fijaciones, aquellas que permitieron describir los tipos de los diferentes estadios instintuales. Así han podido articularse las relaciones del estadio oral y del estadio anal con sus subdivisiones fálicas, sádicas, etc – y mostrar como están todas ellas marcadas por un elemento de ambivalencia que hace que la propia posición del sujeto participe de la posición del otro. En suma, nos entramos ante la anatomía imaginaria del desarrollo del sujeto. ¿qué es esta relación, la más primitiva, del sujeto con el objeto real? ¿qué puede ser más exterior al sujeto que ese objeto, el primer alimento por excelencia que responde a su necesidad más acuciante?.

Alice Balint llama Primary Love a esto. Según ella, se trata de la única forma de amor en la que egoísmo y don son perfectamente compatibles, porque se establece una perfecta reciprocidad entre lo que el niño exige de la madre y lo que la madre exige del niño, una perfecta complementariedad de los dos polos de la necesidad. Esta concepción es perfectamente contraria a toda experiencia clínica. De hecho, la noción de un amor tan estrictamente complementario y como destinado a encontrar por sí mismo su reciprocidad constituye una evasión, tan poco compatible con una teorización correcta, que los autores acaban confesando que se trata de un posición ideal, si no ideativa.

¿qué forma de relación con el objeto es la que está en juego en la frustración? Introduce, manifiestamente, la cuestión de lo real. He aquí en efecto que con la noción de frustración se introduce en el condicionamiento, en el desarrollo del sujeto, toda una cohorte de nociones que suelen traducirse en un lenguaje de metáforas cuantitativas – se habla de satisfacción, de gratificación, de cierta cantidad de beneficios adaptados, adecuados, a cada una de las etapas del desarrollo del joven sujeto, cuya saturación más o menos completa o, por el contrario, su carencia se considera un elemento esencial.

Es un error no partir de la frustración, que es verdaderamente el centro cuando se trata de situar las relaciones primitivas del niño. Pero además hay que tener una noción justa de esta noción central. Se gana mucho con abordarla de la siguiente forma – hay desde el origen en la frustración dos vertientes, que vemos estrechamente enlazadas de principio a fin.

Por una parte, está el objeto real. No cabe duda de que un objeto puede empezar a ejercer su influencia en las relaciones del sujeto mucho antes de que haya sido percibido como objeto. El objeto es real, la relación directa. Sólo en función de una periodicidad en la que pueden aparecer agujeros y carencias, podrá establecerse cierta forma de relación del sujeto que no requiere en absoluto admitir, ni siquiera por su parte, distinción de un yo y un no yo. Así ocurre por ejemplo en la posición autoerótica tal como la entiende Freud, en la que no hay propiamente constitución del otro, ni puede plantearse la relación de ninguna forma concebible.

Por otra parte, está el agente. En efecto, al objeto sólo le corresponde alguna instancia, sólo opera, en relación con la falta. Y en esta relación fundamental que es la relación con la falta de objeto, corresponde introducir la noción del agente, que nos permitirá aportar una fórmula esencial para el planteamiento general del problema. En este caso, el agente es la madre.

Para mostrárselo, me bastará con recordarles lo que ya hemos estudiado en estos últimos años, o sea lo que Freud articuló sobre la posición inicial del niño en los juegos de repetición, captados de forma fulgurante en su comportamiento.

La madre es algo distinto que el objeto primitivo. No aparece propiamente desde el inicio, sino, como Freud lo subrayó, a partir de esos primeros juegos, juego que consisten en tomar un objeto perfectamente indiferente en sí mismo y sin ninguna clase de valor biológico. Para el caso, se trata de una pelota, pero también podría ser cualquier cosa que un niño de seis meses haga saltar por encima de la baranda de su cuna para recuprarlo a continuación. Esta par presencia-ausencia, articulado de forma extremadamente precoz por el niño, connota la primera constitución del agente de la frustración, que en el origen es la madre. Podemos escribir como S(M) el símbolo de la frustración.

Esto le ofrece al sujeto la posibilidad de conectar la relación real con una relación simbólica.

Esto que así se introduce es lo que tiende naturalmente a adormecer en el momento de la frustración. El niño se sitúa pues entre la noción de un agente, que participa ya del orden de la simbolicidad, y el par de opuestos presencia – ausencia, la connotación más menos, que nos da el primer elemento de un orden simbólico. ¿Cuál es el momento decisivo en el cual la relación madre hijo se abre a elementos que introducirán lo que hemos llamado una dialéctica? ¿qué ocurre si el agente simbólico, el término esencial de la relación del niño con el objeto real, la madre en cuanto tal, no responde? ¿si ya no responde a la llamada del sujeto? Hasta entonces existía en la estructuración como agente, distinto del objeto real que es el objeto de satisfacción del niño. Cuando deja de responder, cuando de alguna manera responde a su arbitrio, se convierte en real, es decir se convierte en una potencia.

Esto, advirtámoslo, es el esbozo de la estructuración de toda la realidad en lo sucesivo.

Por el contrario, en cuanto la madre se convierte en una potencia y como tal en real y de ella depende manifiestamente para el niño su acceso a los objetos ¿qué ocurre? Estos objetos, que hasta entonces eran pura y simplemente objetos de satisfacción, se convierten por intervención de esa potencia en objetos de don. En suma, los objetos en el sentido en que nosotros lo entendemos aquí, que no es metafórico, los objetos que se pueden tomar, poseer, los objetos que el niño quiere conservar junto a él, ya no son tanto objetos de satisfacción, sino la marca del valor de esa potencia que puede no responder y que es la potencia de la madre.

En otros términos, la situación ha dado un vuelco – la madre se ha convertido en real y el objeto en simbólico. El objeto vale como testimonio del don proveniente de la potencia materna. El objeto tiene desde ese momento dos órdenes de propiedades de satisfacción, es por dos veces objeto posible de satisfacción – como antes, satisface una necesidad, pero también simboliza una potencia favorable.

Es un momento decisivo, en el cual la madre pasa la realidad a partir de una simbolización del todo arcaica. En este momento, la madre puede dar cualquier cosa. Es erróneo, completamente impensable, que el niño tenga la noción de que él es omnipotente. En su desarrollo nada nos lo indica, pero además, casi todo lo que nos interesa en este desarrollo y los accidentes de que está salpicando, nos enseñan que esta supuesta omnipotencia y los fracasos con los cuales supuestamente se enfrenta no cuentan para nada en este asunto. Lo que cuenta, como van a ver, son las carencias, las decepciones, que afectan a la omnipotencia materna.

Lo que hasta entonces se situaba en el plano de la primera connotación presencia ausencia, pasa de pronto a un registro distinto y se convierte en algo que puede negarse (14) y detenta todo aquello de lo que el sujeto puede tener necesidad. Y aunque no lo necesite, desde el momento en que eso depende de aquella potencia, se convierte en simbólico.

Freud nos dice que en el mundo de los objetos hay uno con una función paradójicamente decisiva: el falo. Este objeto se define como imaginario, de ningún modo puede confundirse con el pene en su realidad, es propiamente su forma, su imagen erecta. Este falo tiene un papel tan decisivo, que tanto su nostalgia como su presencia, o su instancia en lo imaginario, resultan al parecer más importantes todavía para los miembros de la humanidad a quienes les falta su correlato real, o sea las mujeres, que para quienes pueden consolarse con tener de él alguna realidad, pero aún así toda su vida sexual esta subordinada al hecho de  que imaginariamente asuman cabalmente su uso y, a fin de cuentas, lo asuman como lícito, como permitido – es decir los hombres.


Freud nos dice que entre las faltas de objeto esenciales de la mujer esta incluido el falo, y que esto esta íntimamente vinculado a su relación con el niño. Por una simple razón – si la mujer encuentra en el niño una satisfacción, es precisamente en la medida en que halla en él algo que calma, algo que satura, más o menos bien, su necesidad de falo. Tenemos pues a la madre y al niño en determinada relación dialéctica. El niño espera algo de la madre, también él recibe algo de ella.

La cuestión entonces es la siguiente - ¿qué ocurre, si la imagen del falo para la madre no se reduce por completo a la imagen del niño, si hay diplopía, división del objeto deseado supuestamente primordial? Lejos de ser armónica, la relación de la madre con el niño es  doble, con, por una parte, una necesidad de cierta saturación imaginaria y, por otra parte, lo que puede ser en efecto las relaciones reales y eficientes con el niño, en un nivel primordial, instintivo, que en definitiva resulta ser mítico. Para la madre, siempre hay algo que permanece irreductible en todo esto, a fin de cuentas, si seguimos a Freud, diremos que el niño como real simboliza la imagen. Más precisamente el niño como real ocupa para la madre la función simbólica de su necesidad imaginaria:  están los tres términos.

Aquí podrán introducirse todas las variedades. Todo tipo de situaciones ya estructuradas existen entre el niño y la madre. En cuanto la madre se introduce en lo real como potencia, se le abre al niño la posibilidad de un objeto que, como el objeto de don, es propiamente intermedio. La cuestión es saber en qué momento y cómo puede ser introducido el niño directamente en la estructura simbólico – imaginario – real, tal como se produce para la madre. Dicho de otra manera, ¿en qué momento puede entrar el niño – para asumirla de una forma, como veremos, más o menos simbolizada – en la situación imaginaria, real, de la relación con aquello que es para la madre el falo?

Esta imagen fálica, el niño la capta en él, y ahí interviene  lo que es propiamente la relación narcisista. Cuando el niño capta la diferencia de los sexos, ¿en qué medida se articulará esta experiencia con lo que está a su alcance en la presencia de la madre y su acción? ¿ cómo se inscribe entonces el reconocimiento de este tercer término imaginario que es el falo para la madre? Más aún, la noción de que a la madre le falta ese falo que ella misma es deseante no sólo de algo distinto de él sino simplemente deseante, es decir, que algo hace mella en su potencia, será para el sujeto lo más decisivo.

EL OBJETO DE LA FOBIA  APARECE COMO AGENTE QUE RETIRA ALGO CUYA AUSENCIA HABÍA SIDO MÁS O MENOS ADMITIDA AL PRINCIPIO.

¿vamos acaso a hacer un cortocircuito diciendo que en la fobia se trata simplemente de un paso al registro de la ley? – es decir, de la intervención de un elemento que, como les decía hace un rato, posee una potencia, para justificar la ausencia de lo que está ausente, por el hecho de haber sido mordido, quitado.

Después de todo, el superyó tal vez no sea para el niño más que una excusa imaginaria, mientras que las angustias son, ellas sí, primordiales, primitivas. En otros términos, la cultura, con todas las prohibiciones que supone, es algo caduco, y en ella viene a cobijarse y a hallar su descanso lo fundamental, es decir, las angustias en su estado todavía no constituido.

¿Cuándo se hace necesaria la fobia? En cuanto a la madre le faltaba el falo. ¿qué es lo que determina la fobia por lo tanto? ¿Qué es lo que se equilibra con ella? ¿Por qué es suficiente?.


CLASE 5
DEL ANALISIS COMO BUNDLING, Y SUS CONSECUENCIAS. 1956

Así, la situación analítica es concebida como una situación real en la que se lleva a cabo una reducción de lo imaginario a lo real. Se produce entonces lo que llaman la exhaución de sus diversas posiciones, esencialmente imaginarias, y la relación pregenital se convierte cada vez más en lo esencial de todo lo explorado en el análisis.

Lo único que no elucida en absoluto tal concepción de la situación analítica – no se sabe por que se habla. Que no se sepa no significa que se pueda prescindir de ello. Pero por otra parte, saldrá a relucir el valor muy especial que se le da sólo a la verbalización compulsiva, a gritos dirigidos al analista del tipo de - ¿y ahora por qué no me responde usted? Esto lo encontrarán en distintos autores, puntuado con la mayor precisión. Una verbalización sólo tiene importancia para ellos si es impulsiva, es decir, una manifestación motriz.

La línea a-a´ se refiere a la relación imaginaria, que relaciona al sujeto, más o menos discordante, descompuesto, a merced de la fragmentación, con esa imagen unificadora, narcisista, que es la del otro con minúsculo. En la línea S-A. que no es tal línea, sino que conviene establecerla, se produce la relación del sujeto con el Otro. El Otro no es tan sólo el Otro que no está presente, sino, literalmente, el lugar de la palabra. Ahí está, ya estructurado en la relación hablante, ese más allá, ese Otro con mayúscula más allá del otro que uno aprehende imaginariamente, el otro supuesto que es propiamente el sujeto, el sujeto en quien la palabra de uno se constituye, pues no sólo puede acogerla, percibirla, sino también responder.  En esta línea se establece todo lo que corresponde a la transferencia, y lo imaginario juega precisamente un papel de filtro, incluso de obstáculo. Desde luego, en cada neurosis, el sujeto ya tiene, por así decirlo, su propio reglaje. Su reglaje con respecto a la imagen le sirve en efecto al mismo tiempo para oír y para no oír lo que hay que oír en el lugar de la palabra.

En el punto a donde llevé las cosas la ultima vez, vieron dibujarse una línea de investigación sobre la triada imaginaria madre-niño-falo, como preludio a la puesta en juego de la relación simbólica, que sólo se produce con la cuarta función, la del padre, introducida por la dimensión del Edipo.

El triángulo es en sí mismo pre-edípico. Se integra en el cuarteto constituido por la intervención de la función paterna, a partir de lo que podemos llamar la decepción fundamental del niño. Esta se produce cuando reconoce no sólo que no es el objeto único de la madre, sino que a la madre le interesa, de forma más o menos acentuada según los casos, el falo. A partir de este reconocimiento, ha de reconocer en su fondo lugar que la madre, precisamente, esta privada, que a ella misma le falta este objeto.

¿Qué ocurre en la situación edípica normal? Por mediación de cierta rivalidad del sujeto con el padre, puntuada como identificación en una alternancia de relaciones, se establece algo que hace que el sujeto reciba, dentro de ciertos límites, precisamente los que lo introduce en la relación simbólica, la potencia fálica. La madre hace del niño como ser real símbolo de la falta de objeto, de su apetito imaginario del falo. La salida normal de esta situación es que el niño reciba simbólicamente el falo que necesita. Pero para necesitarlo previamente ha tenido que experimentar la amenaza de la instancia  castradora, primordialmente la instancia paterna. La identificación viril que se encuentra en la base de una relación edípica normativa, se funda aquí en el plano simbólico, es decir, en el plano de una especie de pacto, de derecho al falo.

En los tipos de relación libidinal en el adolescente, Freud distingue dos tipos de objetos de amor, el objeto de amor anaclítico, que lleva la marca de una dependencia primitiva respecto de la madre, y el objeto de amor narcisista, modelado en base a la imagen narcisista del sujeto, que aquí hemos tratado de elaborar mostrando su raíz en la relación especular con el otro.

El termino anaclítico, vemos claramente que se trata de una necesidad de apoyo, que sólo pide desembocar en una relación de dependencia.

Si profundizamos más, veremos que hay singulares contradicciones en la formulación hecha por Freud de estos dos modos de relación, anaclítico y narcisista, como opuestos. Se ve llevado curiosamente a hablar, con respecto a la relación narcisista, de una necesidad de ser amado, más que de una necesidad de amar. El narcisista aparece de golpe en una perspectiva que nos sorprende. Se muestra activo en la medida en que, hasta cierto punto, siempre ignore al otro. Pero a la inversa, Freud lo reviste con el deseo de amar y le confiere este atributo, convirtiéndolo así, de algún modo, en el lugar por naturaleza de lo que en otro vocabulario llamaríamos el oblativo, algo que por fuerza ha de resultar desconcertante.

Una vez más, estas perspectivas paradójicas se originan y al mismo tiempo se justifican en el desconocimiento de la posición de los elementos intersubjetivos.

La relación anaclítica, en lo que interesa, es decir, en su persistencia en el adulto, se concibe siempre como una pura y simple supervivencia, o prolongación, de lo que se llama una posición infantil. Esta posición Freud la llama, en su artículo sobre los tipos libidinales, ni más ni menos, la posición erótica, lo que demuestra que es la posición más abierta. Sería desconocer su esencia no darse cuenta de lo siguiente – en la medida en que el sujeto masculino es investido con el falo en la relación simbólica, como algo que le pertenece y ejercita legítimamente, se convierte en aportador del objeto del deseo para el objeto sucesor del objeto materno, o sea la mujer, el objeto recobrado y marcado por la relación con la madre primitiva que es en principio su objeto en la posición normal del Edipo, y esto lo expone Freud desde el origen en sus planteamientos. Si esta posición se convierte en anaclítica, es porque la mujer depende de él, del falo cuyo amo será él a partir de ahora.

La relación de dependencia se establece por cuanto, identificándose con el otro, con el parterner objetal, el sujeto sabe que le resulta indispensable, que es él y sólo él quien la satisface, porque en principio es el único depositario de ese objeto que es el objeto del deseo de la madre. En función de esta forma de culminar la posición edípica, el sujeto se encuentra en una posición que podemos calificar, de acuerdo con cierta perspectiva, como óptima respecto del objeto recobrado, sucesor del objeto materno primitivo para el que él se ha convertido en objeto indispensable, sabedor de que es indispensable. Una parte de la vida erótica de los sujetos que participan de esta vertiente libidinal está totalmente condicionada pro la necesidad por parte del otro, la mujer materna, de hallar en él su objeto, el objeto fálico, necesidad que ellos experimentaron en alguna ocasión y asumieron. Esto constituye la esencia de la relación anaclítica por posición a la relación narcisista.

Este paréntesis está destinado a mostrarles la utilidad de hacer intervenir la dialéctica de los tres objetos primeros y el cuarto término, que los acoge a todos y los vincula en la relación simbólica, o sea el padre. Este término introduce la relación simbólica, y con ella la posibilidad de trascender la relación de frustración o de falta de objeto en la relación de castración, algo muy distinto, porque introduce esta falta de objeto en una dialéctica en la que se toma y se da, se instituye y se inviste, en suma una dialéctica que confiere a la falta la dimensión del pacto, de una ley, una interdicción, en particular la del incesto.
… continua abajo…


Conferencia: el amor como neurosis

Freud. El amor como cliché se produce a partir de que se ha deseado el primer objeto de amor. Son esas huellas de la renuncia de ese primer objeto de amor, fijación, que lleva a que se repita con las posteriores elecciones de objeto de amores.

El objeto por lo general es variable, es contingente. Allí donde el objeto puede ser variable, nos encontramos paradójicamente con la fijación de un solo tipo de objetos que satisface la pulsión: el proceso pasa de la variabilidad a la fijación (no cualquier boca se antoja besar), produciendo una determinación de la vida amorosa, una repetición de la elección de un tipo de objeto a seleccionar. 

Con lo que Freud se encuentra, en suma, es con fijaciones: el lazo entre la satisfacción pulsional y elementos que sustraen del complejo de Edipo. Esas condiciones limitantes son las que posibilitan la elección.

Si no hubiera una castración no habría posibilidad de elección (caso de una psicosis).

Lacan: allí donde no hay un objeto adecuado, la soldadura entre el objeto y el fantasma, produce una soldadura en donde la relación sexual, no está. Allí donde no hay mujer, el fantasma produce una relación posible.

“Es la perversión polimorfa del macho” Ejemplo: En el hombre de los lobos tenía enamoramientos compulsivos: veía a una nina en cuatro patas y se enamoraba. Es eso el amor?

Lacan manifiesta que “quien ama da su propia falta”. Sin embargo, el que da quiere tomar algo, no da incondicionalmente nunca. Lacan distingue dos posiciones distintas:

1.     El amante: es el que falta, el amante despliega su demanda de amor ¿Cuál es la demanda de amor del amante, de quien da su falta? Es: ámame. El amante demanda ser amado.


La demanda de amor es una demanda de SER, es un modo de recuperación del ser por la vía de la donación, es una especie de: soy amado, entonces soy. En la clínica allí donde uno esta medio deprimido, y cuando alguien nos ama, entonces nos levantamos, en el sentido de que en el amor nos convertimos en algo, en amante, y dejo de ser nadie.

¿Cuál es el problema en la neurosis? El callejón sin salida del amor en lacan. En el fenómeno amoroso interviene otro elemento que es el deseo. En el deseo el objeto que está en juego es lo que lacan llama el objeto (a). Para que la demanda del amante sea satisfecha, él tiene que perderse como sujeto. Por qué? Por que lo que está en juego es el objeto no el sujeto. Y el objeto a es un objeto que no nos singulariza en lo más mínimo. El objeto a no dice nada sobre nosotros. Es la reducción a un objeto. Sin embargo convertirse en un objeto es degradante: podría convertir a la amada en un culo, en unas tetas en unos ojos, es decir, que no tiene ninguna singularidad, que podrían ser esa, u otras. Lo que capta el amor, no es exactamente la totalidad de nuestros ser en el sentido de nuestras particularidades. En el caso del hombre de los lobos se ve un ejemplo, imagínense que la amada del hombre de los lobos le pregunte: ¿Por qué me quieres? La complicación que le costará decir que la flechó verla en cuatro patas.

El callejón sin salida del amor del que habla Lacan se observa en que el plano del amor donde el sujeto busca el reconocimiento de su ser, es perturbado por el campo del deseo: tu eres a el objeto y todos sabemos que esto es lo intolerable, es decir, que allí donde el sujeto esperaría encontrarse con el reconocimiento del ser, que le daría consistencia a su ser, con lo que se encuentra es con algo que amenaza su subjetividad y lo reduce a un objeto. La reducción a un objeto es lo que produce angustia. Ser amado, estar en el lugar del objeto, solamente es soportable si se veda el lugar de objeto, si se produce el engaño del amor. Desde esta perspectiva el amor es absolutamente engañoso.

Hay que distinguir dos problemáticas en el amor: ocupar el lugar del amante, y ocupar el lugar del amado.

Otra observación es un mito que lacan construye en el seminario 8, una especie de metáfora de amor: “Esa mano que se extiende hacia el fruto, hacia la rosa, hacia el leño, que de pronto se entiende como sujeto que atraer alcanzar y realizar, es estrechamente solidario de la maduración del fruto. Pero cuando en ese movimiento de alcanza, la mano ha ido ya del objeto bastante lejos, surge entonces una mano que se acerca al encuentro de esa mano que es la suya y que en ese momento es tu mano que queda fijada en la plenitud fijada del fruto abierta de la flor en la explosión de una mano que se enciende, y es allí donde se encuentra en el amor”.  En la demanda de amor lo que está en juego no es solamente el deseo sino al mismo tiempo la pulsión. 

Destacando cuestiones:

1.     Cómo el amor se presenta como defensa como velo frente a lo real. ¿? Cómo la satisfacción pulsional tiene que estar velada, tiene que quedar reducido a un objeto, si no eso ANGUSTIA. Si el amor es una defensa frente a lo real, la transferencia también lo es.

2.     Estos dos lugares propios del fenómeno amoroso: esos dos lugares traen problemáticas distintas: a) del amante, los problemas pueden surgir en dar la falta. Por lo tanto el lugar del amante es el lugar de quien está castrado. Para que el hombre se vuelva  amante tiene que castrarse, tiene que feminizarse. Allí puede presentarse la dificultad de posicionarse en el lugar del amado, en tanto que eso implica la castración. El que quiere ser amado odia que el otro pueda solo, porque si el otro puede hacerlo todo solo, entonces en qué lugar queda uno. Por eso la demanda de amor es la demanda de la castración. Y a veces es la demanda de castración llega al punto de herir al otro un poco, de lastimarlo, en el sentido de que ve alguna muestra de que el otro no puede solo. Allí el problema viene en las mujeres que cuando el hombre se muestra sin falo se debilita, entonces ya no interesa para la mujer, en tanto que le interesaba el falo.  B) del amado, es la dificultad de soportar ser un objeto para el otro. Es una dificultad que podemos perfectamente articular a la histeria. También a la dificultad de la posición del analista, como es angustiante soportar ser reducido a un objeto.
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4.     El obsesivo tiene varias estrategias para alejarse del deseo del otro… el obsesivo le suma otras problemáticas, no solo estas que aporta en general el fenómeno amoroso. Por ejemplo la reducción del deseo a la  demanda. En el obsesivo hay una problemática: el amor de la poblatilidad del obsesivo (es una especie de darle al otro lo que quiere, de tratar de captar que es lo que el otro quiere, y darle eso: ¿qué quieres?) es un modo de distanciarse del deseo del otro.  Los hombres en general son mas propenso a la obsesión y las mujeres a la histeria. El obsesivo no trata de dar su falta, el obsesivo da lo que se tiene, pero el amor es algo que no se tiene. El obsesivo tiene dificultades a la hora del amor porque esta absolutamente conectado con al demanda del otro, y cuando no le demandan nada, se pone agresivo, etc.  El obsesivo se enoja profundamente cuando la histérica le sede algo que no era, y el obsesivo es lo que trata de hacer, si vos quieres esto y no esto otro, me tendrías que haber dicho así y así y así; esta allí la pretensión del obsesivo de que el deseo sea articulado en el campo de la palabra. Por esto, No se puede pensar el amor, ni se puede teorizar algo que en esencia, no se puede teorizar, algo que esta en el plano de lo real.
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6.     Tanto para Freud como para lacan lo perturbador es lo femenino, en muchos lugares se ha abordado qué pulsión puede tener el amor de un hombre para una mujer. A partir del amor de un hombre con una  mujer, la mujer le permite tener acceso a un falo, y tener acceso con ese otro goce sin necesidad de reducirlo a un objeto, al campo del significante, pero al mismo tiempo que permanezca como cierta alteridad. El amor de un hombre para una mujer puede tener una función fundamental en cuanto tiene que ver con el goce femenino. ¿una mujer tiene que convivir consigo misma, una mujer tiene que encontrar algún modo de hacer algo con lo femenino, si eso femenino es perturbador? ¿Por qué un hombre se queda con una mujer, si para Freud y lacan lo perturbador es lo femenino? Que función puede tener una mujer para un hombre? ¿si el hombre reduce a una mujer a un objeto, porque no se queda con un objeto menos siniestro que una mujer: tele compu, diario, etc.? Cuando el amor se encuentra en un amor verdadero, se encuentra  en la castración. En una mujer lo que encuentra es un síntoma, siempre o con suerte. Un síntoma que Freud lo piensa como algo imposible de homogeneizar a la lógica fálica, un cuerpo extraño. O por ejemplo lacan dice en una conferencia que las mujeres por ser síntomas en tanto expresan sumamente bien a lo real, es decir, en tanto se ponen en cruz para que las cosas anden bajo las universalidades fálicas. Lo raro es que un hombre elija ese síntoma. ¿Por qué el hombre elige una mujer y no se queda con una botella del vino? A lo mejor hay algo desagradable, que al hombre puede traerle una ganancia, alguna eficacia real que lo convoque en eso desagradable que en lo femenino amenaza la falicidad, una causa de amor distinta al objeto. Me parece que cuando se habla de una mujer síntoma, siempre hay que incluir ese aspecto no todo de una mujer, y es allí donde puede distinguirse la elección de un objeto especifico. Que una mujer sea síntoma quiere decir que no es cualquier objeto, sino que esta mujer tiene algunos síntomas enigmáticos que la ponen en sintonía con el inconsciente de un hombre. La mujer puede ser una ayuda contra esa inercia, contra eso que funciona solo. Lacan en seminario 20 distingue el hacer el amor, y nos dice que el hacer el amor es distinto de la perversión polimorfa del macho, es distinto de esa inercia. Lacan dice que hacer el amor es poesía ¿Por qué? Poesía viene de poietis, que es creación, me parece que una mujer puede tener una función muy importante para el hombre, es una pulsión que tiene que ser desagradable, es una ayuda contra esa inercia psíquica, contra el amor repetición, contra el sustituto edipico. Cuando a la que se ama ya no es la madre, sino el objeto distinguible, podemos hablar de amor. El amor en lacan tiene cambios a lo largo de su enseñanza, al principio dice que el amor es una defensa contra lo real, después se modifica, y se encuentran otras perspectivas, donde el amor ya no es defensivo, sino un cierto modo de encontrarse con la castración, de soportar la castración, y confirmar esa posición de objeto.




Conferencia Neurosis y sexualidad. 9 de Oct 2011 Godoy.

El goce femenino no está en el goce fálico. El goce fálico en el hombre crea identidad. Pero en la mujer crea alteridad: extrañeza con respecto a sí misma. La neurosis en una mujer y en otro aspecto tal vez en un hombre, es una defensa contra esa alteridad. Es estar en conflicto con lo femenino, su ejemplo paradigmático es la Histeria.

Cómo es esa formalización de la sexuación en lacan?
 Vamos a llamar hombre al que se inscribe en determinada función al Edipo, falo y la castración. Y mujer a quien no todas, se inscriben en el Edipo y en la lógica del falo; hay algo más allá del Edipo. Cómo lo escribe Lacan: Para todo A (cuantificador universal); todo aquel que se inscribe de este lado queda ligado al falo.  Lo que descubre Freud es que esa lógica fálica depende del Edipo, y este Edipo depende del padre. Y para justificar esa función paterna construyo un mito, el mito del tabu. En términos lógicos eso implica que para que se funde un universal, algo tiene que terminar exceptuado, castrado.




Continuación capitulo 5.

… Volvamos a nuestro tema y preguntémonos que ocurre si, a falta de la relación simbólica, la relación imaginaria se convierte en regla y medida de la relación anaclitica. Puede ocurrir, en efecto, que un accidente evolutivo o una incidencia histórica afecte a los vínculos de la relación madre -  hijo con respecto al tercer objeto, el objeto fálico, lo que a la mujer le falta y, al mismo tiempo, el niño descubre que le falta a la madre. Si hay discordancia, no hay vinculo o los vínculos se destruyen, faltará coherencia. Para restablecerla, hay otras formas distintas que las simbólicas. Están las imaginarias, que son no típicas.

Por ejemplo, la identificación del niño con la madre. A partir de un desplazamiento imaginario con respecto a su partener materno, el niño hará por ella la elección fálica, realizará en su lugar la asunción de su longing por el objeto fálico.

En efecto, una propiedad de la perversión es que realiza una forma de acceso a ese más allá de la imagen del otro característico de la dimensión humana. Se observa una convergencia o un crescendo hacia un momento que puede calificarse muy significativamente de paso al acto. En el curso de este paso al acto, algo se realiza, algo que es fusión y acceso a ese más allá. La teoría anaclítica freudiana formula propiamente esta dimensión transindividual, llamaba Eros a la unión de dos individuos en la que cada uno se ve desposeído de sí mismo y, durante un instante más o menos frágil, más o menos transitorio, virtual incluso, se convierte en parte constituyente de dicha unidad. Tal unidad se realiza en ciertos momentos de la perversión, pero lo propio de la perversión es precisamente que la unidad nunca puede realizarse, salvo en momentos que no están simbólicamente ordenados.

En el fetichismo, el propio sujeto dice encontrar más satisfactorio su objeto, su objeto exclusivo, por cuanto es un objeto inanimado. Así al menos puede estar tranquilo, seguro de que no va a decepcionarle. Que te guste una zapatilla es verdaderamente tener a mano el objeto de tus deseos. Un objeto desprovisto de toda propiedad subjetiva, intersubjetiva, incluso transubjetiva. Resulta más seguro. Dado que es propio de las relaciones imaginarias ser siempre perfectamente recíprocas, por tratarse de relaciones en espejo, previsiblemente veremos aparecer de vez en cuando en el fetichista la posición, no de identificación con la madre, sino de identificación con el objeto.

Phyllis Greenacre manifiesta que  en el fetichista parece como si estuviéramos ante un sujeto que muestra demasiado rápidamente su propia imagen en dos espejos opuestos. El sujeto nunca está donde está, sencillamente porque abandona su lugar, entra en una relación especular de la madre con el falo y se encuentra alternativamente en una y otra posición. Sólo hay estabilización cuando se atrapa ese símbolo único, privilegiado y al mismo tiempo fugaz, que es el objeto preciso del fetichismo, es decir algo que simboliza el falo.

Ese Bundling es una concepción de las relaciones amorosas, una técnica, un pattern de relaciones entre macho y hembra, que consiste en esto – en ciertas condiciones, tratándose, por ejemplo, de alguien que aborda el grupo en una posición privilegiada, se admite, a título de manifestación de hospitalidad, que alguien de la case, generalmente la chica, pueda ofrecerle compartir cama, con la condición de que no haya contacto. De ahí el término bundling -  con frecuencia envuelven a la chica en una sabana, de forma que se den todas las condiciones para el contacto, menos la última.

Tolo lo que sabemos de la práctica del amor cortés y de la esfera en la que estaba inmersa en la edad media implica una elaboración técnica muy rigurosa del contacto amoroso, con largas permanencias conteniéndose ante el objeto amado, para alcanzar la realización de ese más allá buscado en el amor, más allá propiamente erótico.

A lo que se apunta en este caso y efectivamente se alcanza es sin duda alguna un más allá del cortocircuito fisiológico, por decirlo así. Para alcanzarlo, se hace un uso deliberado de la relación imaginaria propiamente dicha. Esta práctica puede antojársele perversas a un ingenuo. En realidad, no lo son más que cualquier otro reglamente del acercamiento amoroso en una esfera definida de las costumbres o, como suele decirse, los patterns.
Según la Psicoanalista Ruth Lebovici, la observación de lo que ella llama con razón un sujeto fóbico se presenta de la forma siguiente: su síntoma más manifiesto es el temor a ser demasiado grande, y se presenta siempre en una actitud extremadamente encorvada. En sus relaciones con el medio profesional se le ha vuelto casi todo imposible. Lleva una vida muy restringida, cobijado en su medio familiar, aunque no le falta una amante, quince años mayor que él, que le fue proporcionada por su madre. El diagnóstico es fino, y que se bate de fobia no plantea dificultades, a pesar del hecho paradójico de que el objeto fobígeno no da a primera vista la impresión de ser exterior. Sin embargo lo es, porque en determinado momento vemos aparecer un sueño repetitivo, modelo de una ansiedad estereotipada. En este caso particular, el objeto sólo se descubrirá en un sengundo tiempo. Se trata de un objeto fóbico perfectamente reconocible, sustituto maravillosamente ilustrado de una imagen paterna completamente carente -  al cabo de cierto tiempo se produce la emergencia de la imagen de un hombre con armadura, provisto de un instrumento particulamente agresivo, nada menos que un tubo de fly-tox, que se dispone a destruir todos los pequeños objetos fóbicos, insectos. Se revela entonces que el sujeto tiene miedo de ser acorralado y asfixiado en la oscuridad por ese hombre de la armadura, temor que no resulta banal en el equilibrio general de esta estructura fóbica.

La analista que se ocupa de este sujeto publica la observación con el título perversión sexual transitoria durante un tratamiento psicoanalítico.

Su propia pregunta, referida a ese momento, demuestra su conciencia de que el problema está ahí. ¿qué ocurrió? Cuando por fin vio aparecer el objeto fóbico, lo interpretó diciendo que se trataba de la madre fálica. En efecto, inmediatamente después, apareció una reacción perversa, y enseguida entramos en un período de nada menos que tres años, a lo largo del cual el sujeto desarrollo, primero por etapas, un fantasma perverso consistente en imaginarse obervando en actitud de orinar por una mujer que, muy excitada, le solicitaba mantener relaciones amorosas. Luego hubo una inversión de esta posición y el sujeto, unas veces masturbándose, otras veces sin hacerlo, observaba a una mujer orinando. Finalmente, en una tercera etapa, se produjo la realización efectiva de esta posición -  el sujeto encontró en un cine un pequeño local provisto providencialmente de unos ventanucos que, efectivamente, le permitían observar a las mujeres en el W.C. contiguo mientras él permanecía en su cuchitril, regocijándose o masturbándose.

Todo indica que la entidad de la madre fálica surge por lo que la autora llama sus propias posiciones contratransferenciales. A medida que se desarrolla la relación imaginaria, no sin la ayuda de ese paso en falso analítico, veamos que ocurre del lado del analista.

Primero, el sujeto cuenta un sueño -  se encuentra en presencia de cierta persona de su historia pasada objeto según él de fuertes impulsos amorosos, pero se ve obstaculizado por la presencia de otro personaje femenino, que también tuvo algún papel en su historia y quien había visto orinar en un período mucho más avanzado de su infancia, es decir, después de la edad de trece años. La analista interviene de este modo – sin duda prefiere interesarse por una mujer mirándola mientras orina, en vez de esforzarse yendo al asalto de otra mujer que puede gustarle, pero está casada. Desde luego, la interpretación es un poco forzada, porque el personaje masculino aparece tan sólo indicado en las asociaciones, pero la analista cree reintroducir así la verdad, me refiero al complejo de Edipo. Hay que reconocer que hacer intervenir al marido de la madre para reintroducir el complejo de Edipo tiene todo el carácter de una provocación, sobre todo teniendo en cuenta que este sujeto le había sido remitido a la analista por su propio marido. En este momento precisamente se produce el viraje, la progresiva inversión del fantasma de observación, del sentido ser observado al sentido observar uno mismo.

En segundo lugar, por si esto fuera poco, cuando el sujeto solicita disminuir el tiempo de las sesiones, la analista le responde –Esta usted manifestando sus posiciones pasivas, porque sabe muy bien que de todas formas no va a conseguirlo. En este momento, el fantasma se cristaliza por completo, lo que demuestra que hay algo más. El sujeto que comprende algunas cosas de sus relaciones, caracterizadas por la imposibilidad de alcanzar el objeto femenino, acaba desarrollando sus fantasmas en el interior mismo del tratamiento y, por ejemplo, comunica su temor a orinarse en el diván. Empieza a tener reacciones que ponen de manifiesto cierta reducción de la distancia respecto del objeto real, como espiar las piernas de la analista, cosa que ella refiere con cierta satisfacción. EN EFECTO, AHÍ HAY ALGO QUE SE ENCUENTRA AL BORDE DE LA SITUACIÓN REAL, COMO SI ASISTIÉRAMOS A LA CONSTITUCIÓN DE LA MADRE, NO FÁLICA, SINO AFÁLICA. EN EFECTO, EL PRINCIPIO DE LA INSTITUCIÓN DE LA POSICIÓN FETICHISTA ES PRECISAMENTE QUE EL SUJETO SE DETIENE EN CIERTO PUNTO DE SU INVESTIGACIÓN Y SU OBSERVACIÓN DE LA MUJER -  DE SI TIENE O NO TIENE EL ÓRGANO EN CUESTIÓN.

Esta posición lleva al sujeto poco a poco a decirse -  dios mío, la única solución sería acostarme con mi analista. Lo dice. La analista, que empieza a encontrar todo esto enervante, le hace esta observación –así que ahora se entretiene atemorizándose con algo que, como usted sabe muy bien, no ocurrirá nunca. Y luego se pregunta angustiada – ¿hice bien en decirlo?

Esta forma algo brutal de recordarle las convenciones propias de la situación está totalmente de acuerdo con la noción de la posición analítica como real. Precisamente tras esta intervención que pone las cosas en su sitio, el sujeto pasa definitivamente al acto y encuentra en lo real el lugar perfecto, el lugar escogido, o sea, como dice el mismo, la disposición del pequeño meadero de los campos elíseos. Esta vez se encuentra realmente a la distancia correcta del objeto, separado por un muro, objeto que podrá observar cumplidamente, no como madre fálica sino como madre afálica.

Hasta ahí llegan las cosas. Al resumirles esta observación, tan sólo he querido hacerles ver que la noción de distancia respecto del objeto analista como objeto real, noción declarada de referencia, puede llegar a tener efectos, y a fin de cuentas tal vez no son los efectos más deseables.

Programa de radio español: hablando sobre lacan.

Lacan no se trazó como objetivo superar a Freud, ni como reinventar el psicoanálisis. Lacan no recurre a la fe ciega. Lacan da razón cada semana en público de su práctica, y  se hizo una pregunta crítica: en qué se puede fundar la práctica del psicoanálisis y su práctica? Y su respuesta fue que el psicoanálisis sólo es posible, si, y solo si el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

Esta hipótesis tiene una dimensión práctica fundamental. Está construida al ras de la clínica. ¿qué ocurre en psicoanálisis? Sólo se habla y sin embargo el cuerpo y la mente del enfermo cambia, sin ningún tipo de fármaco ni recurso. Ya sea la palabra del propio analizante o la del analista cuando efectúa una interpretación. ¿Cómo puede ser esto? Es necesario suponer que entre la palabra y el síntoma hay una común medida, y esta común medida es el lenguaje, si no fuera así habría que hablar de magia. Por esta razón lacan crítica la logomagia explicando que el en el síntoma el cuerpo esta vinculado con la palabra, con el lenguaje.

Cuando Freud se pone a analizar la formación del inconsciente, no se encuentra ningún sustrato biológico, sino un abordaje del lenguaje. Qué es lo que descubrió Freud? Que este cuerpo histérico, es un cuerpo enfermo del lenguaje, es decir, que es un cuerpo que en cierto modo habla. En esos síntomas corporales existe una verdad insabida por el propio sujeto se decía de alguna manera en su cuerpo. Ejemplo: caso Ana, donde expresaba esta verdad: muerto mi padre, soy incapaz de dar un paso en la vida. El síntoma es lenguaje, y al Freud elucidar esto, mediante una palabra dicha pone en evidencia ese hecho que lacan explicita que el inconsciente esta estructurado como lenguaje, y que el síntoma es un mensaje, y que cuando el cuerpo deja de hablar y se desahoga en la palabra, el síntoma desaparece.

¿Por qué me decidí por lacan? Es que la tesis de lacan, a mí desde el momento en que la escuche y la pude conocer, me pareció el intento más riguroso que se ha hecho como práctica que se basaba exclusivamente en la palabra como talking cure.

Dimensiones de lacan:

LO IMAGINARIO: es aquello que se refiere al cuerpo y a la imagen del yo que se construye en su primera matriz sobre la base de la unidad corporal que se forma a través del espejo.

LO SIMBÓLICO: es todo lo referente al campo del lenguaje

Y LO REAL:, que es lo más difícil de discernir, lacan lo aborda de forma negativa: es todo lo que el ser humano no puede representarse en la palabra, ni puede discernir con lo simbólico. Un psicoanálisis tiene que contar con eso que en la palabra no puede decirse.  Puede decirse, que desde un ponto de vista cronológico, lacan comienza por lo imaginario, después pasa a lo simbólico y termina en lo real. Esta diacronía está en concordancia con lo que pasa en un análisis particular: al comienzo del análisis el sujeto esta centrado en el campo imaginario, la dimensión del yo, y la escucha del analista va a ir permitiendo que la interpretación se abra al registro simbólico: ya no aparece como un yo dueño de su pensamiento, sino como un yo sujetado al inconsciente; y finalmente este proceso arroja un resto inaccesible a la palabra, que es lo que lacan determina como real.

Una especie de lacan contra lacan, termina cargando su peso a su propia tesis de que el inconsciente esta estructurado como lenguaje, sino que se topa irónicamente, con que lo más importante del ser humano es aquello que escapa al lenguaje, a lo real que no se puede explicar con lo simbólico.

Lo real: la definición no es un concepto apto para captar la realidad, porque es algo que escapa al significante.

POR EJEMPLO, LA CONNOTACIÓN MÁS RADICAL QUE ENCONTRAMOS EN LACAN ES LA RELACIÓN SEXUAL. SI LO REAL ES LO QUE NO PUEDE DECIRSE, LO QUE ESCAPA A LA PALABRA, PLANTEAR QUE LA RELACIÓN SEXUAL ES REAL, ES LO CONTRARIO A PLANTEAR QUE LA RELACIÓN SEXUAL EXISTE, YA QUE NO EXISTE EN TANTO QUE NO PUEDE ELABORARSE COMO UN SABER Y RESPECTO DE LO CUAL NO PUEDE EXPLICARSE. Aquí estamos en la antítesis de la sexología. Justamente lo que plantea el psicoanálisis es que no hay un saber ni consciente ni inconsciente sobre la relación sexual, porque está en el plano de lo real.

El síntoma tiene una estructura de mensaje, en el síntoma hay encerrado un saber, que está cifrado en el significante: algo que el sujeto no sabe acerca de sí mismo. Por lo tanto el inconsciente habla de algo: Freud dijo que el saber inconsciente del sueño y de los síntomas, habla del sexo. Que el inconsciente no deja de girar alrededor de la cosa sexual, ese pansexualismo sexual de Freud. ¿por qué esto es así? Hay que decir que no está muy claro en Freud el nexo del inconsciente y la sexualidad. Parece que una de las mejores contribuciones de lacan es encontrarle un nexo lógico al inconsciente y a la sexualidad. Si el saber del inconsciente es algo que no deja de insistir en la cuestión sexual, es porque hay algo en el sexo que no puede ser dicho, que no puede ser puesto en palabras, y ese algo que no cesa de no poder ser dicho es la relación sexual, y por eso lacan situa un axioma, que es aparentemente pansexualismo: lacan dice que no hay relación sexual, no que todo es relación sexual. El punto de partida de esta afirmación es el hecho de que el ser humano es un ser de lenguaje, el lenguaje tiene efectos sobre el ser humano, lo transforma profundamente, lo que lacan descubre es que el lenguaje tiene un efecto de desnaturalización, de desanimalización, nuestra permanencia de seres vivos permanece excento del instito. Por que somos seres humanos ninguna de las necesidades biológicas son totalmente naturales del ser humano.

La sexualidad no es para nada una actividad instintual. Incluso no está al servicio de la reproducción. Esta desnaturalización de la sexualidad es más patente que nunca. La sexualidad que Freud descubrió no es la homologa al instinto, sino pulsional. Entonces, porque la captura del lenguaje crea la pérdida del instinto, es por lo que lacan manifiesta que no hay relación sexual. Cuando Foucault critica al psicoanálisis al decir que éste tiene una concepción ahistórica de la sexualidad, es erróneo, ya que sí existe una descripción de la sexualidad, lo que el psicoanálisis dice es que como no hay relación sexual, significa que los rituales y las formas de expresar esa falta, es determinada por el contexto histórico.

Y con respecto al amor? El sujeto tiene que asumir que no existe la relación sexual, tiene que pasar de la impotencia a la imposibilidad, si es cierto que el inconsciente objeta la relación sexual, no es menos cierto que el inconsciente posibilita el amor. El amor tiene una dimensión imaginaria, de engaño de espejismo, pero la tesis no termina en esta denuncia, lacan sostiene que el amor se funda más allá de esta dimensión imaginaria, sino que se funda en una analogía ética, que los sujetos se unen para soportar la soledad a la que nos somete el inconsciente, a partir de la experiencia analítica se hace posible un nuevo amor, un amor lúcido, más libre y sin determinaciones…

CAP. 6
LA PRIMACÍA DEL FALO Y LA JOVEN HOMOSEXUAL

Este Problema de la perversión, entre comillas, más problemática que pueda haber en la perspectiva del análisis, es la homosexualidad femenina. El sujeto femenino es siempre convocado, cuando el hombre lo encuentra, a inscribirse en una especie de reencuentro que le sitúa de entrada en una posición caracterizada por la ambigüedad entre las relaciones naturales y las relaciones simbólicas.

Lo que al principio es natural o biológico se traslada siempre al plano simbólico, donde se trata de asunción subjetiva, al estar el propio sujeto capturado en la cadena simbólica. Aquí precisamente es donde se trata de la mujer como sujeto, pues debe hacer una elección que, sea cual sea, ha de ser, como nos enseña la experiencia analítica, un compromiso entre lo que se ha de alcanzar y lo que no se ha podido alcanzar. La homosexualidad femenina aparece siempre cuando la discusión se refiere a las etapas que la mujer ha de atravesar para cumplir su culminación simbólica. En relación con esto, vamos a agotar cierto número de textos que, por lo que Freud se refiere, se despliegan a partir de 1923, fecha de su artículo sobre la organización genital infantil.

En este texto, Freud plantea como un principio la primacía de la asunción fálica. La fase fálica, etapa terminal de la primera época de la sexualidad infantil, que se termina con la entrada del período de latencia, es una fase típica tanto para el niño como para la niña. La posesión o la no posesión del falo es su elemento diferencial primordial. Así, no hay realización del macho y de la hembra, hay lo que esta provisto del atributo fálico y lo que esta desprovisto de el, y estar desprovisto se considera equivalente a estar castrado.

Lo preciso y este mal reparto se basa en una ignorancia, no se trata de desconocimiento, sino ciertamente de ignorancia. Por un lado, ignorancia del papel fecundador del semen masculino, por el otro, ignorancia de la propia existencia del órgano femenino.

Gran numero de hechos nos llevan a admitir que, al menos en la niña, se revela efectivamente la presencia vivida, si no del papel real del macho en el acto de la procreación, si al menos de la existencia del órgano femenino. El punto en discusión es el de saber si la predominancia de la fase fálica en la niña debe atribuirse a la existencia del crítoris, si la libido – hagamos de éste término sinónimo de toda experiencia erógena -  se encuentra al principio exclusivamente en el clítoris y sólo se difunde tras un recorrido largo y penoso, que requiere un largo rodeo.

Sus objeciones se basan en premisas realistas, con la suposición de que todo desconocimiento implica en el inconsciente cierto conocimiento de la aceptación de los sexos, y que en la niña, en consecuencia, el órgano que no le corresponde sólo puede prevalecer sobre el fondo de la denegación de la existencia de la vagina, denegación que será preciso explicar. A partir de estas hipótesis admitidas a priori, se reconstruye con esfuerzos la génesis del término fálico en la niña.

La afirmación de Freud en su experiencia. La paradójica afirmación del falicismo es el propio eje alrededor del cual debe desarrollarse la interpretación teórica.

Todos los autores admiten que, en ese rodeo de su evolución, la niña, cuando entra en el Edipo, se pone a desear un niño del padre como sustituto del falo faltante, y la decepción de no recibirlo juega un papel esencial para hacerle desandar el camino paradójico por donde había entrado en el Edipo, o sea la identificación con el padre, y para volver a encaminarla hacia la posición femenina. Cierto autor cita como el ejemplo el caso de una niña que, por estar en análisis, tema según el cual da más luces que otras sobre lo que ocurría en su inconsciente. Tras alguna aclaración que le habían hecho, amanecía todas las mañanas preguntando si ya había llegado el hijo del padre, si llegaba hoy o llegaría mañana. Y lo preguntaba enfadada y llorando cada mañana.

La anécdota me parece ejemplar en lo referente a esta desviación de la práctica analítica, referencia siempre presente que acompaña a nuestra exploración teórica de la relación de objeto. Aquí es palpable cómo determinada forma de comprender y de enfrentarse a las frustraciones conduce al analista, en realidad, a una forma de intervención no sólo dudosa por sus efectos, sino manifiestamente opuesta a lo que esta en juego en la interpretación analítica. La noción que podamos tener de la aparición del hijo del padre imaginario en un momento dado de la evolución, como objeto imaginario sustituto del falo faltante que desempeña en la evolución de la pequeña un papel esencial, no se puede hacer intervenir en cualquier momento, ni de cualquier manera. Sólo puede hacerse más tarde, o incluso en una etapa contemporánea, a condición de que dicho hijo, en la medida en que el sujeto se ocupa de el, entre en el juego de una serie de resonancias simbólicas relacionadas con las reacciones posesivas o destructivas experimentadas en el pasado, en el momento de la crisis fálica, con lo problemática que esta resulta en verdad en la etapa correspondiente. En suma, todo lo relacionado con la prioridad o el predominio del falo en una etapa de la evolución del niño, sólo tendrá su incidencia a posteriori.

Solo se puede hacer intervenir al falo en la medida en que es necesario en determinado momento, para simbolizar algún acontecimiento, ya sea la llegada tardía de un hijo para alguien que tiene una relación inmediata con el niño, o bien por parte del sujeto mismo, ante la cuestión planteada por su propia maternidad y la posesión de un niño. Hacer intervenir un elemento que no se inscribe en la estructura simbólica del sujeto, precipitar mediante la palabra, en el plano simbólico, determinada relación de sustitución imaginaria ante algo que el sujeto vive en ese momento de forma totalmente distinta, supone ya sancionar una organización de la frustración, instaurarla en el centro de la experiencia.

La frustración de por sí sólo puede introducirse legítimamente en la interpretación si efectivamente se ha producido en el plano del inconsciente, como nos dice la teoría apropiada. La frustración al principio no es más que un momento evanescente. Sólo tiene su función para nosotros, analistas, y en un plano puramente teórico, como articulación de lo que se ha producido. Su realización por parte del sujeto esta excluida, por definición, porque es extraordinariamente inestable. La frustración, tal como se vive en el origen, únicamente tiene importancia e interés por cuanto desemboca en uno de los dos niveles que he distinguido para ustedes – castración o privación. En realidad, sólo la castración instaura, en el orden que verdaderamente le corresponde, la necesidad de la frustración, lo que la trasciende y la instaura en una ley que le da otro valor. La castración también, por otra parte, consagra la existencia de la privación, puesto que la idea de la privación no puede concebirse de ningún modo en el plano de lo real. Una privación sólo puede concebirla efectivamente un ser que articula algo en el plano simbólico.


Estas observaciones críticas se refieren sobre todo al uso del término frustración. Este uso se ve legitimado de alguna forma en el hecho de que lo esencial en esta dialéctica es la falta de objeto, más que el objeto mismo. En apariencia por lo tanto, la frustración responde muy bien a una noción conceptual.  Pero la cuestión es la inestabilidad de la propia dialéctica de la frustración.

Frustración no es privación. ¿por qué? La frustración se refiere a algo de lo que uno se ve privado por alguien de quien precisamente podría esperar lo que le pide. Lo que esta en juego de este modo es menos el objeto que el amor de quien puede hacer ese don.

Nos encontramos aquí en el origen de la dialéctica de la frustración, porque todavía está al margen de lo simbólico. Este momento inicial es, a cada instante, fugaz. En efecto, el don sólo  aparece al principio con cierta gratuidad. Viene del otro. Lo que hay detrás del otro, o sea toda la cadena donde se encuentra la razón del don, no se pervive todavía, y sólo más adelante el sujeto puede advertir que el don es mucho más completo de lo que al principio parecía, que esta interesada toda la cadena simbólica humana. Al principio, sólo esta la confrontación con el otro, y el don que surge.

El don, cuando surge en cuanto tal, siempre hace desvanecerse al objeto como objeto. Si la demanda es satisfecha, el objeto pasa a segundo plano. Si la demanda no es satisfecha, el objeto se desvanece igualmente.

Pero hay una diferencia. Si la demanda no es satisfecha, el objeto cambia de significación. ¿qué justifica el término frustración? Sólo hay frustración – la misma palabra lo implica -  si el sujeto reivindica, si el objeto se considera exigible por derecho. En ese momento el objeto entra en lo que se podría llamar el área narcisista de las pertenencias del sujeto.

En ambos casos, lo subrayo, el momento de la frustración es un momento fugaz.

La entrada de la frustración en una dialéctica que la sitúa y la legalice, además de darle la dimensión de la gratuidad, es una condición necesaria para el establecimiento de ese orden simbolizado de lo real donde el sujeto podrá instaurar por ejemplo como existentes y aceptadas determinadas privaciones permanentes.

Ahora bien, toda la cadena de la experiencia resulta literalmente inconcebible salvo que se plantee de entrada el principio según el cual nada se articula ni se construye en la experiencia, nada se instaura como conflicto propiamente analizable, hasta el momento en que el sujeto entra en un orden que es el orden del símbolo, orden legal, orden simbólico, cadena simbólica, orden de la deuda simbólica. Tan sólo a partir de la entrada del sujeto en un orden preexistente a todo lo que le sucede, acontecimientos, satisfacciones, decepciones, todo aquello con lo que aborda su experiencia -  a saber lo que suele llamarse sus vivencias, ese algo confuso que había antes – se ordena, se articula, cobra su sentido y puede ser analizado.

Por mi parte, eso me ha incitado a traerles aquí uno de los textos más brillantes de Freud, incluso diría que uno de los más inquietantes, aunque tal vez les parezca arcaico, hasta pasado de moda. Es psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina.

El hecho de que eso enfurezca absolutamente al padre constituye sin lugar a dudas un motivo para la chica – no es que sostenga su pasión, pero hace que le lleve como la lleva. Introduce una idea no carente de fundamento aunque pueda parecer anticuada. Esta idea es que hay dos etapas en el análisis – la primera  consiste en recoger todo lo que se pueda saber, la segunda consiste en doblegar las resistencias que todavía siguen en pie perfectamente aunque el sujeto ya sepa muchas cosas.

En su infancia el sujeto, sin que al parecer le faltara motivos, pudo apreciar en un momento dado, con respecto al mayor de sus dos hermanos, la diferencia que hacía de ella alguien carente del objeto esencialmente deseable, el objeto fálico. Sin embargo, dice Freud, hasta el momento la chica no ha estado nunca neurótica, el análisis no ha aportado ningún síntoma histérico, no hay nada notable en la historia infantil en la perspectiva de las consecuencias patológicas. Por eso es chocante, desde el punto de vista clínico, ver surgir, desencadenarse de forma tan tardía, una actitud en apariencia francamente anormal, o sea la singular posición que la chica ocupa respecto de esa mujer de no muy buena fama.

La joven, en su actitud de coqueteo con el peligro, iba a pasearse con la dama casi bajo la ventana de su casa. Un día, el padre sale y las ve. Como hay gente, les lanza una mirada fulminante y se va. La dama le pregunta a la chica quien es esa persona -  es papa, no parece muy contento. Entonces, la dama se lo toma muy mal. Hasta ese momento había mantenido con la joven una actitud muy reservada, más que fría incluso, no había fomentado semejante acuidad, no tenía especiales ganas de meterse en complicaciones. Así que le dice: en estas condiciones, no vamos a seguir viéndonos. En viena hay pequeños ferrocarriles de circunvalación que atraviesan pequeños puentes, no muy lejos de allí hay uno. Y entonces la chica va y se tira. Cae, niederkommt. Se rompe algún que otro hueso pero puede contarlo.

Me refiero ahora a la observación de dora, caso que Freud vio claro ulteriormente -  con dora había intervenido ignorando su homosexualidad, o sea la orientación de su pregunta hacia su mismo sexo. Aquí se constata un desconocimiento análogo, pero al ser mucho más profundo, resulta mucho más instructivo.

Otras observaciones que Freud nos ofrece sin aprovecharlas del todo, y no son de menor importancia, se refieren a lo que esta en juego en la tentativa de suicidio, acto significativo que corona la crisis. ¿cómo lo explica Freud? A partir de la orientación normal del sujeto hacia el deseo de obtener un niño del padre. Hubo efectivamente un verdadero vuelco de la posición subjetiva, que Freud trata de articular. Se trata de uno de esos casos en que la decepción debida al objeto del deseo se traduce por inversión completa de la posición -  el sujeto se identifica con dicho objeto, lo que equivale, como Freud lo articula en una nota, a una regresión narcisista.

La tentativa de suicidio tiene lugar tras la decepción producida por el hecho de que el objeto de su apego de alguna forma homólogo se le opone. En suma, cuando la chica cae del puente abajo, hace un acto simbólico, que no es sino el niederkommen de un niño en el parto. Este es el término alemán para decir ser parido. Esto nos lleva al sentido último y original de la estructura de la situación.

Al no conseguir vencer la resistencia, todo lo que se le pudo decir a la paciente sólo consiguió interesarle muchísimo, sin hacerle abandonar sus últimas posiciones. Se mantuvo, se diría hoy día, en el plano de un interés intelectual. Freud compara metafóricamente las reacciones de la muchacha con los de una dama a quien le muestran diversos objetos y, a través de sus impertinentes, dice: ¡qué bonito!.

Freud indica, sin embargo, que no se puede hablar de una completa ausencia de transferencia. Señala con gran perspicacia la presencia de la transferencia en los sueños de la paciente. En suma, el carácter idílico, casi forzado, del esposo anunciado por el sueño, se muestra tan conforme con los esfuerzos hechos en común, que cualquiera que no hubiese sido Freud hubiera albergado las mayores esperanzas: “creo que la intención de inducirme al error era uno de los elementos formadores de este sueño. Era también una tentativa de ganarse mi interés y mi buena disposición, probablemente para causarme una desilusión aún más profunda”.

Si la manifestación típica del inconsciente puede ser mentirosa, Freud ya sabe por adelantado que objeciones le van a hacer. Si el inconsciente también nos miente, ¿de qué podemos fiarnos?  Dirán sus discípulos. El les da una larga explicación mostrándoles cómo puede ser así, con el resultado de que no se contradice la teoría.

Lo esencial de lo que hay en el inconsciente es la relación del sujeto con el otro propiamente dicho, y esta relación implica en su fundamento la posibilidad de que se efectúe como mentira. En el análisis, nos encontramos en el orden de la mentira y la verdad. Pero al parecer algo se le escapa, a saber, que se trata de una verdadera transferencia y se le abre la vía de la interpretación de un deseo de engañar. Y en vez de tomar esta vía, por decirlo de forma algo más grosera, se lo toma como algo dirigido contra él. Es también, se dice, una tentativa de enredarme, de cautivarme, de hacer que la encuentre encantadora. Con esta frase de más, nos basta para intruirnos. Debe ser un encanto esta chica para que, como en el caso de dora, Freud no actúe con libertad en este asunto. O sea que esta dispuesto a hacerse ilusiones. Si se pone en guardia contra estas ilusiones, ya ha entrado en el juego. Realiza el juego imaginario. Lo convierte en real, porque el mismo esta dentro. Y eso no falla. ¿Cómo lo interpreta? Le dice a la chica que pretende engañarle como suele engañar a su padre. El resultado es que enseguida corta en seco lo que él mismo ha realizado como la relación imaginaria. Su contratrasferencia, de algún modo hubiera podido servirle – pero a condición de no creérsela, de no estar implicado. Como si lo esta e interpreta demasiado precozmente, introduce en lo real el deseo de la chica, cuando sólo era un deseo y no una intención de engañar. Así, da cuerpo a dicho deseo. Opera con la paciente exactamente como la terapeuta intervenía con aquella niña, dándole a la cosa un rango simbólico.

Con su interpretación, Freud hace estallar el conflicto y le da cuerpo, cuando se trataba precisamente, como él mismo siente, de algo muy distinto – de revelar el discurso mentiroso que estaba ahí en el inconsciente. Freud le dice que todo esto es contra él, y en efecto el tratamiento no va mucho más lejos, se interrumpe. Queriendo unir, Freud separó.

El amor sólo es platónico. Es un amor que no pide más satisfacción que servirle a la dama. Es verdaderamente el amor sagrado, por así decirlo, o el amor cortés en su aspecto más devoto. No se trata simplemente de una atracción o de una necesidad, sino de un amor que en sí mismo no sólo prescinde de satisfacción, sino que apunta muy precisamente a la no satisfacción. En este orden precisamente puede desarrollarse un amor ideal – la institución de la falta en la relación con el objeto. ¿no ven ustedes cómo se conjugan aquí en una especie de nudo los tres pisos de un proceso que va de la frustración al síntoma?  - si se avienen ustedes a tomar el término de síntoma como equivalente al de  enigma, puesto que a el se dirigen nuestras preguntas.

En primer lugar, tenemos la referencia, vivida de forma inocente, al objeto imaginario. Se trata de ser hijo que la interpretación nos permite concebir como un niño obtenido del padre. Como ya se nos ha advertido, las homosexuales son, en efecto, en contra de lo que se podría creer y como el análisis lo ha hecho ver, sujetos que en algún momento han desarrollado una fijación muy intensa con el padre. ¿por qué hay luego una verdadera crisis? Porque entonces interviene un objeto real. Es cierto que el padre da un niño, pero precisamente a otra persona, a la persona que le es más próxima.
La presencia del hijo real, el hecho de que el objeto se encuentra ahí, real por un instante, y se haya materializado al tenerlo su madre, junto a ella, la hace volver al plano de la frustración. De todo lo que ocurre entonces ¿qué es lo más importante? ¿es el giro redondo que la lleva a identificarse al padre? LO MÁS IMPORTANTE ES ESTO, LO QUE SE DESEA ESTA MÁS ALLÁ DE LA MUJER AMADA.

El amor que la chica siente por la dama apunta a algo distinto que a ella. Este amor que vive pura y simplemente en la devoción, y que eleva a su grado supremo el apego del sujeto y se anonadamiento en la sexualburschatzung, Freud parece reservarlo, se desarrolla normalmente en una relación cultural muy elaborada e institucionalizada. El reflejo de la decepción fundamental en este plano, su paso al plano del amor cortes, la salida que encuentra el sujeto en esta forma de amor, plantean la pregunta por lo que se ama en la mujer más allá de ella misma, y esto pone en tela de juicio que es lo que verdaderamente fundamental en todo lo  relacionado con el amor en su punto culminante. Lo que se desea propiamente en la mujer amada es precisamente lo que le falta. En el punto más extremo del amor, en el amor más idealizado, lo que se busca en la mujer es lo que le falta. Lo que se busca más allá de ella misma, es el objeto central de toda la economía libidinal – el falo.

CAPITULO 7

Intersubjetividad y desubjetivanon. La imagen, molde de la perversión. La simbólica del don. Frustración, amor y goce. Esquema permutativo del caso.


El caso, en efecto, no tendría mucha más importancia, aparte de lo pintoresco, si no lo examinamos con el análisis estructural como telón de fondo.

Conviene volver a hablar del análisis estructural. Sólo a condición de hacerlo progresar, tanto como sea posible, tiene interés tomar esa vía para el psicoanálisis.

La señorita Anna Freud rebajó mucho sus pretensiones, pero basó los principios de su análisis de los niños en afirmaciones como esta – en el niño no puede producirse transferencia, o al menos neurosis de transferencia. Dado que los niños todavía están en relación con los objetos de su vínculo inaugural, el analista ha de cambiar de posición y modificar profundamente su técnica, porque en este caso debe actuar enteramente en el plano actual.

En este sentido, la señorita Anna Freud rinde homenaje, como por un presentimiento, a la función esencial de la palabra en la relación analítica. El niño está indudablemente, dice, en una relación con la palabra distinta de la del adulto, y hay que aprehenderla con la ayuda de los medios del juego, la técnica adecuada en su caso.

La señora Melanie Klein argumenta, por el contrario, que no hay nada más semejante al análisis de un adulto que el análisis de un niño, y que incluso a una edad extremadamente precoz, lo que está en juego en el inconsciente del niño no tiene ninguna relación, contrariamente a lo planteado por la señorita Anna Freud, con los padres reales. Ya entre los dos años y medio y los tres años, la situación está claramente modificada con respecto a lo que se puede constatar en la relación real, y se desarrolla una dramatización profundamente ajena a la actualidad de la relación familiar del niño. Así, por ejemplo, un niño criado como hijo único por una vieja tía que vivía muy lejos de sus padres, lo cual le dejaba en una relación dual y de aislamiento con una persona, no había dejado de reconstituir todo un drama familiar con padre, madre e incluso hermanos y hermanas rivales – esto es una cita. Lo que se trata de revelar pues en el análisis no está, en el fondo, en una relación inmediata pura y simple con lo real, sino que se inscribe ya en una simbolización.

¿Qué es la perversión? Unos, creyendo seguir a Freud, dicen que se debe volver pura y simplemente a la noción de la persistencia de una fijación que afecta a una pulsión parcial. Esta fijación atravesarla de alguna forma indemne toda la dialéctica que tiende a establecerse con el Edipo.  No sufriría a los avatares que tienden a reducir las otras pulsiones parciales y a unificarlas en un movimiento que las conduce hasta llegar finalmente a la pulsión genital, la pulsión ideal unificadora. En la perversión se trata pues de un accidente en la evolución de las pulsiones. Con una traducción clásica de la noción de Freud según la cual la perversión es el negativo de las neurosis, estos analistas quieren pura y simplemente hacer de la perversión una entidad en la que no se habría elaborado la pulsión.

Otro sin embargo, trata entonces de explicar que la perversión es el negativo de la neurosis planteando una fórmula como esta, inspirada por todos los juegos a través de los cuales se desarrolla un análisis de la reducción de las defensas – en la perversión se trata de una erotización de la defensa. Pero a decir verdad, ¿eso puede erotizarse? Esta es la cuestión. ¿de dónde viene esta erotización? ¿dónde está el poder invisible capaz de proyectar eso que parece añadirse como algo superfluo, esa coloración, ese cambio de cualidad, esa satisfacción libidinal?

No crean que Freud no procuro dejarnos a este respecto alguna noción por elaborar. Aún diría más – tenemos, en el propio Freud, un ejemplo que demuestra que su formula de la perversión como el negativo de la neurosis no debe tomarse como se ha tomado durante mucho tiempo, como si simplemente todo aquello que esta escondido cuando estamos ante un neurótico se encontrará, en la perversión, a cielo abierto y, de algún modo, en estado libre. Algo muy distinto nos propone esta fórmula, tan apretada como otras que encontramos en Freud, y nuestro análisis deberá hallar su verdadero sentido.

Hay que destacar aquí un dato notable. Mientras que las prácticas masturbatorias más o menos asociadas con tales fantasmas no suponen para esos sujetos ninguna carga de culpabilidad, por el contrario, cuando se trata de formular estos fantasmas, no sólo se presentan a menudo grandes dificultades, sino que además les produce una aversión considerable, repugnancia, culpabilidad. La diferencia que hay entre el uso fantasmático o imaginario de estas imágenes y su formulación hablada, por su propia naturaleza ya es como para hacernos aguzar el oído. Este comportamiento del sujeto es ya una señal que marca un límite – no es lo mismo jugar mentalmente con el fantasma que hablar con él.



Hay aquí tres etapas, nos dice Freud, que se esconden en la historia del sujeto a medida que se va abriendo bajo la presión analítica y permite encontrar el origen de este fantasma. El primer fantasma que se puede encontrar, dice Freud, al analizar este hecho, tome la siguiente forma – mi padre pega a un niño que es el niño a quien odio.

Este fantasma aparece más o menos vinculado en la historia del sujeto con la introducción de un hermano o de una hermana, de un rival que en algún momento, tanto por su presencia como por los cuidados que recibe, frustra al niño del cariño de sus padres. Se trata aquí muy especialmente del padre. Aún sin insistir en este punto, hemos de señalar que se trata de una niña implicada en un momento determinado en el que ya está constituido el complejo de Edipo y la relación con el padre esta instituida.

La situación antiasmática tiene la manifiesta complejidad de constatar de tres personajes – está el agente del castigo, esta el que lo sufre y esta el sujeto. Hay una relación del sujeto con otros dos, relacionados a su vez entre ellos en virtud de un elemento centrado en el sujeto. Mi padre, se puede decir para acentuar las cosas en esta dirección, pega a mi hermano o a mi hermana por miedo a que yo crea que él es el preferido. Este tercero, el sujeto, esta presente en la situación como quien debe presenciar lo que ocurre, para hacerle saber que se le da algo, el privilegio de la preferencia, la prelación. Este último es tomado en este caso como instrumento de la comunicación entre los dos sujetos, que a fin de cuentas es una comunicación de amor, porque si se le declare  a él, el sujeto central, lo que recibe, o sea la expresión de su anhelo, de su deseo de ser preferido o amado, es a expensas del segundo. Se trata pues de una formación ya dramatizada y reactiva, surgirá de una situación compleja, que supone la referencia intersubjetiva triple, con todo lo que introduce como referencia temporal y de escansión.

Pasemos ahora a la segunda etapa.

Esta segunda etapa  produce el fantasma – Mi padre me pega.

El segundo presenta una situación tan ambigua que podemos preguntarnos por un instante en que medida participa el sujeto en la acción de quien le agrede y le golpea. Es la clásica ambigüedad sadomasoquista. De resolverla, concluiremos con Freud que tiene relación con la esencia del masoquismo, pero que en este caso el yo se encuentra fuertemente acentuado.

El sujeto se encuentra en una situación recíproca con respecto al otro, pero al mismo tiempo excluyente. A quién pegan, es, o a él, o al otro. En este caso, es a él. Se indica algo, pero no obstante, no se resuelve. En el acto mismo de ser pegado se puede ver, y la continuación de la discusión lo demuestra, una transposición o el desplazamiento de un elemento tal vez ya marcado por el erotismo.

-       Mi padre, al pegar a un niño a quien yo odio, me manifiesta su amor.
-       Como esta otra – Mi padre pega a un niño por miedo a que yo crea que no soy su preferido.

Con el fantasma perverso, todos los elementos están presentes, pero todo lo que es significación, o sea la relación intersubjetiva, se ha perdido. Lo que podemos llamar los significantes en estado puro se mantienen sin la relación intersubjetiva, vaciados de su sujeto.

Por ejemplo el fetiche.  El niño se detiene en su observación en el borde del vestido de la madre. Ven ustedes aquí una notable pugna entre la estructura y lo que puede llamarse el recuerdo encubridor, es decir, el momento en que se detiene la cadena de la memoria. Se detiene en efecto al borde del vestido de la madre, no más arriba del tobillo, donde esta el zapato, y por eso el zapato puede, al menos en ciertos casos particulares pero ejemplares, desempeñar la función de sustituto de lo que no se ve pero está articulado, formulado, para el sujeto, como si la madre lo poseyera realmente, o sea el falo, imaginario sin duda, pero esencial para su fundación simbólica como madre fálica.

La dimensión imaginaria se muestra pues predominante siempre que se trata de una perversión. Esta relación imaginaria esta a medio camino de lo que se produce entre el sujeto y el otro, o más exactamente, algo del sujeto que aún no se ha situado en el otro, por estar, precisamente, reprimido.

En el momento de la pubertad, hacia los trece o catorce años, que esta joven adore a un objeto, a un niño que cuida y con quien esta unida por vínculos afectivos (caso homosexual femenina).

¿Cómo concebir esta transformación? Les he dado el primer tiempo y el resultado – entre los dos se ha producido algo. Freud no dice que. Vamos a retomarlo y a aplicarlo en los propios términos que han servido para analizar la posición.

Partamos de la fase fálica de la organización genital. ¿qué sentido tiene lo que nos dice Freud? Justo antes del período de latencia, el sujeto infantil, masculino o femenino, llega a la fase fálica, que indica el punto de realización de lo genital. Todo esta ahí, incluso la elección de objeto. Pero de todos modos hay algo que no está, a saber, la plena realización de la función genital, realmente estructurada y organizada. Aún permanece en efecto un elemento fantasmático, esencialmente imaginario, el predominio del falo, en virtud del cual hay para el sujeto dos tipos de seres en el mundo – los seres que tienen el falo y los que no lo tienen, es decir, que están castrados.

Y efectivamente, los autores se enzarzan en una serie de construcciones que se limitan a remitir al origen toda la dialéctica simbólica y se vuelven cada vez más impensables a medida que se remonta al origen.

A nosotros nos resulta más fácil que a estos autores admitir que, en esta ocasión, el falo resulta ser el elemento imaginario – es un hecho y como tal hay que tomarlo – a través del cual el sujeto, en el plano genital, se introduce en la simbólica del don.

La simbólica del don y la maduración genital, que son cosas distintas, están sin embargo vinculadas por un factor incluido en la situación humana real, a saber, las reglas instauradas por la ley con respecto al ejercicio de las funciones genitales, en la medida en que intervienen efectivamente en el intercambio interhumano.

Por el contrario, se comprueba que el fantasma del falo, en el nivel genital, adquiere su valor en el interior de la simbólica del don. Freud insiste en ello – el falo no tiene, por una buena razón, el mismo valor para quien posee realmente el falo, o sea el niño macho, y para el niño que no lo posee, o sea el niño hembra.

El niño hembra, si se introduce en la simbólica del don es en cuanto que no posee el falo. En la medida en que ella faliciza la situación, es decir que se trata de tener o no tener el falo, entra el complejo de Edipo. El niño, como subraya Freud, no es tanto que entre, sino que así es como sale. Al final del complejo de Edipo, cuando realiza en determinado plano la simbólica del don, es preciso que haga don de lo que tiene. La niña, si entra en el complejo de Edipo, es porque eso que no tiene debe encontrarlo en el complejo de Edipo.

¿qué quiere decir lo que no tiene? Aquí estamos ya en el nivel donde un elemento imaginario entra en una dialéctica simbólica. En el interior de esta simbólica del don, se puede dar toda clase de cosas a cambio tantas cosas, ciertamente, que por eso mismo vemos tantos equivalentes del falo en los síntomas. Freud va más lejos, ¿por qué tienden a producirse frustraciones a nivel anal y oral, que realizan las frustraciones, los accidentes, los elementos dramáticos de la relación edípica, si de acuerdo con las premisas esos deberían satisfacerse únicamente en la elaboración genital? La respuesta de Freud apunta a lo que tiene de oscuro para el niño eso que se produce en el nivel genital, y, por supuesto, el no ha experimentado – los objetos que forman parte de las relaciones pregenitales, dice, son más accesibles a representaciones verbales: Wortvorstellungen.

Si, Freud llega a decir que si los objetos pregenitales intervienen en la dialéctica edípica, es porque se prestan más fácilmente a las representaciones verbales. El niño puede decirse con mayor facilidad que lo que el padre le da a la madre es, por ejemplo, su orina, porque el conoce muy bien el uso y la función de la orina, además de su existencia como objeto. Es más fácil simbolizar, es decir añadirle un signo más o menos, un objeto que ya ha alcanzado cierta realización en la imaginación del niño. Sin embargo, esto sigue siendo difícil de aprehender y de difícil acceso para la niña.

En cuanto a la niña, su primera introducción en la dialéctica del Edipo se debe, según Freud, a que el pene que desea es el niño que espera recibir del padre, a modo de un sustituto. Pero en el ejemplo que nos ocupa, el de la joven homosexual, se trata de un niño real. La niña cuida a un niño consistente que interviene en el juego.

Por otra parte, ¿ qué satisface en ella este niño que cuida? La sustitución imaginaria fálica por medio de la cual, como sujeto, se constituye, sin saberlo, como madre imaginaria.

Si lo subrayo, es porque a propósito de las relaciones primordiales del niño y la madre, suele ponerse todo el énfasis en el aspecto pasivo de la frustración. Sostiene que el niño experimenta por primera vez la relación del principio del placer y el principio de realidad en las frustraciones que sufre por parte de la madre, y a continuación se ve que emplean indistintamente los términos de frustración del objeto y perdida del objeto de amor. Ahora bien, si en algo he insistido en las lecciones anteriores, ha sido en la bipolaridad o la oposición tan marcada que hay entre el objeto real en cuanto que el niño puede ser privado de él, o sea el seno de la madre, y por otra parte, la madre, en cuanto que por su posición puede conceder o no conceder ese objeto real.

En otros términos, hay una diferencia radical entre, por una parte, el don como signo de amor, que apunta radicalmente a algo distinto, un más allá, el amor de la madre, y por otra el objeto, sea cual sea, que viene a satisfacer las necesidades del niño. La frustración del amor y la frustración del goce son dos cosas distintas. La frustración del amor esta en sí misma preñada de todas las relaciones intersubjetivas que a continuación podrán constituirse. La frustración del goce no lo esta, en absoluto.

Contrariamente a lo que suele decirse, no es la frustración del goce la que engendra la realidad, como muy bien vio el señor Winnicott, desde luego, con la confusión habitual que se lee en la literatura analítica. No podemos fundar ninguna génesis de la realidad en el hecho de que el niño tenga o no tenga el pecho. Si no tiene el pecho, tiene hambre y sigue gritando. Dicho de otra manera, ¿qué produce la frustración del goce? Produce a lo sumo un relanzamiento del deseo, pero ninguna clase de constitución de objeto, en absoluto. Esto precisamente lleva al señor Winnicott a indicarnos algo que en verdad puede captarse en el comportamiento del niño como ilustración de un progreso efectivo, progreso que requiere una explicación original.

Si el niño fomenta la imagen fundamental del pecho de la madre, o cualquier otra imagen, no es simplemente porque sea privado de él. No es el pecho, sino su extremo, lo esencial en este caso, el nippli (pezón). A él se le sustituye y se le superpone el falo. Ambos tienen en común la característica de hacer que nos fijemos en ellos, porque se constituyen como imágenes.

Pueden observar ustedes que si la situación se reveló, por razones muy  estructuradas, como una relación de celos, y si la satisfacción imaginaria a la que se había entregado la chica se hizo insostenible, fue por la introducción de un real, un real que respondía a la situación inconsciente en el plano de lo imaginario. Por una especie de interposición, el padre se realice en el plano de la relación imaginaria y no ya como padre simbólico. Entonces se instaura otra relación imaginaria, que la joven complete como puede.

Esta relación está marcada por el hecho de que lo que estaba articulado de forma latente en el Otro con mayúscula, empieza a articularse de forma imaginaria, al modo de la perversión, y por otra parte, si esto acaba en una perversión es por este mismo motivo y por ningún otro. La joven se identifica con el padre y desempeña su papel. Se convierte ella misma en el padre imaginario. Se queda igualmente con su pene y se aferra a un objeto que no tiene, un objeto al que ella deberá darle necesariamente eso que no tiene.

Esta necesidad de centrar el amor no en el objeto, sino en lo que el objeto no tiene, nos sitúa precisamente en el corazón de la relación amorosa y el don. Se trata de algo que el objeto no tiene y que hace necesario la tercera constelación de la historia de este sujeto.




CAPITULO 8
DORA Y LA JOVEN HOMOSEXUAL


En Esta dimensión esencial estriba el valor de mi texto, a saber, que es necesario introducir tres términos para que pueda empezar a articularse algo semejante a una ley.

De entrada, tenemos la posición de la chica cuando se encuentra todavía en la época de la pubertad. La primera estructuración simbólica e imaginaria de esta posición se hace de forma clásica, como manda la teoría. La equivalencia pene imaginario-niño instaura al sujeto como madre imaginaria con respecto a ese más allá, el padre, que interviene como función simbólica, es decir, como quien puede dar el falo. La potencia del padre es pues inconsciente. Nos encontramos después del declive del complejo de Edipo, y el padre, como aquel que puede dar el niño, es inconsciente.

En este estadio es cuando se produce, por así decirlo, el momento fatal en que el padre interviene en lo real para dar un hijo a la madre, es decir, que hace de ese niño con el cual el sujeto se halla en relación imaginaria, un niño real. Hay algo que se realice, y, en consecuencia, ella no podrá seguir sosteniéndolo en la posición imaginaria donde lo instituía. Nos encontramos ahora en un segundo tiempo. La intervención del padre real con respecto al niño, niño del que en consecuencia ella resulta frustrada, produce la transformación de toda la ecuación, planteada por consiguiente en estos términos – el padre imaginario, la dama, el pene simbólico.

Mediante una especie de inversión, la relación del sujeto con su padre, situada hasta ahora en el orden simbólico, pasa a la relación imaginaria. O si ustedes quieren, hay una proyección de la fórmula inconsciente, la de su primer equilibrio, en una relación perversa entre comillas, una relación imaginaria, o sea su relación con la dama. Este es el tercer tiempo.

Es conveniente de todos modos observar que estos términos, sean cuales sean, imponen una estructura, es decir que si cambiamos algunos de posición, deberíamos situar de otro modo, y no en cualquier parte, todos los demás.

El nos dice que las resistencias de la enferma han sido insuperables. ¿cómo materializar dichas resistencias? ¿qué ejemplos da? ¿qué sentido les da? Las ve expresadas particularmente en un sueño que, paradójicamente, hubiera podido dar no pocas esperanzas, o sea, de que la situación se normalizara. Es en efecto un sueño en el que se trata, nada más y nada menos, de unión, conjugo, matrimonio fecundo. En la paciente esta sometida a un cónyuge ideal y tiene hijos.

Armado con todo lo que la paciente le dice sobre su posición y sus intenciones, Freud, lejos de tomar el texto del sueño al pie de la letra, no ve en el más que una beta de la paciente, destinada expresamente a decepcionarlo, o más exactamente a ilusionarlo y desilusionarlo al mismo tiempo, como en esa práctica que mencione hace un rato, el juego intersubjetivo de la adivinación. Esto supone, como Freud señala, que se le pueda objetar - ¿pero entonces? Puede mentir el inconsciente?.

Es conveniente plantear la distinción entre lo que el sujeto introduce en su sueño, que corresponde al nivel del inconsciente, y el factor de la relación dual, debido a que cuando cuenta este sueño en el análisis se dirige a alguien. En este sentido digo yo que un sueño producido durante un análisis comporta siempre cierta dirección hacia el analista, y esta dirección no es siempre obligatoriamente la dirección inconsciente.

¿debe concebirse pura y simplemente en la perspectiva del engaño, es decir, de su internacionalización preconsciente?

No lo parece, porque si lo examinamos detalladamente, ¿qué es lo que vemos formularse? Sin duda se hace en una dialéctica de engaño, pero lo que se formula en el inconsciente, tanto en la primera como en la tercera etapa, es, devolviéndolo al significante, lo que en el origen esta desviado, a saber, su propio mensaje que proviene del padre bajo una forma invertida, bajo la forma de tú eres mi mujer, tú eres mi amo, tú tendrás un hijo mío. Esta es, a la entrada del Edipo, o mientras no se resuelve el Edipo, la promesa en la que se basa la entrada de la niña en el complejo de Edipo. Este es el origen de la posición, y en el sueño se articula una situación que satisface tal promesa. Lo que se manifiesta es siempre el mismo contenido del inconsciente. Si la transferencia tiene sentido, si tiene sentido lo que Freud nos aportó ulteriormente con la noción de Wiederholungszwang (Compulsión de repetición).

Su noción de la transferencia debería haberse basado en una posición menos oscilante, y hubiera debido pensar precisamente que la transferencia se produce en lo esencial en el plano de la articulación simbólica. Si Freud observa de todos modos que aquí se produce algo del orden de la transferencia, no extrae la consecuencia estricta, ni tampoco el método correcto de intervención. Tenemos igualmente otro caso en el cual el problema se plantea al mismo nivel y de la misma forma, sólo que Freud comete el error exactamente contrario. Es el caso de dora.

En primer lugar, porque la confusión de la posición simbólica con la posición imaginaria se produce en un sentido opuesto en cada caso. Pero más aún porque, en el conjunto de su constelación, se corresponde estrictamente, sólo que uno se organiza con respecto al otro como lo positivo es a lo negativo. Podría decir que no hay mejor ilustración de la fórmula de Freud – la perversión es el negativo de las neurosis. Pero es preciso desarrollarlo. Tenemos en el caso de dora exactamente los mismos personajes – en primer termino, un padre, una hija y también una dama, la señora K. nos resulta tanto más chocante que todo el problema gire de la misma forma alrededor de la dama, aunque esto se le oculta a Freud en la presentación de la situación por parte de la chica.

Se trata de una pequeña histérica que le lleva por algunos síntomas que ha tenido, menores sin duda, pero aún así inequívocos. La situación se ha hecho intolerable tras una especie de demostración o de intención de suicidio que ha acabado alarmando a su familia. El padre se la presenta a Freud como una enferma, y este mismo paso, la propia consulta, es un elemento que de por sí denota, sin lugar a dudas, una crisis en el conjunto social que hasta entonces se había mantenido en cierto equilibrio. Sin embargo, este singular equilibrio se había roto ya dos años atrás, con motivo de una situación de entrada le ocultan a Freud, a saber que el padre toma como amante a una tal señora K, casada con un señor llamado K. esta pareja vive en una especie de relación de cuarteto con la pareja formulada por el padre y la hija. La madre está ausente de la situación.

Vemos ya, a medida que vamos avanzando, el contraste con respecto a la situación anterior. En el caso de la joven homosexual, en efecto, la madre está presente, puesto que es ella quien le arrebata a la hija la atención de su padre e introduce el elemento de frustración real que habrá sido determinante en la formación de la constelación perversa. Por otra parte, en el caso de dora, es el padre quien introduce a la dama y al parecer la mantiene ahí, mientras que en el otro caso es la hija quien la introduce.

Lo chocante es que dora le indica enseguida a Freud su reivindicación extremadamente intensa del efecto de su padre, que, según ella, le fue arrebatado por la relación en cuestión. Le demuestra inmediatamente a Freud que siempre estuvo al corriente de la existencia de tal relación, de su permanencia y su carácter preferente, y que ha llegado a resultarle intolerable. Todo su comportamiento denota su reivindicación frente a esa relación.

Freud da entonces un paso, el primero de la experiencia freudiana, el más decisivo por su cualidad propiamente dialéctica. Lleva a dora hasta la siguiente pregunta -  esto que la subleva a usted como si de una disipación se tratara, ¿acaso no es algo en lo que usted misma ha participado? Y en efecto, Freud pone al descubierto rápidamente que, hasta ese momento crítico, la situación había sido sostenida de la forma más eficaz por la misma dora. Ella se había mostrado mucho más que complaciente con esta situación singular, en realidad había sido incluso su pieza clave, había protegido los apartes de la pareja del padre y la dama, incluso había sustituido en una ocasión a la dama en sus funciones, cuidando de sus hijos, por ejemplo. Por otra parte, a medida que nos adentramos en la estructura del caso, se revela incluso que dora tiene una relación muy especial con la dama, que resulta ser su confidente y, al parecer, ha llegado muy lejos en sus confidencias.

Este caso es tan rico, que todavía permite hacer descubrimientos, y este rápido recordatorio no puede de ningún modo sustituir a una lectura atenta. Señalemos entre otras cosas el intervalo de nueve meses entre el síntoma histérico de la apendicitis y su raíz, la escena del lago – que Freud cree descubrir porque la enferma se lo proporciona simbólicamente, pero si se examina con más cuidado, veremos que en realidad son quince meses.

Hoy sólo puedo recordarles en que términos se plantea el problema a lo largo de toda la observación. Sin duda Freud se da cuenta a posteriori de que si ha fracasado, es en razón de una resistencia de la paciente a admitir la relación amorosa que la une con el señor k., algo que él le sugirió como un hecho con todo el peso de su insistencia y de su autoridad. Freud llega incluso a indicar en una nota que sin duda hubo algún error por su parte, y que hubiera debido comprender que el apego homosexual por la señora k era la verdadera significación de la institución de la posición primitiva de dora, así como de sus crisis. Pero lo importante no es únicamente que Freud lo reconozca a posteriori, porque a lo largo de toda la observación pueden ustedes leer como se mantiene en la mayor ambigüedad en lo que se refiere al objeto real del deseo de dora.

Esta claro que el señor k, su persona, tiene una importancia primordial para dora y que con él se establece algo semejante a un vínculo libidinal. Esta claro también que algo de otro orden, de una importancia igualmente considerable, juega un papel en el vínculo libidinal de dora con la señora k, ¿cómo concebir ambos de forma que se justifique y permita concebir, tanto la progresión de la aventura como el momento en que se detiene, su crisis, el punto de ruptura del equilibrio?

LA HISTÉRICA ES ALGUIEN CUYO OBJETO ES HOMOSEXUAL, LA HISTÉRICA ABORDA ESTE OBJETO HOMOSEXUAL POR IDENTIFICACIÓN CON ALGUIEN DEL OTRO SEXO. Llegué más lejos. Partiendo de la relación narcisista como fundadora del yo (moi), como matriz, Urbild, de la constitución de esa función imaginaria llamada el yo, había mostrado que había huellas de ella en la observación. La situación el señor k, y que los hombres son para ella otras tantas cristalizaciones posibles de su yo. En otros términos, por medio del señor k, en la medida en que ella es el señor k, en el punto imaginario que constituye la personalidad del señor k, es como dora esta vinculada con el personaje de la señora k.

Llegué todavía un poco más lejos y dije – la señora k, es alguien importante, ¿por qué? No sólo es importante porque constituye el objeto de una elección entre otros objetos. No sólo es importante porque está investida con la función narcisista que se encuentra en el fondo de todo enamoramiento, Vierliebtheit. No, como lo indican los sueños, y lo  esencial de la observación gira en torno a los sueños, la señora k es la pregunta de dora.

Dora es una histérica, es decir, alguien que ha alcanzado la crisis edípica y que, al mismo tiempo, ha podido y no ha podido franquearla. Hay una razón para ello – es que su padre, al revés que el padre de la homosexual, es impotente. Toda la observación descansa en la noción central de la impotencia del padre. He aquí pues una ocasión propicia para destacar, de una forma particularmente ejemplar, en que puede consistir la función del padre en relación con la falta de objeto que hace entrar a la niña en el Edipo. ¿Cual puede ser la función del padre como donador?

Hay un objeto del que el niño es frustrado. Pero después de la frustración, su deseo subsiste. La frustración sólo tiene sentido en la medida en que el objeto, como pertenencia del sujeto, subsiste después de la frustración, la madre interviene entonces en otro registro – da o no da, pero en cuanto que ese don es signo de amor.

He aquí ahora al padre que sirve para ser quien da simbólicamente ese objeto faltante. Aquí, en el caso de dora, no lo da, porque no lo tiene.  La carencia fálica del padre atraviesa toda la observación como una nota fundamental, constitutiva de la posición. Pero, también en este caso, ¿lo encontramos en un solo plano? ¿toda la crisis se establecerá pura y simplemente en relación con esa falta? Observemos de qué se trata. ¿qué es dar? No hay acaso otra dimensión, introducida ahí donde la relación de objeto es elevada al grado simbólico por el hecho de que el objeto puede ser dado o no? En otros términos, lo que se da, ¿es alguna vez el objeto? Esta es la cuestión, y en la observación de dora vemos uno de sus desenlaces que es ejemplar.

Tenemos pues aquí una distinción muy clara. Lo que interviene en la relación de amor, lo que se pide como signo de amor, es siempre algo que sólo vale como signo y como ninguna otra cosa. O por ir todavía más lejos, no hay mayor don posible, mayor signo de amor, que el don de lo que no se tiene. Pero nótese que la dimensión del don sólo existe con la introducción de la ley.  Lo que establece la relación de amor es que el don se da, digámoslo así, por nada.

El principio del intercambio es nada por nada. Esta fórmula, como toda fórmula en la que interviene el ambiguo nada, parece la misma fórmula del interés, pero es también la fórmula de la gratuidad. En el don de amor, se da algo por nada, y sólo puede ser nada. Dicho de otra manera, lo que constituye el don es que un sujeto da algo de forma gratuita, pues tras lo que da esta todo lo que le falta, el sujeto sacrifica más allá de lo que tiene.

Supongamos un sujeto cargado con todos los bienes posibles, todas las riquezas, un sujeto que tenga el colmo de todo lo que se pueda tener. Pues bien, un don suyo no tendría en absoluto el valor de un signo de amor. Los creyentes se imaginan poder amar a dios porque se supone que dios posee una total plenitud, el colmo del ser. Pero si puede concebirse siquiera tal reconocimiento por un dios que sena todo, es porque en el fondo de toda creencia hay sin embargo, esto – a este ser supuestamente pensado como un todo, le falta sin duda lo principal en el ser, es decir, la existencia. En el fondo de toda creencia en el dios como perfecta y totalmente munificente, se encuentra la noción de ese no se qué que siempre le falta y hace que de todos modos siempre se pueda suponer que no existe.

Si de algo no cabe duda es que entonces Dora se encuentra en el momento en que ama a su padre. Lo ama precisamente por lo que el no le da. Toda la situación es impensable sin esta posición primitiva, que se mantiene hasta el final. Lo que ahora hay que concebir es como se ha podido soportar, como se ha tolerado, si el padre, ante la misma dora, ha hecho algo, algo distinto y que dora parece incluso haber inducido.

Toda la situación se instaura como si Dora tuviera que plantearse la pregunta: ¿qué es lo que mi padre ama en la señora K? La señora K se presenta como algo  a lo que el padre puede amar más allá de ella misma. A lo que dora se aferra, es a lo que su padre ama en otra, en la medida en que no sabe qué es.

Esto esta muy de acuerdo con lo que supone toda la teoría del objeto fálico, a saber, que el sujeto femenino sólo puede entrar en la dialéctica del orden simbólico por el don del falo. Freud no niega la necesidad real que corresponde de por sí al órgano femenino, a la fisiología de la mujer, pero nunca puede intervenir así en el establecimiento de la posición de deseo. El deseo apunta al falo como don, que ha de ser recibido a este título. Con este fin es necesario que el falo, ausente, o presente en otra parte, sea elevado al nivel de don. Al ser elevado a la dignidad de objeto de don, hace entrar al sujeto en la dialéctica del intercambio, normalizando así todas sus posiciones, incluida las prohibiciones esenciales que fundan el movimiento general del intercambio. En este contexto la necesidad real vinculada con el órgano femenino, cuya existencia nunca se le ocurrió a Freud negarla, tendrá su lugar y obtendrá su satisfacción accesoriamente, pero nunca será discernido simbólicamente como algo dotado de sentido, siempre será en sí mismo esencialmente problemático, situado antes de cierta franqueamiento simbólico.

De eso se trata precisamente durante el despliegue de todos esos síntomas y a lo largo de toda la observación. Dora se pregunta: ¿qué es una mujer? Y eso porque la señora K encarna propiamente la función femenina, porque ella es para dora la representación de algo en lo que dicha función se proyecta como pregunta, como la pregunta. Dora se encamina a una relación dual con la señora K, o más bien la señora K es lo que es amado más allá de dora, y por eso la propia dora siente interés por esta posición. La señora k realice lo que ella, dora, no puede ni saber ni conocer de esta situación en la que ella consigue alojarse. Lo que se ama en un ser esta más allá de lo que es, esta, a fin de cuentas, en lo que le falta.

Dora se sitúa en algún lugar entre su padre y la señora K. si su pare ama a la señora k, dora se siente satisfecha, a condición, por supuesto, de que se mantenga esta posición. Por otra parte, esta situación se simboliza de mil formas. Así, el padre impotente suple por todos los medios del don simbólico, incluso los dones materiales, lo que no realice como  presencia viril, y de paso hace a dora su beneficiaria, con una munificencia que se reparten a partes iguales su amante y su hija, de modo que lleva a esta última a participar en esa posición simbólica.

Sin embargo, con eso no basta, y dora trata de restituir el acceso a una posición que se manifiesta en sentido inverso. Me refiero a que trata de restablecer una situación triangular, no ya con respecto al padre, sino con respecto a la mujer que tiene enfrente, la señora K. aquí es donde interviene el señor k, con quien puede cerrarse efectivamente el triángulo, pero en una posición invertida.

Por el propio interés de su pregunta, Dora considera que el señor K participa de lo que simboliza el lado pregunta de la presencia de la señora K, a saber la adoración, y expresada igualmente mediante una asociación simbólica muy manifiesta de la señora K, con la Madonna Sixtina. La señora K, es objeto de adoración por quienes la rodean y, a fin de cuentas, Dora se sitúa con respecto a ella como participando de esta adoración. El señor k es su forma de normativizar esa oposición, tratando de reintegrar en el circuito al elemento masculino.

¿cuándo le da una bofetada? No cuando la corteja o cuando le dice que la ama. No, incluso cuando la aborda de una forma intolerable para una histérica. Es en el momento en que le dice: Ich habe an meiner frau (Ya no tenga nada que ver con mi esposa). La formula alemana es particularmente expresiva, tiene un sentido particularmente vivido, si demos el término nada todo su alcance. Lo que el señor K dice en suma lo retira a él mismo del circuito así constituido que queda establecido así en su orden propio.

Dora puede admitir que su padre ame en ella, y a través de ella, algo que está más allá, la señora K, pero para que el señor K resulte tolerable en su posición, ha de ocupar la función exactamente inversa y equilibradora. A saber, que dora sea amada por el señor K. más allá de su mujer, pero en la medida en que su mujer es algo para él. Este algo, es lo mismo que esa nada que ha de haber más allá, es decir, Dora en este caso. El no dice que su mujer no es nada para él, dice que, junto a su mujer, no hay nada. El “an” lo encontramos en mil locuciones alemanas, por ejemplo, en la expresión: es  fehlt ítem an geld. Es una afinidad, un añadido, que esta más allá de lo que falta. Es esto precisamente lo que encontramos aquí. El señor K quiere decir que no hay nada detrás de su mujer – mi mujer no está en el circuito.

Qué resulta de ello? Dora no puede tolerar que sólo se interese por ella interesándose  sólo en ella. Inmediatamente, toda la situación se rompería. Si el señor K sólo esta interesado en ella, es que su padre sólo se interesa por la señora K, y entonces ella no puede tolerarlo.

Sin embargo, para Freud, Dora encaja a pesar de todo en una situación típica. Como explica el señor Claude Levi-Strauss en “las estructuras elementales del parentesco”, el intercambio de los vínculos de alianza consiste exactamente en esto – he recibido una mujer y debo una hija. Por esto, que es el principio mismo de la institución del intercambio y de la ley, hace de la mujer un puro y simple objeto de intercambio, no queda integrada ahí sin más. En otros términos, si ella misma no ha renunciado a algo, es decir, precisamente al falo paterno concebido como objeto de don, no puede concebir nada, subjetivamente hablando, que haya de recibir de otros, es decir de otro hombre. En la medida de su exclusión de la primera institución del don y de la ley en la relación directa del don de amor, solo puede vivir esta situación sintiéndose reducida pura y simplemente al estado de objeto.

Eso mismo es lo que ocurre en este momento. Dora se rebela y empieza a decir – mi padre me vende a otro. Este es en efecto el resumen claro y perfecto de la situación, por eso se mantiene a media luz.  De hecho para el padre es verdaderamente una forma de pagar la complacencia del marido de la señora K tolera de forma velada que este se dedique con dora a lo mismo que el se ha dedicado durante años, a hacer la corte.

Así el señor K confiesa estar excluido de un circuito en el que dora podría, o bien identificarlo con ella, o bien pensar que ella, dora, es su objeto más allá de la mujer por medio de la cual ella esta vinculada con el. Se rompen esos vínculos, sutiles y ambiguos sin duda, pero dotados de sentido, perfectamente orientados, que permitían a dora encontrar su lugar en el circuito, aún de forma inestable. La situación se desequilibra, dora se ve relegada al papel del puro y simple objeto, y entonces empieza a ponerse reivindicativa. Reivindica el amor de su padre, algo que hasta ahora se mostraba dispuesta a considerar que recibía, aunque por mediación de otra.

Dora y nuestra homosexual se hallan pues implicadas en dos situaciones y dos registros distintos. ¿qué diferencia se pone así de manifiesto?

Si es cierto que lo que se mantiene en el inconsciente de nuestra homosexual es la promesa del padre, tendrás un hijo mío, y si en su amor exaltado por la dama muestra, como nos dice Freud, el modelo del amor absolutamente desinteresado, del amor por nada, ¿no ven ustedes que todo ocurre como si la chica quisiera mostrarle a su padre que es un verdadero amor, ese amor que su padre le ha negado? Sin duda en el inconsciente del sujeto existe el pensamiento de que el padre se ha puesto de parte de la madre porque así obtiene más ventaja, y en efecto esta relación es fundamental en toda entrada del niño en el Edipo, es decir la superioridad aplastante del rival adulto. Lo que la chica le demuestra aquí a su padre, es como se puede amar a alguien, no sólo por lo que tiene, sino literalmente por lo que no tiene, por ese pene simbólico que, como ella sabe muy bien, no va a encontrar en la dama, porque sabe perfectamente donde esta, o sea en su padre, que no es, por su parte, impotente.

En otros términos, lo que se llama por así decirlo la perversión en este caso, se expresa entre líneas, por contrastes y alusiones. Es una forma de hablar de algo muy distinto, implicando necesariamente por la secuencia estricta de los términos que intervienen una contrapartida, precisamente lo que se quiere dar a entender al otro. Aquí tienen ustedes lo que en otra ocasión llamé ante ustedes metonimia, que consiste en dar a entender algo hablando de otra cosa distinta. Si no captan ustedes en toda su generalidad esta noción fundamental de la metoniamia, es inconcebible que lleguen a tener alguna noción de lo que puede significar la perversión en lo imaginario.

LA METONIMIA ES EL PRINCIPIO DE LO QUE SE PUEDE LLAMAR, EN EL TERRENO DE LA FABULACIÓN Y DEL ARTE, EL REALISMO. UNA NOVELA, HECHA DE UN MONTÓN DE PEQUEÑOS TRAZOS SENSIBLES DE LO REAL QUE NO QUIERE DECIR NADA, NO TIENE NINGÚN VALOR SI NO HACE VIBRAR MÁS ALLÁ ARMÓNICAMENTE UN SENTIDO. ASÍ, AL PRINCIPIO DE GUERRA Y PAZ, EL TEMA REPETIDO DE LOS HOMBROS DESNUDOS DE LAS MUJERES VALE POR ALGUNA OTRA COSA. SI LOS GRANDES NOVELISTAS SON SOPORTABLES, ES PORQUE TODO LO QUE SE DEDICAN A MOSTRARNOS ADQUIERE SU SENTIDO, DE NINGÚN MODO SIMBÓLICAMENTE, NI ALEGÓRICAMENTE, SINO POR LO QUE HACEN RESONAR  A DISTANCIA. LO MISMO OCURRE CON EL CINE – CUANDO UNA PELÍCULA ES BUENA, ES PORQUE ES METONÍMICA. Y DE LA MISMA MANERA, LA FUNCIÓN DE LA PERVERSIÓN DEL SUJETO ES UNA FUNCIÓN METONÍMICA.

Con dora, que es una neurótica, ¿ocurre igual? Dora tomada como sujeto se sitúa a cada paso bajo cierto número de significantes de la cadena. Encuentra en la situación una especie de METÁFORA perpetua.

Literalmente, el señor K, es su metáfora, porque de lo que ella es, dora no puede decir nada. Dora no sabe donde situarse, ni donde esta, ni para que sirve el amor. Sabe tan sólo que el amor existe y halla una historización del amor en la que encuentra su propio lugar bajo la forma de una pregunta. Esta pregunta se centra en el contenido y la articulación de todos sus sueños – el joyero, Bahnhof, Friedhof, Vorhof- cuyo único significado es esta misma pregunta. Total, si dora se expresa como lo hace, a través de sus síntomas, es porque se pregunta que es ser mujer. Esos síntomas, es porque se pregunta que es ser mujer. Esos síntomas son elementos significantes, pero lo son porque por debajo corre un significado en perpetuo movimiento, que es como dora se implica y se interesa.

La neurosis de dora adquiere su sentido como metafórica, y así es como puede resolverse. Freud quiso introducir en esta metáfora, o quiso forzar, el elemento real que tiende a reintroducirse en toda metáfora, diciéndole a dora: a usted le gusta eso precisamente. Por supuesto, con la intervención del señor k, algo tendió a normalizarse, pero ese algo permaneció en estado metafórico.

Lo demuestra esa especie de embarazo de dora posterior a la crisis de ruptura con el señor k, que Freud percibe con ese prodigioso sentido intuitivo de las significaciones, característico de él. Es en efecto un aborto extraño y significativo lo que se produce al cabo de nueve meses, como dice Freud, porque lo dice la propia dora, revelando así que hay una especie de embarazo.

El síntoma no es en este caso más que una metáfora. Para dora es una especie de tentativa de recuperar la ley de los intercambios simbólicos, en relación con el hombre con el que se ha de unir o desunir.

Por el contrario, el parto que encontramos igualmente al final de la observación de la homosexual, antes de que vaya a parar a manos de Freud, se manifiesta así – de pronto, se tira desde un pequeño puente del ferrocarril. Esto se produce cuando el padre real interviene una vez más para manifestarle su irritación y su ira, intervención sancionada por la mujer que se encuentra junto a ella y le dice que no quiere verla más. La joven se queda sin recursos. Hasta ese momento, había resultado bastante frustrada de lo que debía habérsele dado, o sea el falo paterno, pero había encontrado el medio de mantener el deseo por la vía de la relación imaginaria con la dama. Cuando esta la rechaza ya no puede sostener nada. El objeto se ha perdido definitivamente, y ni siquiera aquella nada en la que se ha basado para demostrar a su padre como se puede amar tiene ya razón de ser. En ese momento, se suicida.

Como Freud subraya, esto tiene igualmente otro sentido, el de una perdida definitiva del objeto. El falo que se le niega definitivamente, cae, niederkommt. La caída tiene aquí valor de privación definitiva y también de mímica de una especie de parto simbólico. Aquí tienen otra vez el aspecto metonímico del que les hablaba. Si el acto de precipitarse desde un puente del ferrocarril en el momento crítico y terminal de sus relaciones con la dama y con el padre, Freud puede interpretarlo como una forma demostrativa de convertirse ella misma en ese niño que no ha tenido, destruyéndose al mismo tiempo en un último acto significativo del objeto, es únicamente basándose en la existencia de la palabra niederommt.

Esta palabra indica metonímicamente el último término, el término suicida que expresa en la homosexual lo que esta en juego, el único motor de toda su perversión, a saber, de acuerdo con lo que tantas veces afirmó Freud sobre la patogénesis de cierto tipo de homosexualidad femenina, un amor estable y particularmente reforzado por el padre.



CLASE 9

El falo simbólico. Cómo realizar la falta. El recuerdo pantalla, detención de una imagen. Alternancia de las identificaciones perversas. Estructuras del Exhibicionismo Reactivo.

Fetiche y Fetichismo:

Lo que se ama en el objeto es lo que le falta – sólo se da lo que no se tiene. (Ver páguina 130)

Este esquema fundamental que implica en todo intercambio simbólico, sea cual sea el sentido de su funcionamiento, la permanencia del carácter constituyente de un más allá del objeto.

Freud aborda la cuestión del fetichismo en dos textos fundamentales, escalonados de 1904 a 1927, y estos vuelven a referirse a esta cuestión ulteriormente, estos dos son los más preciosos – el párrafo sobre el fetichismo en los tres ensayos para una teoría sexual y el artículo titulado Fetichismo.

Freud nos dice de entrada en este artículo que el fetiche es el símbolo de algo: del pene.

Pero inmediatamente después, Freud subraya que no se trata de cualquier pene. Por decirlo de una vez, el pene en cuestión no es el pene real, sino el pene en la medida en que la mujer lo tiene – es decir en la medida en que no lo tiene.

Para alguien que no se sirva de nuestra clave, se trata simplemente de un desconocimiento de lo real – se trata del falo que la mujer no tiene y que debería tener por razones que dependen de la dudosa relación del niño con la realidad.

Para evitar las arrancias a las que se ven llevados los distintos autores durante años si evitan este punto, para situar de forma adecuada lo que esta en juego, el nervio diferencial es el siguiente – no se trata en absoluto de un falo real que, como real, exista o no exista, sino de un falo simbólico que por su naturaleza se presenta en el intercambio como ausencia, una ausencia que funciona en cuanto tal.

En efecto, todo lo que se puede trasmitir en el intercambio simbólico es siempre algo que es tanto ausencia como presencia. Sirve para tener esa especie de alternancia fundamental que hace que, tras aparecer en un punto, desaparezca para reaparecer en otro. Dicho de otra manera, circula dejando tras de sí el signo de su ausencia en el lugar de donde proviene. En otros términos todavía, el falo en cuestión, lo reconocemos enseguida – es un objeto simbólico.

Por otra parte, se establece a través de este objeto un ciclo estructural de amenazas imaginarias limitadas por la dirección y el empleo del falo real. Este es el sentido del complejo de castración, y así es como el hombre queda prendido en el. Pero hay también otro uso, que esta, digamos, escondido por los fantasmas más o menos temibles de la relación del hombre con las prohibiciones, en lo que en estas concierne al uso del falo – se trata de la función simbólica del falo. La diferenciación simbólica de los seños se instaura porque el falo está o no está, y sólo en función de que está o no está.

Este falo, la mujer no lo tiene, simbólicamente. Pero no tener el falo simbólicamente es participar de él a título de ausencia, así pues es tenerlo de algún modo. El falo siempre esta más allá de toda relación entre el hombre y la mujer. Puede ser alguna vez objeto de una nostalgia imaginaria por parte de la mujer, puesto que ella sólo tiene un falo pequeñito. Pero este falo que puede sentir como insuficiente no es el único que interviene en su caso, pues al estar implicada en la relación intersubjetiva, para el hombre hay, más allá de ella misma, el falo que ella no tiene, es decir, el falo simbólico, que existe ahí como ausencia. Esto es del todo independiente de la inferioridad que ella puede sentir en el plano imaginario, debido a su participación real en el falo.

Este pene simbólico, que el otro día situaba yo en el esquema de la homosexual, desempeña una función esencial en la entrada de la niña en el intercambio simbólico. Porque la niña no tiene este falo, es decir también porque lo tiene en el plano simbólico, porque entra en la dialéctica simbólica de tener o de no tener el falo, así es como entra en esa relación ordenada y simbolizada que es la diferenciación de los sexos, relación interhumana asumida, disciplinada, tipificada, ordenada, objeto de prohibiciones, marcada, por ejemplo, por la estructura fundamental de la ley del incesto. Esto es lo que quiere decir Freud cuando escribe que la niña entra en el complejo de Edipo por medio de lo que el llama la idea de castración – precisamente esta, que ella no tiene el falo, pero no lo tiene simbólicamente, de modo que puede tenerlo – mientras que el niño, así es como sale.

Vemos en este punto como se justifica, estructuralmente hablando, el androcentrismo que, en la esquematización levi-straussiana, caracteriza a las estructuras elementales del parentesco. Es un hecho, las mujeres se intercambian como objetos entre linajes masculinos. Se introducen mediante un intercambio, el del falo que recibe simbólicamente, y a cambio darán ese hijo que tome para ellas función de Ersatz, de sistituto, de equivalente del falo, con el que introducen en la genealogía simbólica patrocentrica, en sí misma estéril, la fecundidad natural; se arriman a ese objeto único central, caracterizado por no ser precisamente un objeto, sino un objeto que ha experimentado de la forma más radical la valorización simbólica.

Este tema fundamental, que la mujer se da, ¿qué expresa si se examina detenidamente, sino la afirmación del don?. En el acto del amor, quien recibe realmente es la mujer, recibe mucho más de lo que da. Todo nos indica, y la experiencia analítica lo subraya, que no hay posición más receptora, más devoradora en el plano imaginario.

He aquí pues que el fetiche, nos dice Freud, representa al falo como ausente, el falo simbólico. ¿cómo no ver que hace falta esta especie de inversión inicial para que podamos comprender cosas que de otro modo serían paradójicas? Por ejemplo, el ferichista es siempre el niño, nunca la niña. Si todo residiera en el plano de la deficiencia, o incluso de la inferioridad imaginaria, el fetichismo debería declararse más abiertamente en aquel de los dos sexos que esta realmente privado de falo. Pero no es así. El ferichismo es excesivamente raro en la mujer, en su sentido propio e individualizado, encarnado en un objeto tal que podamos considerar que corresponde de forma simbólica al falo como ausente.

El fetiche, nos dice el análisis, es un símbolo. En este sentido casi lo ponemos en pie de igualdad con cualquier otro síntoma neurótico.

En verdad, no pocos autores muestran aquí alguna vacilación y llegan a situar el fetichismo en el límite de las perversiones y las neurosis, precisamente dado el carácter simbólico por excelencia del fantasma crucial.

Lo que se ama en el objeto de amor es algo que está más allá.

Este algo no es nada, sin lugar a dudas, sino que tiene la propiedad de estar ahí simbólicamente. Como es símbolo, no sólo puede sino que debe ser esa nada. ¿qué puede materializar para nosotros, de la forma más neta, esta relación de interposición por la cual aquello a lo que se apunta está más allá de lo  que se presenta, sino una de las imágenes verdaderamente más fundamentales de la relación humana en el mundo, el velo, la cortina?

El velo, permite igualmente la mejor ilustración de la situación fundamental del amor. Puede decirse incluso que al estar presente la cortina, lo que se encuentra más allá como falta tiende a realizarse como imagen. Sobre el velo se dibuja la imagen.

La cortina es, digamos, el ídolo de la ausencia; con toda seguridad se debe al sentimiento de que hay cierta ilusión fundamental en todas las relaciones urdidas con su deseo. Ahí es donde el hombre encarna, hace un ídolo, de su sentimiento de esa nada que hay más allá del objeto del amor.

Tengan presente este esquema fundamental si quieren situar correctamente los elementos que intervienen en la instauración de la relación fetichista, con independencia del momento en que la consideremos.

He aquí el sujeto, el objeto y ese más allá que es nada, o bien el símbolo, o el falo en cuanto que le falta a la mujer.

El famoso splitting del ego, en el caso del fetiche, nos lo explican diciendo que la castración de la mujer es al mismo tiempo afirmada y negada.

Freud, si seguimos su texto, habla de verleugnung a propósito de la posición fundamental de denegación en la relación con el fetiche. Pero también dice que se trata de mantener en pie auirecht zu halter, esta relación compleja, como si hablara de un decorado. La lengua de Freud, tan gráfica y tan precisa al mismo tiempo, posee término que tienen aquí todo su valor. El horror a la castración, dice, se ha erigido, con esta creación de un sustituto, un monumento. El fetiche es un denkmal. La palabra trofeo no aparece, pero en verdad esta presente, acompaña al signo de un triunfo, das ziechen des triumphes.

Se trata del descenso al plano imaginario del ritmo ternario sujeto-objeto-más allá, fundamental en la relación simbólica. Dicho de otra manera, en la función del velo se trata de la proyección de la posición intermedia del objeto.

Se instituye también una relación simbólica en lo imaginario.

La otra vez les hablé, a propósito de la estructura perversa, de la metonimia, así como de la elusión y el mensaje entre líneas, que son formas elevadas de la metonimia. Esta claro, Freud no nos dice otra cosa, salvo que no emplea el término metonimia. Es el momento de la historia en el cual la imagen se detiene.


Recuerdo haber recurrido en otro tiempo a la comparación con la película que se detiene de pronto, precisamente antes del momento en que lo que se busca en la madre, es decir, el falo que tiene y no tiene, se ha de ver como presencia- ausencia y ausencia – presencia. La rememoración de la historia se detiene y se suspende en el momento inmediatamente anterior.

El recuerdo pantalla, el Deckerinnerung, no es simplemente una instantánea, es una interrupción de la historia, un momento en el cual se detiene y se fija, y al mismo tiempo indica la continuación de su movimiento más allá del velo.

Deteniéndose ahí, la cadena indica su continuación, en adelante velada, su continuación ausente, a saber, la represión, que es lo que está en juego, como dice claramente Freud. Sólo hablamos de represión en la medida en que hay cadena simbólica.

Una vez más, vemos como se distingue aquí entre la relación con el objeto de amor y la relación de frustración con el objeto. Se trata de dos relaciones distintas. El amor se transfiere una metáfora al deseo que se prende al objeto como ilusorio, mientras que la constitución del objeto no es metafórica, sino metonímica. Es un punto en la cadena de la historia, allí donde la historia se detiene. Es signo de que ahí empieza el más allá constituido por el sujeto.

El hecho de que Freud nos dé como primer ejemplo de un análisis de fetichista esa maravillosa historia de un calembur. Un señor que había pasado su primera infancia en Inglaterra y había ido a convertirse en fetichista a Alemania, buscada siempre un ligero brillo en la nariz, y además podía verlo, ein glanz auf die nase. Esto significaba, nada más y nada menos, una mirada a la nariz, que a su vez era, por supuesto, un símbolo. La expresión alemana se limitaba a trasponer la expresión iglesa a glance on the nose, que le venía de sus primeros años. Ya ven ustedes como interviene aquí, proyectándose en un punto sobre el velo, la cadena histórica, que puede contener incluso toda una frase, y más aún, una frase en una lengua olvidada.

Por una parte, no podemos perder de vista la noción de que la génesis del fetichismo esta articulada esencialmente con el complejo de castración. Por otra parte, es en las relaciones preedípicas, y en ninguna otra parte, donde se pone de manifiesto de la forma más clara que la madre fálica es el elemento central, el motor decisivo. ¿cómo conciliar las dos cosas?

Los autores lo hacen más o menos cómodamente: Melanie Klein. Dicho sistema estructura las primeras etapas de las tendencias orales, particularmente en su momento más agresivo, introduciendo la presencia del pene paterno por proyección retroactiva, es decir, retroactivando el complejo de Edipo a las primeras relaciones con los objetos considerados como introyectables. Para limitarnos a lo que nosotros mismos hemos sacado a la luz, partiremos de la relación fundamental que es la del niño real, la madre simbólica y su falo, el de ella, que para ella es imaginario.

Qué nos enseña aquí las observaciones cuando las desmenuzamos? Nos muestran fenómenos que se manifiestan correlativamente a este síntoma singular que pone al sujeto en una relación electiva con un fetiche, el objeto fascinante inscrito sobre el velo, en cuya órbita gira su vida erótica. Si se toma una observación, se ven muy bien elementos que les he articulado hoy y que Binet ya había indicado, por ejemplo ese punto asombroso del recuerdo pantalla, que fija la detención en los bajos del vestido de la madre, o de su corsé, o también la relación esencialmente ambigua del sujeto con el fetiche, relación de ilusión, que así es como se vive y así se prefiere, o bien la función particularmente satisfactoria de un objeto inerte, plenamente a merced del sujeto para la maniobra de sus relaciones eróticas.

El comportamiento amoroso, y más simplemente la relación erótica del sujeto, se reduce a una defensa. Esto también lo entrevió Freud y esta articulado en nuestro esquema. Freud nos dice que el fetichismo es una defensa contra la homosexualidad y el señor gillespie indica que el margen entre ambos es extraordinariamente estrecho. En resumen, en las relaciones con el objeto amoroso que organizan este ciclo en el fetichista, en las relaciones con el objeto amoroso que organizan este ciclo en el fetichista, encontramos una alternancia de identificaciones. Identificaciones con la mujer enfrentada al pene destructor, el falo imaginario de las experiencia primordiales del periodo oro-anal, centradas en la agresividad de la teoría sádica del coito, muchas experiencias que el análisis saca a la luz muestran una observación de la escena primitiva percibida como cruel, agresiva, violenta, incluso asesina. A la inversa, identificación del sujeto con el falo imaginario, que le hace ser para la mujer un prto objeto que puede devorar y en el límite destruirlo.

El niño se encuentra enfrentado a esta oscilación entre los dos polos de la relación imaginaria primitiva, de una forma que podemos llamar bruta, antes de la instauración de la relación en su legalidad edípica por la introducción del padre como sujeto, centro de orden y posesión legítima. El niño está entregado a la oscilación bipolar de la relación entre dos objetos inconciliables, que conduce de cualquier forma a un desenlace destructivo, incluso asesino. En una determinada manera de comprender el análisis, que es precisamente la vía moderna, y en esto recuerda en parte al que es mi propio camino, el analista interviene aquí para hacer percibir al sujeto la alternancia de sus posiciones y al mismo tiempo sus significaciones respectivas.

La observaciones son aquí extremadamente ricas y fructíferas, por ejemplo, cuando nos muestran las mil formas que puede adquirir, en la actualidad de la vida precoz del sujeto, el descompletamiento fundamental que deja al sujeto entregado a la relación imaginaria, ya sea por la vía de la identificación con la mujer, ya sea ocupando el lugar del falo imaginario, es decir, de cualquier forma, en una simbolización insuficiente de la relación tercera. Los autores notan con mucha frecuencia la ausencia a veces repetida del padre en la historia del sujeto, la carencia, como suele decirse, del padre como presencia – se va de viaje, a la guerra, etc.

Más aún, se advierte cierto tipo de posición del sujeto, a veces singularmente reproducida en los fantasmas, la de una inmovilización forzada. En ocasiones se manifiesta a través de una atadura efectivamente sufrida por el sujeto – hay un ejemplo muy bello en la obsevación de Sylvia Payne. A consecuencia de una extravagante prescripción médica, habían impedido a un niño que caminara hasta la edad de dos años, con ataduras efectivas que lo mantenía en su cama. Esto tuvo sus consecuencias. El hecho de haber vivido tan estrechamente vigilado en la habitación de sus padres lo dejaba en la posición ejemplar de una total entrega a una relación puramente visual, sin el menor esbozo de reacción muscular. Había asumido la relación con sus padres en el estilo de rabia y de cólera que pueden ustedes suponer. Si bien son raros los casos tan ejemplares, algunos autores han insistido en que la fobia de algunas madres que mantienen a sus hijos a distancia, sin contacto, casi como si fueran una fuente de infección, sin duda tiene alguna relación con el valor predominante dado a la relación visual en la constitución de la relación primitiva con el objeto materno.

Qué determinado sujeto de quien nos habla la señora payne este prendado de un impermeable, parece de la misma naturaliza que si lo estuviera de unos zapatos. No nos equivocamos al pensar así. Sin embargo, hablando desde un punto de vista estructural, el impermeable contiene por sí mismo ciertas relaciones e indica una posición algo distinta de las que suponen el zapato o el corset. Estos objetos se encuentran de por si, directamente, en la posición del velo entre el sujeto y el objeto. No ocurre igual con el impermeable, ni con el resto de tipos de fetiches vestimentarios más o menos envolventes. Por otra parte, hay que concederle un lugar a la cualidad especial que implica el plástico. Esta característica, muy a menudo presente, alberga como un último misterio, que sin duda esclarecerla psicológicamente la sensorialidad que alberga el facto especial del propio plástico. Tal vez pueda tomarse, con mayor facilidad que cualquier otra cosa, como un forro de la piel, o quizá tenga características aislantes especiales. Dejando de lado la estructura misma de los informes aportados en determinados centros donde la observación se plantea analíticamente, se ve que el impermeable juega aquí un papel no exactamente igual al del velo. Más bien se trata de algo detrás de lo cual el sujeto se centra. Se sitúa, no ante velo, sino detrás, es decir en el lugar de la madre, adhiriéndose a una posición de identificación en la que esta tiene necesidad de ser protegida, en este caso mediante una envoltura.

Esto nos da la transición entre los casos de fetichismo y los casos de travestimos. La envoltura no es como el velo, sino una forma de protección. Se trata de una égida con la que el sujeto se envuelve, identificado con el personaje femenino.

Tenemos igualmente casos muy bonitos, en los que se ve al sujeto, si ha tratado de acceder a una relación plena en ciertas condiciones de realización artificiales, de forzamiento de lo real, expresar mediante un acting out, es decir en el plano imaginario, lo que en la situación se encontraba simbólicamente latente. Tenemos un ejemplo de ello en el sujeto que intenta por primera vez una relación real con una mujer, pero colocándose en esa posición de experiencia consistente en ir a mostrar de que es capaz. Lo consigue más o menos bien, gracias a la ayuda de la mujer, pero a continuación, sin que nada en el permitiera prever hasta entonces la posibilidad de tales síntomas, se entrega a una exhibición muy singular y muy calculada, consiste en mostrar su sexo al paso de un tren internacional, de modo que nadie puede pescarle con las manos en la mesa.

Su exhibicionismo  es tan sólo la expresión o la proyección en el plano imaginario de algo cuyas repercusiones simbólicas el mismo no había comprendido del todo, a saber, que a fin de cuentas el acto que acababa de realizar no era sino el intento de mostrar – de mostrar que era capaz como cualquier otro de tener una relación normal.

La señora Melitta Schmideberg nos presenta por ejemplo a un hombre casado con una mujer unas dos veces más voluminosa que él, una verdadera pareja a lo Dubout, en la que le correspondía el papel de ubuesca víctima, como un burro de carga. Un buen día, este hombre, que hacía lo que podía en esa situación horrible, se entera de que va a ser padre. Se precipita a un parque publico y empieza a mostrar su órgano a un grupo de jovencitas.

A falta de poder asumir esta paternidad, a falta incluso de creer en ella, ese buen hombre se fue a enseñar al lugar oportuno el equivalente del niño, es decir lo que entonces le quedaba del uso de su falo.




CAPITULO 10
La identificación con el falo



En particular, en lo referente al deseo, partió del deseo perverso. La teoría del amor tal como la había presentado, basada en el hecho de que el sujeto se dirige a la falta que hay en el objeto. Aunque les resultara algo inquietante ver como a la relación sujeto -  objeto se le añade un más allá y una falta. La última vez aporte una complicación suplementaria, con un término situado delante del objeto, o sea el velo, la cortina, el lugar donde se produce la proyección imaginaria. Sobre el velo es donde el fetiche dibuja lo que falta más allá del objeto.

El polo opuesto con respecto al fetichismo, es la función del travestismo.

En el travestismo, el sujeto se identifica con lo que esta detrás del velo, con el objeto al que le falta algo. Los autores lo han visto en el análisis, sin duda, y lo dicen en su lenguaje – el travestido se identifica con la madre fálica, en la medida en que esta, por otra parte, vela la falta de falo.

En todo uso del vestido, hay algo que participa de la función del travestismo. Los vestidos no están hechos tan sólo para esconder lo que se tiene, en el sentido de tener o no tener, sino también para esconder lo que no se tiene. No se trata siempre y esencialmente de esconder el objeto, sino también de esconder la falta de objeto. En el caso de la dialéctica imaginaria,  de algo que demasiado a menudo se olvida, a saber, la presencia y la función de la falta de objeto.

Lo que el sujeto da a ver al mostrarse es algo distinto de lo que muestra.  Alrededor de la escoptofilia o del travestismo, por ejemplo, se agrupan haces de hechos distintos unos de otros en la fenomenología, pero el autor intuye de forma más o menos oscura que están emparentados, tienen algo en común.

Fenichel escribió un articulo en 1949, sobre lo que llama la ecuación Gril = Phallus que como el mismo advierte, no carece de relación con la serie de ecuaciones tan conocidas heces = niño = pene. A pesar de una falta de orientación flagrante que nos deja en todo momento deseosos de alguna lógica que se salve, resulta de los hechos encontrados en el análisis y agrupados por el autor, que el niño puede considerarse igual al falo en el inconsciente del sujeto, especialmente el femenino.

Parte de aspectos bien conocidos en la especificidad fetichista, o cuasi fetichista, de determinadas perversiones, que indican que la niña puede ser interpretada como equivalente del falo del sujeto. Los datos analíticos indican igualmente que la niña – incluso de forma general al niño – puede concebirse a sí misma como un equivalente del falo, manifestarlo a través de su comportamiento, y vivir la relación sexual bajo una modalidad que supone que ella le aporta el falo al partener masculino.

En los cuatros ordenes de relaciones que acabo de trazar, el sujeto no se encuentra de ningún modo en la misma relación con el objeto, ya sea que lo aporte, lo de, lo desee o incluso lo sustituye.

Que la niña pueda ser objeto de predilección por parte de cierto tipo de sujetos, pone de relieve una función que podemos llamar mítica, la cual se desprende tanto de los espejismos perversos como de toda una serie de construcciones literarias que podemos agrupar según los autores, bajo encabezamientos más o menos ilustres.

Aquí se sitúa finalmente la famosa magia que la teoría analítica atribuye siempre de forma tan confusa a la idea de omnipotencia. Como ya les he dicho, la estructura de la omnipotencia no esta, contrariamente a lo que se cree, en el sujeto, sino en la madre, es decir, en el otro primitivo. Quien es omnipotente es el otro. Pero tras esta omnipotencia, se encuentra la falta última de la que se halla suspendida su potencia. En cuanto el sujeto pervive, en el objeto cuya omnipotencia espera, la falta que le hace a el mismo impotente, el mecanismo último de la omnipotencia es remitido más allá, a saber, allí donde algo no existe, en grado máximo. Se trata de lo que, en el objeto, no es sino simbolismo de la falta, fragilidad, pequeñez. Aquí es donde el sujeto acentúa el secreto y el verdadero motor de la omnipotencia. Como ilustración de primer orden que acentúa el sentido de aquel ser mágico más allá del objeto, al cual pueden adherirse toda una serie de fantasmas idealizántes.

El cuento comienza en Nápoles, en una caverna donde el autor se entrega a la evocación del diablo, quien no deja de aparecer tras las acostumbradas formalidades. Se manifiesta entonces en forma de una formidable cabeza de camello, dorada especialmente de grandes orejas, y le dice al autor, con voz más caverna que pueda haber: - ¿qué quieres? Esta interrogación fundamental nos da, de la forma más sobrecogedora, una ilustración del superyó. Pero no es este su único interés, sino que el  mismo ser supuestamente se transforma, una vez concluido el pacto, en un perrito, el cual, mediante una transición que a nadie produce sorpresa, se convierte en un joven encantador, luego en una joven encantadora, y después los dos van entremezclándose hasta el final en una perfecta ambigüedad. Este amado personaje, que tiene un nombre significativo, biondetta, se convierte por un tiempo para el narrador en fuente inesperada de todas las felicidades, cumple todos sus deseos, le procure la satisfacción mágica de todo cuanto pueda desear. Todo esta inmerso mientras tanto en una atmósfera fantasmática, de peligrosa irrealidad, de amenaza permanente, que no deja de teñir todo el entorno. La situación se resuelve finalmente con una súbita ruptura de esta carrera alocada y cada vez más rápida y con la disipación catastrófica del espejismo cuando el sujeto vuelve como es debido al castillo de su madre.

Otra novela, de Latouche, Fragoletta, presenta a un curioso personaje, claramente un travestido, de quien hasta el final no se revela nada, salvo al rector. Se trata de una chica que es un chico y juego un papel funcionalmente análogo a ese que acabo de describirles como el tipo mignon. Hay una serie de detalles, de refinamientos, que dejo de lado. Todo termina en un duelo en el cual el héroe de la novela mata a Fragoletta que se le presenta como chico sin que él la reconozca, demostrándose así la equivalencia de cierto objeto femenino de la Vieliebtheit con el otro como rival. De este mismo otro se trata cuando Hamlet mata al hermano de Ofelia.

Hemos visto aquí en acción a un personaje fetichizado, o hechizado – es la misma palabra, las dos están vinculadas con factico en portugués, origen histórico del término fetiche, que no es sino la palabra facticio. Este ser femenino ambiguo encarna, de algún modo, más allá de la madre, el falo que le falta.

He aquí que nos vemos llevados a plantear la cuestión de lo que subyace a todo esto, perpetuamente cuestionado por esta misma crítica, o sea la noción de identificación.

La noción de identificación está presente en la obra de Freud desde el origen – latente, emergente en todo momento para volver a desaparecer. Encontramos algunas implicaciones en la interpretación de los sueños. Su principal punto de explicación se alcanza en psicología de las masas y análisis del yo, con un capítulo, el VII, expresamente consagrado a la identificación.

Este capítulo tiene la característica de mostrarnos, cómo a menudo ocurre en Freud, y de ahí el valor de su obra, la mayor perplejidad del autor. Freud confiesa su desconcierto, incluso su impotencia para resolver el dilema planteado por la perpetua ambigüedad entre dos términos que precise, la identificación y la elección del objeto. Estos dos términos aparecen en muchos casos como si se sustituyera el uno al otro, con un poder de metamorfosis sumamente desconcertante, de tal forma que la misma transición es imperceptible. Sin embargo, es evidente la necesidad de mantener la distinción entre los dos, puesto que, como dice Freud, no es lo mismo estar del lado del objeto o del lado del sujeto. No es lo mismo que un objeto se convierta en objeto de elección o que se convierta en soporte de la identificación del sujeto.

En el capítulo VIII de psicología de las masas y análisis del yo, después del capítulo sobre la identificación, empieza con una frase  que enseguida nos devuelve a una atmósfera de una pureza distinta, comparada con lo que solemos leer – El uso lingüístico sigue fiel, aún en sus caprichos, una Wirlichkeit, una realidad eficaz cualquiera.

Llegamos al segundo párrafo y nos encontramos con un ejemplo de las malas traducciones francesas de los textos de Freud. Leemos en el texto alemán – al mismo tiempo que esta identificación con el padre tal vez incluso un poco antes – lo que se traduce por un poco más tarde – el niño empieza a orientar hacia su madre sus deseos libidinosos – y con esta traducción, uno puede preguntarse si la identificación con el padre no sería previa.

Se trata del estado de enamoramiento y su relación con la identificación. De acuerdo con el texto de Freud, la identificación es una función más primitiva, más fundamental, en la medida en que comporta una elección de objeto pero una elección de objeto que no obstante requiere una articulación de por si muy problemática, puesto que el análisis freudiano la vincula profundamente con el narcisismo. Para ir tan lejos como sea posible en la dirección en la que Freud lo articula perfectamente, digamos que este objeto es una especie de otro yo en el sujeto. Se trata pues de saber cómo articular la diferencia entre la identificación y el enamoramiento en sus manifestaciones más elevadas, más plenas, conocidas con el nombre de fascinación, sumisión, de Horigkeit, de fácil descripción. Leemos en la traducción francesa – EN EL PRIMER CASO, EL YO SE ENRIQUECE CON LAS CUALIDADES DEL OBJETO, SE LO ASIMILA… cuando simplemente hay que leer lo que decía Ferenczi, o sea que se introyecta. Se trata de la cuestión de las relaciones entre la introyección y la identificación.

En el segundo caso se empobrece, al darse todo entero al objeto, al eclipsarse por completo frente a él, traducen en francés. No es exactamente lo mismo que dice Freud – objeto que ha puesto en el lugar de su elemento más constituyente. Esto se confunde totalmente en la frase francesa, pues no se ve que algo tan articulado pueda traducirse como eclipsarse por completo frente a él.

Freud examina aquí la oposición entre, por una parte, lo que el sujeto introyecta, enriqueciéndose con ello, y por otra parte, lo que le sustrae algo y lo empobrece. En efecto, antes Freud se había dedicado a examinar expresamente lo que ocurre en el estado amoroso, en el cual el sujeto se desprende cada vez más de lo que es suyo, en beneficio del objeto amado. En un arrebato de humildad, cae en una completa sumisión respecto del objeto que ha investido. Este objeto a beneficio del cual se empobrece, es el mismo que pone en el lugar de su elemento constituyente más importante, Bestandteil.

Este es el planteamiento que Freud hace del problema. Prosigue en sentido inverso –porque no nos ahorra sus movimientos, se adelanta y, viendo que no esta completo, desanda lo andado – dice que esta descripción hace surgir oposiciones que, en realidad, no existen, nicht bestehen, desde el punto de vista económico -  Desde el punto de vista económico, no se trata ni de un enriquecimiento ni de un empobrecimiento, puesto que el mismo estado amoroso extremo puede concebirse como una introyección del objeto en el yo.


La siguiente distinción se refiere tal vez a puntos más esenciales – en el caso de la identificación, el objeto se volatiza y desaparece para reaparecer en el yo, el cual experimenta una transformación parcial, de acuerdo con el modelo del objeto desaparecido. En el otro caso, el objeto sustituido se encuentra dotado de todas las cualidades del yo y a sus expensas.

¿Por qué habría de volatilizarse y desaparecer para reaparecer en el yo, tras haber experimentado una transformación parcial de acuerdo con el modelo del objeto desaparecido? Mas vale remitirse al texto alemán – Tal vez lo esencial sea otra distinción. En el caso de la identificación, el objeto ha sido perdido – es una referencia a aquella noción fundamental que se encuentra constantemente desde el principio, la formación del objeto, tal como Freud nos la explica, se basa en la noción fundamental de la perdida del objeto – o abandono. No se trata pues de un objeto que se volatiliza, ni desaparece, porque precisamente no desaparece. Entonces vuelve a erigirse en el yo, y el yo se trasforma parcialmente de acuerdo con el modelo del objeto perdido.

En el otro caso – el de el enamoramiento -  el objeto es conservado, erhalten geblieben, y como tal es sobreinvestigo, uberbesetz, por parte del yo y a sus expensas.

Pero esta distinción a su vez suscita una nueva reflexión: ¿es seguro que la identificación suponga el abandono del investimento del objeto?, ¿no puede haber una identificación con conservación del objeto? Y antes de entrar en esta discusión particularmente espinosa, debemos detenernos también un instante en esta consideración que presentamos, que hay una alternativa que permite concebir la esencia de este estado de cosas, en particular, que el objeto esté situado en el lugar del yo o del yo ideal, del yo o del ideal del yo.

Les propongo lo siguiente – la metáfora subyacente a la introyección es una metáfora oral. Se habla indistintamente de introyección de incorporación, y por lo general se produce un deslizamiento hacia las articulaciones planteadas en la época kleiniana. Se evoca, por ejemplo, la famosa constitución de los objetos primordiales, que se dividen como es debido en buenos y malos. Se habla de la introyección de los objetos, considerados como simples datos presentes en este famoso mundo primitivo sin límite, donde el sujeto formaría un todo con su propia anexión al cuerpo materno. En esta acepción, la introyección se considera una función estrictamente equivalente y simétrica de la proyección.

Observamos, por ejemplo, en la cure de un fetichista impulsos bulímicos manifiestos, correlativos de un momento decisivo en la reducción simbólica del objeto a la que algunas veces nos dedicamos, con mayor o menor éxito, en los perversos. ¿Cómo concebir esta correlación, la evocación en este momento de la pulsión oral?

Así, en el mismo momento en que el sujeto esta progresando en el análisis, es decir, cuando trata de tomar la perspectiva de su fetiche, regresa. Siempre puedes decirlo y nadie te va a contradecir.

Partamos del soporte de la primera relación amorosa, de la madre como objeto de la llamada y, por lo tanto, objeto tan ausente como presente. Una parte de sus dones son signos de amor y, a ese titulo, sólo son esos, es decir que por este mismo hecho quedan anulados en la medida en que son algo muy distintos que signos de amor. Por otra parte, están los objetos de la necesidad, que la madre presenta al niño bajo la forma de su pecho (¿NO VEN USTEDES QUE ENTRE AMBOS LO QUE HAY ES UN EQUILIBRIO Y UNA COMPENSACIÓN?) Cada vez que hay frustración de amor, se compensa mediante la satisfacción de la necesidad. Si el niño llama, si se aferra al pecho y este se convierte en lo más significativo de todo, es porque la madre le falta. Mientras tiene el pecho en la boca y se satisface con el, por una parte el niño no puede ser separado de la madre, y por otra parte, esto le deja alimentado, descansado y satisfecho. La satisfacción de la necesidad es aquí la compensación de la frustración de amor y, al mismo tiempo, casi diría que empieza a convertirse en su coartada.

El valor predominante que adquiere el objeto, en este caso el pecho o la tetina, se basa en esto: un objeto real adquiere su función como parte del objeto de amor, adquiere su significación como simbólico, y la pulsión se dirige al objeto real como parte del objeto simbólico, el objeto se convierte como objeto real en una parte del objeto simbólico. Ahí empieza toda comprensión posible de la absorción oral y de su mecanismo supuestamente regresivo, que puede intervenir en toda relación amorosa. Si un objeto real que satisface una necesidad real ha podido convertirse en  elemento del objeto simbólico, cualquier otro objeto capaz de satisfacer una necesidad real puede ocupar su lugar, y de forma destacada, ese objeto ya simbolizado, pero también perfectamente materializado que es la palabra.

Si la regresión oral al objeto primitivo de devoración acude a compensar la frustración de amor, tal reacción de incorporación proporciona su modelo, su molde, su vorbild, a esa especie de incorporación, la incorporación de determinadas palabras entre otras, que esta en el origen de la formación precoz llamada el superyó. Eso que el sujeto incorpora bajo el nombre de superyó es algo análogo al objeto de necesidad, no porque sea el don, sino como su sustituto cuando este falta, lo cual no es en absoluto lo mismo.

Sobre esta base igualmente, el hecho de poseer o no un pene puede tomar un doble sentido y entrar así por dos vías en un principio muy distintas en la economía imaginaria del sujeto. En primer lugar, el pene puede situar su objeto en un momento dado como sucesor y en el lugar de ese objeto que es el pecho o la tetina. Pero el pene puede entrar de otra forma en la economía imaginaria. Puede hacerlo, no como objeto compensatorio de la frustración, sino precisamente por estar más allá del objeto de amor y por el hecho de faltarle a este último.

Al primero, llamémoslo el pene, que sin embargo es una función imaginaria, pues su incorporación es imaginaria. El otro es el falo en la medida en que le falta a la madre y esta más allá de ella misma y de su potencia de amor.

¿en qué momento descubre el sujeto esta falta? ¿Cuándo y cómo hace este descubrimiento, a partir del cual se vera obligado a suplirlo, es decir, a elegir otra vía para el rencuentro con el objeto de amor que se escabulle, la de aportarle el mismo su propia falta?

Tenemos la estructuración simbólica y la introyección posible, que es propiamente la forma más caracterizada de la identificación freudiana primitiva. Es en un segundo tiempo cuando se produce la Verliebtheit (infatuación). Esta sólo  es concebible, sólo esta articulada, en el registro de la relación narcisista.

Les recuerdo que es en una fecha situable y, necesariamente, no antes del sexto mes, cuando se produce la relación con la imagen del otro, que le proporciona al sujeto la matriz alrededor de la cual se organice para él lo que yo llamaría su vivencia de incompletud. O sea el hecho de que esta en falta. En relación con esta imagen que se presenta como total, y no sólo colma, sino que es fuente de jubilo por la relación específica del hombre con su propia imagen, es como capta que a el puede faltarle algo. En la medida en que lo imaginario entra en juego, y sobre la base de las dos primeras relaciones simbólicas entre el objeto y la madre del niño, puede ponerse de manifiesto que tanto a la madre como a él les puede faltar imaginariamente algo. Es en la relación especular donde el sujeto experimenta y aprehende una falta posible, que más allá puede existir algo que es una falta.

Sólo más allá de la realización narcisista y al empezar a organizarse el vaivén tensional, profundamente agresivo, entre el sujeto y el otro, que irán recubriendo, a medida que cristalizan, las capas sucesivas de lo que constituirá el yo, puede introducirse algo que le revela al sujeto, más allá de lo que el mismo constituye como objeto para la madre, esa forma, que el objeto de amor esta capturado, cautivo, retenido, en algo que el mismo, como objeto, no consigue apagar – a saber, una nostalgia, relacionada con la propia falta del objeto de amor.

Todo esto, en el punto donde nos encontramos, depende del efecto de transmisión en virtud del cual nosotros suponemos – porque la experiencia nos lo impone y Freud lo sostuvo hasta el último momento en sus formulaciones – QUE NINGUNA SATISFACCIÓN MEDIANTE UN OBJETO REAL CUALQUIERA QUE ACUDA A SUPLIRLA CONSIGUE COLMAR JAMÁS LA FALTA EN LA MADRE. Junto a la relación con el niño, sigue habiendo en ella, como un amarre de su inserción imaginaria, la falta de falo. Sólo tras el segundo tiempo de la identificación imaginaria especular con la imagen del cuerpo, que esta en el origen de su yo (moi) y proporciona su matriz, el sujeto puede captar lo que le falta a la madre. La experiencia especular del otro constituyendo una totalidad es una condición previa. Con respecto a esta imagen es como el sujeto ve que puede faltarle algo a él. El sujeto aporta así más allá del objeto de amor esa falta que puede verse llevado a suplir, proponiéndose el mismo como el objeto que la colma.

¿a qué responde esta forma? Lo que ustedes ven dibujarse aquí, es una nueva dimensión y una nueva propiedad de lo que se presenta en el sujeto terminado, en quien están diferenciadas las funciones llamadas superyó, ideal del yo, y yo. Se trata de saber, como muy bien dice Freud al final de su artículo, que es ese objeto que en la Verliebtheit viene a ponerse en el lugar del yo o del ideal del yo.

En lo que les he explicado hasta ahora del narcisismo, he tenido que destacar la formación ideal del yo, sí, eso mismo, la formación del yo como formación ideal, en la medida en que el yo (moi) se aísla a partir del ideal del yo.

¿qué encontramos al final de este capítulo? Este esquema, donde pone los yoes de distintos sujetos.

Se trata de saber por qué los sujetos comulgan con un mismo ideal. Freud nos explica que hay identificación del ideal del yo con objetos que son supuestamente el mismo. Pero, si miramos el esquema, vemos que ha tenido el cuidado de vincular estos tres objetos con un objeto exterior, que se encuentra detrás de todos ellos. ¿no encuentran que esto tiene un parecido chocante con lo que yo les estoy explicando? A propósito del ideal del yo, no se trata tan sólo de un objeto, sino de algo que está más allá del objeto y se refleja, como dice Freud, no pura y simplemente en el yo, que sin duda se resiente de alguna forma y puede empobrecerse, sino en algo que se encuentra en los mismos cimientos del yo, en sus primeras formas, en sus primeras exigencias y, por decirlo todo, el primer velo, algo que se proyecta allí bajo la forma del ideal del yo.

CLASE 11
EL FALO Y LA MADRE INSACIABLE 1957

La frustración, planteemos de entrada, no es la negación de un objeto de satisfacción en el sentido puro y simple. Satisfacción quiere decir satisfacción de una necesidad, no tengo necesidad de insistir en este punto.

El deseo que habría resultado frustrado de esta forma respondería a esa característica tan destacada por Freud desde un principio, a saber, que el deseo es, en el inconsciente, reprimido, indestructible, enigma que precisamente todo el desarrollo de su obra esta destinado a responder.

La frustración de una necesidad acarrea modificaciones diversas, más o menos soportables para el organismo, pero si hay algo evidente y confirmado por la experiencia, es que no engendra el mantenimiento del deseo propiamente dicho. En todo caso, no se impone ninguna coherencia entre la frustración y la permanencia del deseo, o su insistencia.

Además, Freud nunca habla de frustración. Habla de la Versagung, que se inscribe mucho más adecuadamente en la noción de denuncia como se dice denunciar un tratdo o se habla de retractarse de un compromiso.

Digámoslo de una vez, la tríada frustración-agresión-regresión, planteada así, está muy lejos de tener el carácter atrayente de significación inmediatamente comprensible que se le supone. Basta con considerarla un instante para darse cuenta de que en sí misma no es comprensible. Completamente al azar, podría decirles frustración-depresión-contraducción- podría inventar otras. No se trata de preguntarnos ahora por las relaciones de frustración con la regresión. Nunca se ha hecho de forma satisfactoria. Lo que se ha hecho, no digo que sea falso, digo que no es nada satisfactorio, porque en tal caso la propia noción de regresión no está elaborada.

La frustración no es pues denegar un objeto de satisfacción. No obedece a eso. Digamos que, en el origen, la frustración – y no cualquier frustración, sino la utilizable en nuestra dialéctica- sólo es concebible como la negación de un don, en la medida en que el don es símbolo del amor.

En efecto, la ley de las relaciones intersubjetivas gobierna profundamente a aquellos de quienes depende el individuo, implicándole en dicho orden, sea o no consciente de ellos como individuo. Trata de hacer surgir, a partir de als angustias del niño en la oscuridad, la imagen del padre, es un intento desesperado y que sin embargo se hace una y otra vez. El orden de la paternidad de por sí existe, viva o no el niño terrores infantiles, los cuales sólo pueden llegar a tener un sentido articulado en la relación intersubjetiva padre-hijo, profundamente organizada simbólicamente, que forma el contexto subjetivo donde desarrolla el niño su experiencia.

Si hay don, es  sólo porque hay una inmensa circulación de dones que recubre todo el conjunto intersubjetivo. Pues supone todo el orden del intercambio en el que ya ha entrado el niño.

Sobre este fondo, como signo de amor, primero anulado para reaparecer luego como pura presencia, el don se da o no se da al llamar.

Diré más. Hbalo de la llamada porque éste es el primer plano, el primer tiempo, de la palabra, pero acuérdense de lo que les decía cuando hablábamos de la psicosis. Les decía que la llamada es esencial en la palabra. Sería un eeror limitarme a esto, porque la estructura de palabra implica en el otro que el sujeto reciba su propio mensaje en forma invertida. La llamada exige entretarse con su opuesto. Llamar lo localiza. Si la llamada es fundamental fundadora en el orden simbólico, es en la medida en que lo reclamado puede ser rehusado. La llamada es ya una introducción a la palabra completamente comprometida en el orden simbólico.

Digo que toda satisfacción implicada e la frustración lo está sobre el fondo del carácter fundamentalmente decepcionante del orden simbólico. La satisfacción aquí no es más que sucedáneo, compensación. El niño aplasta lo que tiene de decepcionante el juego simbólico mediante la incautación oral del objeto real de satisfacción, en este caso el pecho. Loq ue lo adormece de esta satisfacción es precisamente su decepción, su frustración, el rechazo que puede haber experimentado.

Es el fondo de la relación del sujeto con el par presencia-ausencia, relación con la presencia sobre fondo de ausencia, con la ausencia como constitutiva de la presencia. El niño aplasta con la satisfacción la insatisfacción fundamental de esta relación.

Así, nada tiene de sorprendente para nosotros que sea precisamente en el sueño donde se manifesta la persistencia del deseo en el plano simbólico. Vuelvo a insistir en ello, ni siquiera el deseo del niño está vinculado sólo con la puta y simple satisfacción natural. Vean aquel sueño pretendidamente archisimple que es el sueño infantil, por ejemplo, el de la pequeña Anna Freud, que dice un sueño – Frambuesa, flan. Todos estos objetos son para ella objetos trascendentes. Tanto han entrado en el orden simbólico, que todos ellos son precisamente objetos prohibidos. Nada nos obliga a creer que la pequeña Anna Freud estuviera insatisfecha esa misma noche, al contrario. Lo que se mantiene en el sueño como un deseo, eso sí, expresado sin disfraz alguno, pero con toda la transposición propia del orden simbólico, es el deseo de lo imposible.

Prosigamos con la dialéctica de la frustración y preguntémonos - ¿qué ocurre en el momento en que interviene la satisfacción de la necesidad y sustituye a la satisfacción simbólica?

¿cuál? Como yo les digo que el objeto real adquiere entonces el valor de símbolo. Lo que adquiere carácter y valor simbólico, es la actividad, el modo de aprehensión, que deja al niño en posesión del objeto. La identidad de esta libido - ¿es libido de la conservación o libido sexual? Por supuesto, aspira a la conservación del individuo, lo que también implica la destrudo, puro precisamente, como ha entrado en la dialéctica de la sustitución de la exigencia de amor por la satisfacción, es en verdad una actividad erotizada. Es libido en el sentido propio, y libido sexual.

Recuerda – me gustaría entenderlo, pero ¿qué ocurre si elniño no mama del pecho de su madre, sino que es alimentado con biberón? En cuanto entra en la dialéctica de la frustración el objeto real no es en sí mismo indiferente, epro no tiene ninguna necesidad de ser específico. Lo que desempeña aquí el papel esencial no es el objeto, sino el hecho de que la actividad ha adquirido una función erotizada en el plano del deseo, el cual se ordena en el orden simbólico.

Tanto es así, se lo advierte de paso, que puede que jugando este papel no hay ningún objeto real en absoluto. En efecto, se trata únicamente de lo que da lugar a una satisfacción sustitutiva de la saturación simbólica. Sólo esto puede explicar la verdadera función de un síntoma como el de la anorexia mental. Ya les dije que la anorexia mental no es un no comer, sino un no comer nada. Insisto – eso significa comer nada. Nada, es precisamente algo que existe en el plano simbólico. No es un nicht essen, es un nichts essen.  Se trata, en detalle, de que el  niño come nada, algo muy distinto que una negación de la actividad. Frente a la que tiene delante, es decir, la madre de quein depende, hace uso de esa ausencia que saborea. Gracias a esta nada, consigue que ella dependa de él. Si no captan esto, no pueden entender nada, no sólo de la anorexia mental, sino también de otros síntomas, y cometerán las faltas más graves.

A la inversa y al mismo tiempo, cuando se introduce en lo real el vuelco simbólico de la actividad sustitutiva, la madre, hasta ese momento sujeto de la exigencia simbólica, simplemente el lugar donde podía manifestarse la presencia o la ausencia, se convierte en un ser real, lo que plantea un interrogante sobre la irrealidad de la relación primitiva con la madre. En efecto, como la madre puede rehusar eternamente, lo puede literalmente todo. Como ya les dije, en ella aparecerá por primera vez – y no como lo plantea esa extraña hipótesis de una especie de megalómana que proyecta en el niño algo que sólo existe en la mente del analista – la dimensión de la omnipotencia, la Wirklichkeit, que en alemán identifica omnipotencia con realidad. La eficacia esencial se presenta de entrada como la omnipotencia del ser real de quien depende, de forma absoluta y sin recurso posible, el don o el no don.

No les estoy diciendo, con la señora Melanie Klein, que la madre lo contenga todo. Eso es otro asunto, y sólo lo menciono de paso. Ahora podemos entrever cómo es posible que todos los objetos fantasmáticos primitivos se encuentren reunidos en el inmenso continente del cuerpo materno.

Como acabo de hacer una  rápida alusión a la posición paranoide, tal como la señora Melanie Klein la llama, añadiré que la posición depresiva, que según ella ya se esboza por entonces, podemos sospechar que no carece de relación con la ominipotencia. Es una especie de anonadamiento, una micromanía, lo contrario de la megalomanía. Para que la omnipotencia real engendre en el sujeto un estado depresivo, es necesario además que pueda reflexionar sobre sí mismo, y sobre el contraste de su impotencia. La experiencia clínica permite situar este punto alrededor de ese sexto mes, destado ya por Freud, cuando se produce el fenómeno del estadio del espejo.

Como la forma del dominio la obtiene el sujeto bajo la forma de una totalidad alienada de sí mismo, pero estrechamente vinculada con él y dependiente de él, hay júbilo, pero es muy distinto cuando, una vez recibida ya esta forma, se encuentra con la realidad del amo.

Cuando entra en juego la estructura especular refleja del estadio del espejo, la omnipotencia materna sólo se refleja entonces en posición netamente depresiva, y entonces hay en el niño sentimiento de impotencia.

Aquí puede introducirse lo que mencioné hace un momento cuando les hablaba de la anorexia mental. Podríamos ir algo más deprisa y decir que el único poder a disposición del sujeto contra la omnipotencia, es decir no en el plano de la acción, introduciendo aquí la dimensión del negativismo, algo que no carece de relación con el momento que estoy considerando. No obstante, diría yo, ténganlo en cuenta, la experiencia nos muestra, y con razón, que la resistencia a la omnipotencia no se elabora en el plano de la acción bajo la forma del negativismo, sino en el del objeto, que se nos ha revelado bajo el signo de la nada. Con este objeto anulado, en cuanto simbólico, el niño pone trabas a su dependencia, y precisamente alimentándose de nada. Aquí invierte su relación de dependencia, haciéndose por este medio, él, que depende de esa omnipotencia ávida de hacerle vivir, su amo. Así es ella quien depende por su deseo, ella quien está a su merced, a merced de las manifestaciones de su capricho, a merced de su omnipotencia, la de él.

En consecuencia, nos es muy necesario sostener, en neustro fuero interno, que el orden simbólico es, por así decirlo, el lecho necesario para que pueda entrar en juego la primera relación imaginaria sobre la cual se produce el juego de la proyección y de su contrario.

Para ilustrar esto ahora en términos psiclógicos – pero es una degradación respecto de esta primera exposición que acabo de hacerles-, la intencionalidad de amor constituye muy precozmente, antes de cualquier más allá del objeto, un estructuración fundamentalmente simbólica, imposible de concebir sin plantear que el propio orden simbólico esta ya instituido y presente. La experiencia nos lo demuestra. Como la señora Susan Isaacs nos hizo observar hace ya mucho tiempo, desde una edad muy precoz un niño distingue un castigo de un maltrato arbitrario. Incluso antes de hablar, un niño no reacciona de la misma forma ante un golpe que ante una bofetada.

En lo que yo les estoy enseñando no se trata en absoluto de esto. Como lo demuestra lo que Freud destaca en la manifestación del niño, el grito en cuestión no se toma como señal. Se trata del grito en la medida en que reclama una respuesta, que llama, diría yo, sobre un fondo de respuesta. El grito se produce en un estado de cosas ene l cual no sólo el luenguaje ya está instituido para el niño, sino que este nada en un medio de lenguaje y se apodera de sus primeras migajas, las articula, como par de alternancia.

El Fort-Da es aquí esencial. El grito que tenemos en cuenta en la frusración se inserta en un mundo sincrónico de gritos organizados como sistema simbólico. Es falso, falaz y erróneo plantear la cuestión del signo cuando se trata del sistema simbólico. Desde el origen, el grito está ahí para que se levante acta de él, incluso para que además haya que rendir cuentas a otro. Desde el origen, el niño se nutre de palabras tanto como de pan, y muere de ellas. Como ya deben haber visto – más exactamente, no lo han visto, pero he de insistir para dar este tema por concluido – el término de regresión puede tener aquí una incidencia que no es la que ordinariamente se pone de manifesto.

El término de regresión es aplicable a lo que ocurre cuando el objeto real, junto con la actividad dirigida a hacerse con él, sustituye a la exigencia simbólica. El hecho de que el niño aplaste su decepción saturándose y saciándose con el pecho, o con cualquier otro objeto, le permitirá entrar en la necesidad del mecanismo que hace que a una frustración simbólica pueda sucederle siempre la regresión.

Podríamos contentarnos con decir, pero resultaría artificial, que desde la apertura que enceuntra el significante con la entrada de lo imaginario, todo anda solo. En efecto, todas las relaciones con el cuerpo propio establecidas a través de la relación especular, todas las pertenencias del cuerpo, entran en juego y quedan transformadas por su advenimiento al significante.

Que la retención pueda convertirse en rechazo, tampoco debe sorprender a nadie. En suma, los refinamientos y la riqueza de los fenómenos que la experiencia analítica ha descubierto en el simbolismo anal no tiene porque entretenernos por más tiempo.

Si les he hablado de un jump, es porque ahora se trata de ver cómo, en la dialéctica de la frustración, se introduce el falo.

CLASE 12

DEL COMPLEJO DE EDIPO

El niño no está sólo. No solamente no está sólo por su entorno biológico, sino que hay también un entorno mucho ma´s importante, a saber, el medio legal, el orden simbólico. Son las particularidades del orden simbólico, lo señalé de paso, las que por ejemplo dan el predominio a ese elemento de lo imaginario llamado el falo.

Desde el principio señalamos el carácter ejemplar de estos dos objetos, el objeto fetiche y el objeto fóbico.

¿De qué se trata al final de la fase preedípica y en los albores del Edipo? Se trata de que el niño asuma el falo como significante, y de una forma que haga de él instrumento del orden simbólico de los intercambios, rector de la constitución de los linajes. Se trata en suma de que se enfrente al orden que ahce de la función del padre la clave del drama.

El padre ¿cómo ha llegado a estar esta función en el centro de la organización simbólica?

En efecto, desde el primer año en nuestro seminarios aprendimos a distinguir la incidencia paterna en el conflicto, bajo el encabezamiento triple del padre simbólico, el padre imaginario y el padre real.

¿De qué se trata a fin de cuentas en el Edipo?. Se trata de que el sujeto se encuentre él mismo capturado en esa trampa de forma que se comprometa en el orden existente, de una dimensión distinta que la trampa psicológica que fue su vía de entrada.

No basta con que conduzca al sujeto a una elección objetal, sino que además la elección debe ser heterosexual. Nuestra experiencia nos enseña también que no basta con ser heterosexual para serlo de acuerdo con las reglas, y hay toda clase de formas de heterosexualidad aperente. La relación francamente heterosexual analítica nos mostrará que se derive de una posición fracamente homosexualizada. Por lo tanto, no basta con que el sujeto alcance la heterosexualidad tras el Edipo, sino que el sujeto, niño o niña, ha de alcazarla de forma que se situe correctamente con respecto a la función del padre. Este es el centro de toda la problemática del Edipo.

Freud lo articula expresamente en su artículo de 1931 sobre la sexualidad femenina. En efecto, Freud descubrió el Edipo antes que lo preedípico - ¿Cómo iba a ser de otra manera? Sólo podemos hablar de una mayor simplicidad de la posición femenina en el desarrollo que calificamos de preedípico, porque sabemos por adelantado que ha de alcanzar la estructura del complejo del Edipo.

La niña ha situado el falo, en el imaginario, en el más allá de la madre. La cuestión es entonces en su caso el deslizamiento de este falo de lo imaginario a lo real. Esto es sin duda lo que Freud nos explica cuando habla de esa nostalgia del falo originario que empieza a producirse en la pequeña a nivel imaginario, en la referencia especular al semejante, otra niña u otro niño – y nos dice que el hijo será el sustituto del falo.

He aquí por que razón, si la niña entra en el Edipo, nos dice Freud, lo hace por su relación con el falo, y como pueden ver de una forma simple. Luego el falo sólo tendrá que deslizarse de lo imaginario a lo real por una especie de equivalencia. Así la niña ya queda suficientemente introducida en el Edipo.

El Edipo es esencialmente androcéntrico o patrocéntrico. Esta dimetría reclama toda clase de consideraciones cuasi históricas que pueden hacernos reparar en la razón de este predominio  en el plano solciológico, etnográfico. El descubrimiento freudiano, que permite analizar la experiencia subjetiva, nos muestra a la mujer en una posición que es, por así decirlo – ya que he hablado de ordenamiento, de orden o de ordenación simbólica -, subordinada. El padre es para ella de entrada objeto de su amor – es decir, objeto del sentimiento dirigido al elemento de falta en el objeto, porque a través de esta falta es como se ha visto conducida hasta ese objeto que es el padre. Este objeto de amor se convierte luego en dador del objeto de satisfacción, el objeto de la relación natural del alumbramiento. Luego, sólo se requiere un poco de paciencia para que el padre sea sustituido al fin por alguien que desempeñará exactamente el mismo papel, el papel de un padre, dándole efectivamente un hijo.

En el caso del chico, la función del Edipo parece mucho más claramente destinada a permitir la identificación del sujeto con su propio sexo, que se prodece, en suma, en la relación ideal, imaginaria, con el padre. Pero no es esta la verdadera meta del Edipo, sino la situación adecuada del sujeto con respecto a la función del padre, es decir, que el mismo accede un día a esa posición tan problemática y paradójica de ser un padre. Ahora bien, este acceso presenta por otra parte un montón de dificultades.

Toda la interrogación freudiana – no sólo en su doctrina, sino en la experiencia del propio sujeto Freud, que podemos seguir a través de la confidencias que nos hizo, a través de sus sueños y el progreso de su pensamiento, todo lo que ahora sabemos de su vida, de sus costumbres, incluso de sus actitudes en su familia, contada por el señor Jones de una forma más o menos completa, pero cierta – toda ella se resume a esto: ¿qué es ser un padre?

Este fue para él problema centra, el punto fecundo que orientó verdaderamente toda su enseñanza.

Observen que si eso es un problema para todo neurótico, lo es también para todo no neurótico durante su experiencia infantil- ¿qué es un padre?- si es ceirto que para cada hombre el acceso a la posición paterna es toda una búsqueda, no es impensable decirse que en verdad, al fin y al cabo, nadie lo ha sido nunca por entero.

Caso Juanito:

La observación de Juanito es un mare magnum. Con razón, de los Cinco análisis, es el que dejé en último lugar en el trabajo de comentario que estoy llevando a cabo.

Si seguimos a Freud al pie de la letra, las preguntas que se plantea Juanito se refieren no sólo a su propio  hacepipi, sino a los de los seres vivos, en particular los que son más grandes que él.

Ya han visto las pertinentes observaciones que pueden hacerse con respecto al orden de las preguntas planteadas por un niño. Por orden, Juanito le plantea la pregunta primero a su madre - ¿tú también tienes un hacepipí? Ya hablaremos de lo que le responde su madre. Entonces Juanito suelta – sí, sólo había pensado…, o sea que precisamente ha estado cavilando un montón de cosas. A continuación vuelve a plantearle la misma pregunta al padre, luego se alegra de haber visto el hacepipí del león, no del todo por casualidad, y entonces, o sea antes de la aparición de la fobia, Juanito observa claramente que, si su madre tiene ese hacepipí, como en efecto ella afirma no sin alguna imprudencia, en su opinión eso se tendría que ver. Y en efecto, una noche, poco tiempo después de este interrogatorio, la espía mientras se desnuda y le dice que si lo tuviera, habría de ser tan grande como el de un caballo.




CLASE 13
EL COMPLEJO DE CASTRACIÓN
Marzo 1957

La castración está por todas partes en la obra de Freud, igual que el complejo de Edipo. Sin embargo, en uno y otro caso es distinto.

El complejo de Edipo está presente en el pensamiento de Freud desde el principio, sólo tardíamente, en su artículo de 1924 consagrado a un tema completamente nuevo, Der Untergang des odipuskomplexes, trata de articular plenamente su fórmula. Inlcuso podemos pensar que el gran problema personal del que partió es este: ¿qué es un padre?

En cuanto a la castración, no se encuentra nada parecido. Cuando la última vez empecé a abordar el problema haciendo surgir la castración de debajo de la frustración y el juego fálico imaginario con la madre, a muchos de ustedes, aunque entendieron el esquema que hice de la pinterveneción del padre, de su personaje puramente simbólico en los sueños, se quedaron con algún interrogante en cuanto a la castración. ¿qué es esta castración? En suma, para que el sujeto alcance la madurez genital, ha de haber sido castrado. ¿qué significa esto?.

Castración es el signo del drama del Edipo, además de su eje implícito. Aunque no esté articulado así en ninguna parte, está literalmente implicado por todas las obras de Freud.

Critica a Jones: Se trata de la afanisis, que en griego significa desaparición. Según su perspectiva, el temor de la castración no puede depender del accidente, de la contingencia de las amenazas que, sin embargo, tan a menudo se producen en la historia de los sujetos, expresadas en el enunciado parental bien conocido – vendrá alguien a cortarte eso. Lo que llama la atención de los distintos autores, no es sólo la vertiente paradójicamente motivada, no enraizada en una constante necesaria de la relación interindividual, de esta amenaza, sino la dificultad que supone integrar en su forma positiva el propio manejo de la castración, articulada por Freud, sin embargo, claramente como una amenaza referida al pene, al falo. Esto es lo que llevó a Jones a destacar la noción de afanisis.

En efecto, la afanisis es la desaparición, pero ¿de qué? Para Jones, es la desaparición del deseo. La afanisis, que sustituye a la castración, es el temor por parte del sujeto de ver extinguirse en él el deseo.

¿es concebible que sea esta la fuente de una angustia primordial? Sino también vincular con esta frustración la aprehensión de un agotamiento del deseo.

¿Es concebible que sea esta la fuente de una angustia primordial? Sino también vincular con esta frustración la aprehensión de un agotamiento del deseo.

Jones trató de articular toda su génesis del Super-ego, considerado como la formación a la que conduce normalmente el complejo de Edipo, alrededor de la noción de privación, por cuanto esta suscita el temor a la aganisis.

La propia noción de privación, tan sensible y visible en una experiencia como esta, implica la simbolización del objeto en lo real. Ya que en lo real, nada está privado de nada. Todo lo que es real se basta a sí mismo. Por definición, lo real es leno. Si introducimos en lo real la noción de privación, es porque ya lo hemos simbolizado suficientemente, incluso plenamente. Indicar que algo no está, es suponer posible su presencia, o sea introducir en lo real, para recubrirlo y ara excavarlo, el simple orden simbólico.

En el momento y al nivel en el que hablamos de privación, es un objeto que se nos presenta en el estado simbólico. En cuanto a la castración, en la medida en que resulta eficaz, en la medida en que se experimenta y está presente en la génesis de una neurosis, se refiere, como lo indica el orden necesario de la tabla, a un obeto imaginario. Ninguna castración de las que están en juego en la incidencia de una neurosis es jamás una castración real. Sólo entra en juego operando en el sujeto bajo la forma de una acción referida al objeto imaginario.

El problema consiste precisamente en concebir por que, por efecto de que necesidad, se introduce la castración en el desarrollo típico del sujeto.

Emezaremos pues de nuevo, como la otra vez, por la relación originaria del sueto con la madre, en la etapa calificada de preedípica. La necesidad del fenómeno de castración, simboliza una deuda o un castigo simbólico y se inscribe en la cadena simbólica. DETRÁS DE LA MADRE SIMBÓLICA ESTÁ EL PADRE SIMBÓLICO.

Por su parte, el padre simbólico es una necesidad de la construcción simbólica, trascendente, que, sólo se alcanza mediante una construcción mítica. A menudo he insistido en el ehcho de que el padre simbólico, a fin de cuentas, no está representado en ninguna parte.

Tenemos ahora en nuestra tabla el padre real y el padre imaginario. Si el padre simbólico es el significante del que nunca se puede hablar sin tener presente al mismo tiempo su necesidad y su carácter, que debemos aceptar por lo tanto como un hecho irreductible del mundo del significante, el padre imaginario y el padre real son dos términos que nos plantean muchas menos dificultades.

En cuanto al padre imaginario, es con él con quien siempre nos encontramos. A él se refiere muy a menudo toda la dialéctica, la de la agresividad, la de la identificación, la de la idealización por la que el sujeto accede a la identificación con el padre. Todo esto se produce al nivel del padre imaginario. Si lo llamamos imaginario, es también porque está integrado en la relación imaginaria que constituye el soporte psicológico de las relaciones con el semejante que son hablando con propiedad relaciones de especies, se encuentra en el fondo de toda captura libidinal y de toda erección agresiva. El padre imaginario también participa de este registro y presenta características típicas. Es el padre terrorífico que reconocemos en el fondo de tantas experienciaqs neuróticas, y no tiene en absoluto, obligatoriamente, relación alguna con el padre real del niño. Vemos intervenir frecuentemente en los fantasmas del niño a una figura del padre, y también de la madre, que, con todos su aspavimientos, sólo tiene una relación extremadamente lejana con lo que ha estado efectivamente presente en el padre real del niño, únicamente está vinculada con la función desemeñada por el padre imaginario en un momento del desarrollo.

El padre real es algo muy distinto, que el niño muy difícilmente ha captado, debido a la interposición de los fantasmas y la necesidad de la relación simbólica. Si hay algo en la base de la experiencia analítica en su conjunto, es que tenemos enormes dificultades para captar lo más real de todo l oque nos rodea, es decir, los seres humanos talees como son. Toda la dificultad, tanto del desarrollo psíquico como, simplemente, de la vida cotidiana, consiste en saber con quien estamos tratando realmente.

Les ruego por lo tanto que de momento acepten algo que tal vez les aprezca paradójico a primera vista en esta tabla, a saber, que contrariamente a la función quien le conferimos la función destacada en el complejo de castración.

¿por qué esta castración? ¿por qué esta extraña forma de intervención en la economía del sujeto que se llama la castración? En sí mismo es algo chocante.

Pero en lo que a la castración se refiere, no se trata de ningún modo de fantasmatizarlo todo, como se hizo con la escena de seducción primitiva. Si la castración merece efectivamente ser distinguida con un nombre en la historia del sujeto, siempre está vinculada con la incidencia, con la intervención, del padre real. También puede estar profundamente marcada, y profundamente desequilibrada, por la ausencia del padre real. Esta atipia, cuando se da, exige la sustitución del padre real por alguna otra cosa, lo que es profundamente neurotizante.

Juanito, a partir de los cuatro años y medio, hace lo que se llama una fobia, es decir, una neurosis.

Por otra parte, no puede decirse que Juanito esté frustrado de algo.

Tal como se ve al principio de la observación, Juanito, hijo único, es la mar de feliz. No ha tenido que esperar a que apareciera la fobia para contar con las atenciones de su padre, y también es objeto de los más tiernos cuidados por parte de su madre, tan tiernos incluso que todo se lo permiten. Se requiere sin duda la sublime serenidad de Freud para aprobar la acción de la madre, cuando hoy día se le fulminarían todos los anatemas, por admitir a Juanito cada mañana en el lecho conyugal, como tercero, y esto contra las expresas reservas del padre y esposo.

No está frustrado de nada, este Juanito, en verdad, no está privado de nada. De todos modos vemos, al principio de la observación, que su madre ha llegado a prohibirle la masturbación y ha pronunciado las palabras fatales – Si te masturbas, haremos venir al Doctor A. y te lo cortará. Freud no piensa ni por un instante en relacionar este momento con nada decisivo con respecto a la aparición de la fobia. El niño escucha la amenaza, yo diría casi, de la forma conveniente. Como verán, a posteriori acaba resultando que a un niño no se le puede decir nada más, y esto precisamente le servirá como material para construir lo que necesita, es decir, el cmplejo de castración. Pero la cuestión es precisamente saber por que lo necesita.

Para empezar, les recordaré la situación fundamental que prevalece en lo referente al falo en la relación preedípica del niño con la madre.

La madre es aquí objeto de amor, objeto deseado en cuanto a su presencia. Esta presencia se articula muy rápidamente en el par presencia- ausencia que es nuestro unto de partida. La madre existe, sin que ello suponga aún la existencia de un yo y un no yo.

La madre existe como objeto simbólico y como objeto de amor. La madre es de entrada madre simbólica y sólo tras la crisis de la frustración empieza a realizarse, debido a cierto número de choques y particularidades surgidas en las relaciones entre la madre y el niño. La madre objeto de amor puede ser en cualquier momento la madre real en la medida en que frustra ese amor.

La relación del niño con la madre, que es una relación de amor, abre la puerta a lo que se llama habituralmente, a falta de saber articularlo, la relación indiferenciada primordial. De hecho, ¿qué ocurre fundamentalmente en la primera etapa concreta de la relación de amor, fondo sobre el cual tiene o no lugar la satisfacción del niño, con la significación que comporta?

Esta es una de las experiencias fundamentales del niño, saber si su presencia gobierna, por poco que sea, la de la presencia que necesita, si el mismo aporta la luz que hace que dicha presencia este ahí para envolverle, si él le aporta una satisfacción de amor. En suma, ser amado, giliebt werden, es fundamental para el niño. La pregunta que los hechos nos plantean es como capta el niño lo que él es para la madre. La pregunta que los hechos nos plantean es como capta el niño lo que él es para la madre.

De las contingencias de la historia, es decir, de la presencia o de la ausencia del otro niño. Es el ehcho de que, en grado distinto en cada sujeto, la madre conserva el penishneid.

No al mismo nivel. Si elegí partir de determinado punto para llegar a determinado punto, partir de la etapa preedípica para llegar al Edipo y al complejo de castración, es porque debemos considerar el Penisneid como uno de los datos fundamentales de la experiencia analítica y como un término de referencia constante en la relación de la madre con el niño. La experiencia demuestra que no hay forma de articular de otro modo las perversiones. En la relación con la madre el niño siente el falo como centro de su deseo, el de ella. Y el mismo se sitúa entonces en distintas posiciones por las cuales se ve llevado a mantener este deseo de la madre, es decir, exactamente camelándola.

A esto apuntaba la articulación de aquella lección a la que me referí hace un momento. El niño se presenta a la madre como si él mismo le ofreciera el falo, en posiciones y grados diversos. Puede identificarse con la madre, identificarse con el falo, identificarse con la madre como portadora del falo, o presentarse como portador de falo. Hay aquí un alto grado, no de abstracción, sino de generalización de la relación imaginaria que llamo tramposa, mediante la cual el niño le asegura a la madre que puede colmarla, no sólo como niño, sino también en cuanto al deseo, y por decirlo todo, en cuanto a lo que le falta.

Las notas del padre, sobre lo que ha observado en el desarrollo del niño hasta la hora H del inicio de la fobia, dan fe de ello. Nos informan de que Juanito está fantaseando el falo constantemente, preguntándole a su madre sobre la presencia del falo en ella, luego en el padre, luego en los animales.

¿qué es lo que cambia, si no ocurre nada crítico con la vida de Juanito? Lo que cambia, es que su pene, el suyo, empieza a convertise en algo muy real. Su pene empieza a moverse y el niño empieza a masturbarse. Entonces, podemos preguntarnos si no hay una relación entre este hecho y lo que surge en ese momento, es decir la angustia.

¿cómo concebir la angustia? Pregunta que, como ustedes saben, es permanente a lo largo de toda la obra de Freud. No voy a resumirles en una frase todo el camino recorrido por Freud, pero sí les indicaré que, como mecanismo, la angustia siempre esta ahí presente en las distintas etapas de su observación,y la doctrina viene luego.

La angustia, en esa relación tan extraordinariamente evanescente en la que se nos manifiesta, surge en cada ocasión cuando el sueto se encuentra, aunque sea de forma insensible, despegado de su existencia, cuando se ve a sí mismo a punto de quedar capturado de nuevo en algo que, según los casos, llamaremos la imagen del otro, tentación, etc. En resumen, la angustia es correlativa del momento de suspensión del sueto, en un tiempo en el que ya no sabe donde está, hacia un tiempo en el que va a ser algo en lo que ya nunca podrá reconocerse. Es esto, la angustia. Aquel juego en el que se es lo que no se es, se es para la madre todo lo que la madre quiere. Todo esto depende, a fin de cuentas, de lo que el niño es realmente para la madre. El niño trata de deslizarse, de integrarse en lo que es para el amor de la madre. Pero en cuanto interviene su pulsión, su pene real, se evidencia ese despegue del que hablaba hace un momento. Confrontado con la inmensa hiancia que hay entre cumplir con una imagen y tener algo real que ofrecer.

Se convierte en elemento pasivizado de un juego que le deja a merced de la significación del otro.

El último año se lo indiqué – precisamente en este punto es donde entronca el origen de la paranoia. En cuanto el juego se convierte en serio, sin dejar de ser un juego tramposo, el niño queda completamente pendiente de las indicaciones de su partner. En la medida en que la situación prosigue, es decir que no interviene, por la Verwerfung que lo deja al margen, el término del padre simbólico, cuya necesidad comprobaremos en lo concreto, el niño se encuentra en una particularísima situación, a merced de la mirada del otro, de su ojo. Pero dejemos estar al futuro paranoico. Para el que no lo es, la situación literalmente no tiene salida, salvo la salida llamada el complejo de castración.

El complejo de castración traslada al plano puramente imaginario todo lo que está en juego en relación con el falo. Precisamente por este motivo conviene que el pene real quede al margen. La intervención del padre introduce aquí el orden simbólico con sus defensas, el reino de la ley, o sea que el asunto ya no está en manos del niño y, al mismo tiempo, se resuelve en otra parte. Con el padre no hay forma de ganar, salvo que se acepte tal cual es el reparto de papeles. El orden simbólico interviene precisamente en el plano imaginario. La castración afecta al falo imaginario pero de algún modo fuera de la pareja real, y eso tiene su razón de ser.

¿a qué se enfrenta Juanito? Está metido en el punto de encuentro entre la pulsión real y el juego imaginario del señuelo, y esto en relación con su madre. ¿qué se produce entonces, dado que hay una neurosis? No les sorprenderá saber que se produce una regresión.

En este caso en el cual el niño es el centro, la regresión se produce cuando ya no alcanza a dar lo que hay que dar, y su insuficiencia le produce el más profundo desasosiego. Que lleva al niño a apoderarse del seno para dar por cerrados todos los problemas, es decir, la hiancia abierta frente a él, la de ser  devorado por la madre. Todo caballo objeto de la fobia es sin duda también un caballo que muerde. El tema de la devoración siemre puede encontrarse por algún lado en la estructura de la fobia.

Si hay algo cierto, es que los obetos de la fobia, que son en particular animales, se distinguen de entrada para el observador más superficial por este rasgo, el de ser objetos pertenecientes en su esencia al orden simbólico. Estos objetos se toman prestados de una categoría de significantes homogéneos, de la misma naturaleza, que los que hallamos en la heráldica. No es otro el motivo de la analogía entre el padre y el tótem, en la construcción de Totem y Tabú. En efecto, estos objetos tienen una función muy especial, que es la de suplir al significante del padre smbólico.

Verán que se trata de una fobia, si duda, pero, por así decirlo, una fobia en marcha. Los padres van detrás de ella desde el primer momento,  y el padre sigue ahí hasta el final.

En la etapa inicial, vemos a Juanita dar rienda suelta a toda clase de imaginaciones, extraordinariamente noveladas, sobre sus relaciones con los niños que adopta como propios. Es que así prolonga el juego tramposo con la madre. Y si está a sus anchas, es porque el mismo se inscribe en este juego en una posición que mezcla la identificación con la madre, pues se trata de adoptar niños, con todas las formas de relación amorosa, cómodamente desarrolladas en el plano de la ficción.

Este episodio contrastada con lo que ocurre tras las intervención del padre. Presionado por el interrogatorio analítico de su adre, más o menos dirigido, Juanito se entrega a una especie de novela fantástica en la que reconstruye la presencia de su hermanita, años antes de que naciera, en una caja, en el coche, encima de los caballos. En suma, pone de manifiesto la gran coherencia entre lo que llamaré la orgía imaginaria durante el análisis y la intervención del padre real.


CLASE 14
EL SIGNIFICANTE EN LO REAL.


…Un detalle que nunca ha sido comentado, signo de la estructura subyacente de la relación del niño con la madre tal como se la he planteado a ustedes, que permite concebir la llegada de la crisis por la intervención del pene real. El niño sueña que esta con mariedl, una de sus amiguitas, a quien ve durante el verano en una estación de Austria, en Gmunden, y entonces cuenta su sueño. Luego, cuando el padre le cuenta el sueño a la madre en su presencia y dice que Juanito ha soñado que estaba con la niña, el le hace una rectificación preciosa – no solamente con mariedl, completamente sólo con Mariel, ganz allein mit der mariedl. Como muchos otros elementos que pululan en las observaciones, este es desechado alegando que son cosas de niños, pero tal réplica tiene su importancia. Freud lo dice claramente, todo tiene significación. Esta réplica únicamente es concebible en la dialéctica imaginaria que, como les he mostrado, era la situación de partida de las relaciones del niño con la madre. En efecto, esto se produce cuando Juanito tiene tres años y nueve meses, y hace tres meses que ha nacido su hermanita. No sólo completamente solo, sino completamente  sólo con- es decir que se puede esta con ella totalmente solo, sin tener, como ocurre con la madre, a esa intrusa. Si no dudo en resaltar este completamente sólo con, es porque parto de que, sea cual sea la situación real, el niño nunca está sólo con la madre.

El niño no interviene sino como sustituto, como compensación, en suma, en una referencia, sea cual sea, a lo que le falta esencialmente a la mujer. Por eso no está nunca completamente solo, ganz allein, con la madre. La madre se sitúa, y así va conociéndola poco a poco el niño, como marcada por esa falta fundamental que ella misma trata de colmar, y con respecto a la cual el niño le aposta tan sólo una satisfacción que podemos llamar, provisionalmente, sustitutiva.

Sobre esta base se concibe toda nueva hiancia de cualquier clase, toda reapertura de la pregunta y, especialmente, la que surge con la maduración genital real, es decir, en el niño, con la introducción de la masturbación, cuando entra en juego el goce real con su propio pene real. No hay forma de entender nada, salvo en base a esta constelación partida, en la que se introducen los elementos críticos cuyos resultados diversos constituyen un complejo de Edipo con una resolución normal. El complejo de Edipo no es nunca de por sí el principio de una neurosis o una perversión, como les enseñan habitualmente, abordándolo de forma más o menos negativizada.

La situación entre la madre y el niño supone que este ha de describir aquella dimensión, el deseo de algo más allá de él mismo por parte de la madre, es decir, más allá del objeto de placer que sienteque es para la madre, en primer lugar, y que aspira a ser. Esta situación, como toda situación analítica, debe concebirse, esto es lo que yo les enseño, dentro de una referencia intersubetiva. La dimensión original de cada sujeto es siempre correlativa de la realidad de la perspectiva intersubjetiva, tal como está arraigada en cada sujeto. Ahora bien, en toda situación intersubjetiva tal como se establece entre la madre y el niño, debemos plantearnos una pregunta previa, que probablemente sólo se resolverá al final.

Qué articulan una división principal del abordaje significante de cualquier realidad por parte de un sujeto – metáfora y la metonimia.

En efecto, eso que resulta tan gráfico en la función de sustitución no quiere decir nada. Sustitución, es fácil decirlo, pero traten de sustituir un trozo de pan por una piedra, póngansela al elefante en la trompa, y verán como no se lo toma nada bien. No se trata de sustitución real, sino de sustitución significante, y de saber qué significa. En suma, se trata de saber cual es la función del niño para la madre, con respecto a ese falo que es el objeto de su deseo. La cuestión previa es - ¿metáfora o metonimia? No es en absoluto lo mismo si el niño es, por ejemplo, la metáfora de su amor por el padre, o si es la metnomia de su deseo del falo, que no tiene y que no tendrá nunca.

En el caso Juanito no se ve ya que Juanito es para la madre la metonimia del falo?

Así, como ven, decir que el niño es tomado como una metonimia del deseo del falo de la madre no significa que sea metonímico como falóforo – implica, por el contrario, que es metonímico como totalidad. Ahí empieza el drama. Para él todo estaría muy bien si se tratara de su wiwimacher, pero no se trata de eso, lo que está en juego es él mismo, todo entero, y la diferencia empieza a plantearse muy seriamente en cuanto interviene el wiwimacher real, convertido para Juanito en un objeto de satisfacción. En ese momento, empieza a producirse lo que se llama la angustia, debido a esto, a que puede medir la diferencia existente entre aquello por lo que es amado y lo que él puede dar.

Dada la posición de original del niño respecto de la madre, ¿Qué puede hacer? Está ahí para ser objeto de palcer. Se encuentra por lo tanto en una relación en la que fundamentalmente es imaginaria y su estado es de pura pasividad. Si no vemos aquí la raíz de esa pasivización primordial, no podemos comprender nada de la observación del hombre de los lobos. Lo mejor que puede hacer el niño en la situación en que se ecuentra, prendido en la captura imaginaria, en la trampa donde se introduce para ser el objeto de la madre, es ir más allá de ese punto y darse cuenta poco a poco, por así decirlo, de lo que él es en verdad. Como es imaginado, lo mejor que puede hacer es imaginarse tal como es imaginado, o sea, por así decirlo, pasar a la voz media. Pero desde el momento en que existe también como real, no tiene remedio. Entonces se imaginará como fundamentalmente distinto de lo deseado y, en esta medida, expulsado del campo imaginario donde, or el lugar que él ocupaba, la madre podía encontrar la forma de satisfacerse.

Sus angustias se manifiestan cuando está separado de su madre y en compañía de alguna otra persona. Como Freud subraya, estas angustias aparecen al principio y el sentimiento de angustia se distingue de la fobia. Pero ¿qué es una fobia? No es tan fácil de entenderlo.

Por supuesto, podemos saltar alegremente y decir que la fobia es en todo esto el elemento representativo. Me parece muy bien, pero ¿qué nos aporta esto? ¿por qué una representación tan singular? ¿y qué papel desempeña?

Otra trampa consiste en decirse que tendrá alguna finalidad, que la fobia ha de servir para algo. ¿y por qué habría de servir para algo? ¿no habrá también cosas que no sirven para nada? ¿por qué zanjar la cuestión de antemano deciendo que la fobia sirve para algo? ¿y si precisamente no sirve para nada? Si no se hubiera presentado, todo hubiera ido igualmente bien.

¿cuál es la estructura de la fobia de Juanito? Esto nos proporcionará tal vez alguna nociones sobre la estructura general de una fobia.

Si de algo no cabe duda, es de la diferencia radical entre los dos sentimientos, el sentimiento de miedo y el sentimiento de angustia, el cual aparece cuando el niño se siente de pronto cmo algo que podría quedar completamente fuera de juego.

¿qué ocurre a partir del momento en que la fobia interviene en su existencia? Lo cierto es que ante los caballos de angustia, angstpferde, y a pesar del matiz que aporta esta palabra, no experimenta angustia, sino miedo. El niño teme que ocurra algo real, dos cosas, nos dice – que los caballos muerdan, que los caballos se caigan. Los caballos surgen de la angustia, pero lo que traen es el miedo. El miedo se refiere siempre a algo articulable, nombrable, real – esos caballos pueden morder, pueden caer, tienen muchas más propiedades todavía.

También es posible que lleven la marca de la angustia. Lo borroso, la mancha negra, tal vez tenga cierta relación con ella, como si los caballos recubrieran algo que aparece por debajo y cuya luz ve por detrás, a saber, esa negrura que empieza a flotar. Pero lo que vive Juanito, lo que hay en él, es el miedo. ¿miedo a qué? No miedo al caballo, sino a los caballos, de forma que a partir de la fobia el mundo se le aparece puntuado por toda una serie de puntos peligrosos de alarma, que lo reestructuran.

Siguiendo una indicación de Freud – que, cuando se pregunta por la función de la fobia, aconseja para resolver tener en cuenta otros casos – recurriremos antes de ver si la fobia es una especie de mórbida o un síndrome, a una de sus formas más típicas, más extendidas, o sea la agorafobia, que sin duda tiene valor por sí misma y nos presenta un mundo puntuado por signos de alarma dibujando un campo, un dominio, un área. Si nos vemos obligados a tratar de indicar en qué dirección se insinúa, no ya la función de la fobia, no digo eso porque no debemos precipitarnos, sino su sentido, es el siguiente – la fobia introduce ene l mundo del niño una estructura, sitúa precisamente en primer plano la función de un interior y un exterior. Hasta ese momento, el niño estaba, en suma, en el interior de la madre, acaba de ser rechazado, o se lo imagina, está angustiado, y entonces, con ayuda de la fobia, instaura un nuevo orden del interior y del exterior, una serie de umbrales que se ponen a estructurar el mundo.

Hemos trasformado la angustia en miedo y el miedo es, aparentemente, más tranquilizador que la angustia. Pero esto tampoco es seguro.

Sólo hemos querido puntuar que no podemos de ningún modo hacer del miedo un elemento primitivo en la construcción del yo. El miedo no puede considerarse en ningún caso un elemento primitivo, un elemento último, en la estructura de la neurosis. En el conflicto neurótico, el miedo interviene como un elemento que defiende destacándose, y contra algo completamente distinto, que por naturaleza carece de objeto, a saber, la angustia. Esto es lo que nos permite articular la fobia.



CLASE 15
PARA QUÉ SIRVE EL MITO

Continuemos nuestro paseo por la observación de Juanito.

Tenemos cmoo rederencia la tabla que ya les di en nuestro penúltimo encuentro. El objeto imaginario de la castración es, por supuesto, el falo. La madre simbólica se convierte en real en la medida en que se manifiesta rehusando el amor. El objeto de la satisfacción, el seno por ejemplo, se convierte a su vez en simbólico de la frustración, denegación de objeto de amor. El agujero real de la privación es precisamente algo que no existe. Al ser lo real por naturaleza pleno, es preceiso, para hacer un agujero real, introducir un objeto simbólico.

¿de qué se trata? Hemos llegado, en el proceso llamada edípico, al siguiente punto. Para convertise en objeto de amor para esa madre que para él es lo más importante, incluso es esencialmente lo que importa, el niño se ve llevado progresivamente a advertir que ha de introducirse como tercero, ha de meterse en alguna parte entre el deseo de su madre, el deseo que aprende a experimentar, y el objeto imaginario que es el falo.

Las perversiones, lo que así suele llamarse, se conciben y se explican en su conjunto en realción con la teoría infantil de la madre fálica y la necesidad del paso por el complejo de castración.

Todavía hay gente capaz de sostener que la perversión es algo fundamentalmente tendencial, instintual, y que en realidad su densidad y su equilibrio se deben a un contorcircuito en el sentido de la satisfacción. Creen interpretar así la noción freudiana de la perversión como negativo de la neurosis, como si en sí misma la perversión fuera la satisfacción reprimida en la neurosis, como si fuera su positivo. Lo que dice Freud es exactamente lo contrario. El negativo de una negación no s en absoluto obligatoriamente su positivo, como lo demuestra Freud al afirmar claramente que la perversión esta estructuraa en relación con todo lo que se ordena en torno a la ausencia y la presencia del falo. La perversión siempre tiene alguna relación con el complejo de castración, aunque sea como horizonte. En consecuencia, desde el punto de vista genético, está al mismo nivel que la neurosis. Puede estar estructurada cmoo su negativo, o más exactamente su inverso, pero no menos que ella, y por la misma dialéctica, por emplear vocabulario que suelo emplear aquí.

En algún lugar en el Seminario sobre “la carta robada”, a propósito del hecho de que estaba anilizando una ficción, llegué a escribir que esta operación era, al menos en cierto sentido, completamente legítima, pues por otra parte, decía, en toda ficción correctamente estructurada es palpable esa estructura que, en la propia verdad, pues designarse como igual a la estructura de la ficción. La verdad tiene una estructura, por así decirlo, de ficción.

El mito se presenta también en cuanto a sus miras como característicamente inagotable.

En nuestras manos está darnos cuenta de que se trata de los temas de la vida y la muerte, la existencia y la no existencia, muy especialmente el nacimiento, es decir, la aparición de lo que todavía no existe. Se trata por lo tanto de temas vinculados, por una parte, con la existencia del propio sujeto y con los horizontes que le proporciona su experiencia, y por otra parte, con el hecho de su sujeción a un sexo, su sexo natural. A esto se consagra la actividad mítica en el niño, como nos enseña nuestra experiencia. Y demuestra estar también, por su contenido y por sus miras, completamente de acuerdo, aún sin coincidir del todo, con lo que se incribe con el propio término de mito en la exploración etnográfica.

Los mitos, tal como se presentan en su ficción, siempre apuntan más o menos, no al origen individual del hombre, sino a su origen específico, la creación del hombre, la génesis de sus relaciones nutricias fundamentales, la invención de los grandes recursos humanos, el fuego, la agricultura, la domesticaci´n de los animales. Vemos también como se plantean constantemente la relación del hombre con una fuerza secreta, maléfica o benéfica, pero esencialmente carácterizada por lo que tiene de sagrado.

La relación de contigüidad entre los mitos y la creación mítica infantil queda suficientemente indicada por las similitudes que acabo de plantearles. De ahí el interés para nosotros de la investigación de los mitos.

¿hasta qué punto son auténticos estos temas imaginativos de Juanito? El propio Freud dice qeiu bien podrían ser obra de alguna sugestión.

El término sugestión es decir, lo articulado por un sujeto pasa a otro en estado de verdad admitida, al menos aceptada, a la que se añade cierto carácter de creencia, y constituye de alguna manera un disfraz de la realidad.

No sólo existe esta sugestión en el caso de Juanito, sino que la vemos desplegarse a cielo abierto. El estilo interrogatorio del padre se presenta en todo momento como una verdadera inquisición, a veces acuciante, que incluso tiene el carácter de una dirección de las respuestas del niño.

No olvidemos que si bien en la época en que nos situamos, 1906 – 1908, el complejo de castración es ya una clave capital para Freud, todavía no ha sido completamente puesta en claro y revelada a todos como la vlave central, ni mucho menos. En resumidas cuentas, Freud quiere decir que el padre no estaba en absoluto al corriente de que el complejo de castración es el eje principal por donde pasan tanto la insturación como la resolución de la constelación subjetiva, la fase ascendente y la fase descendente del Edipo.

Es curioso que Freud no se pregunte si el jaleo, el tumulto, uno de los temores  que el niño siente ante el caballo, puede tener alguna relación con el orgasmo, oincluso un orgasmo distinto del suyo.

Toda nuestra experiencia nos indica que hay manifiestamente en el pasado de los niños, en sus vivencias y en su desarrollo, un elemento muy difícil de integrar. Hace mucho que insistí – tanto en mi tesis como en un texto casi conteporáneo -  en el carácter devastador, muy especialmente en el paranoico, de la primera sensación orgásmica completa. ¿or qué en el paranoico? Trataremos de responder a esto de paso. Pero en determinados sujetos encontramos constantemente el testimonio del carácter de invasión desgarradora, de irrupción perturbadora, que presentó para ellos esta experiencia.

Se trata de saber en qué sentido es verdad. Los analistas, muy especialmente los analistas del sexo femenino, a menudo objetan que no ven porque las mujeres han de esta más destinadas que los demás a desear precisamente lo que no tienen, o a creer que les falta. Pues bien, por razones – limitémonos a esto- relacionadas con la existencia  del significante y su insistencia característica. Si el falo se impone de forma predominante entre otras imágenes al deseo de la madre, es poruqe tiene un valor simbólico en el sistema significante y se trasmite así a través de todos los textos del discurso interhumano.

¿el problema, no es que, precisamente en este rodeo, en este momento de descompensación, el niño ha de dar un paso literalmente infranqueable por sí sólo? ¿cuál es este paso? Hasta entonces, jugaba con el falo deseado por la madre, con el falo convertido para el en un elemento del deseo de la madre y, en consecuencia, en algo por lo que se debía pasar para cautivar a al madre. Este falo es un elemento imaginario. Ahora el niño ha de advertir que este elmento imaginario tiene valor simbólico. Y esto es lo insuperable para él.

En otras palabras, el niño se introduce de golpe en el sistema del significante o del lenguaje, definiéndolo sincrónicamente, o en el sistema del discurso, definiéndolo diacrónicamente, pero no lo ahce en toda la envergadura del sistema, sino de una forma puntual a propósito de las relaciones con la madre, que esta presente o ausente. Pero esta primera experiencia simbólica es del todo insuficiente. No se puede construir el sistema de las relaciones del significante en toda su amplitud en base al hecho de que algo a lo que se ama está o no está. No podemos conformarnos con os términos, se necesitan más.

Hay un mínimo de términos necesario para el funcionamiento del sistema simbólico. Se trata de saber si son tres o si son cuatro. Indudablemente, no son sólo tres. El Edipo, desde luego, nos da tras, pero sin duda implica un cuatro término, porque el niño ha de franquear el Edipo. Por lo tanto, aquí ah de intervenir alguien, y este es el padre.

Lo que cuenta en todo esto, ¿ es sólo el grado de carencia paterna? ¿tenemos que fiarnos de carácterísitacas supuestamente reales y concretas, que tan difícil resulta averiguar en qué quedan? Porque ¿ qué significa exactamente eso de que el padre real es más o menos carente?

Pues bien, por el contrario, para nosotros todo se ordena en función de que para el niño determinadas imágenes tienen un funcionamiento simbólico.

Para él se trata de conciliar el mundo de la relación materna – que, en conjunto, había funcionado con armonía hasta entonces – con aquel elemento de abertura imaginaria, o de falta, que lo hacía tan divertido, incluso tan excitante para la madre.

Le hablan de todo esto al niño y parece demasiado pronto todavía para que acepte las explicaciones que le dan. Hay quien no tiene, el sexo femenino no tiene falo, esto es lo que le dice su padre. Pero este niño, muy capaz de manejar nociones diestramente y con pertinencia, como ya antes ha demostrado, en vez de conformarse con esto, empieza a darle tantas vueltas que a primera vista parece algo enfermizo, causa de estupor, y asusta. Al final se encuentra la solución al problema, pero esta claro que para llegar ahí ha de seguir caminos increíblemente desviados con respecto a su aprehensión de las fomras susceptibles de objetivar lo real satisfactoriamente. Encontraremos constantemente el franqueamiento, la elevación de lo imaginario a lo simbólico, y ya verán que esto no puede producirse sin una estructuración en círculos por lo menos ternarios, algunas de cuyas consecuencias les mostraré la próxima vez.

En efecto, apra el niño se trata de recuperar la posesión de la madre para mayor irritación, incluso cólera del padre. Ahora bien, esta cólera nunca se produce en lo real, el padre nunca se deja llevar por la cólera, y Juanitto se lo señala – tienes que enfadarte, has de estar celoso. En suma, le explica el Edipo. Desgraciadamente, el padre nunca está dispuesto a encarnar al dios trueno.

Una jirafa grande y una jirafa pequeña, son semejantes, la una es el doble de la otra. Por una parte, hay grandes y pequeños, pero por otra parte, esta el igualmente jirafa. En otras palabras, volvemos a encontrar aquí algo que todo análogo a lo que les decía la ultima vez sobre el niño capturado en el deseo fálico de la madre como una metonimia.

El paso de lo imaginario a lo simbólico no tiene mejor traducción que a través de esos detalles aparentemente contradictorios e inconcebibles. Lo que cuentan los niños siempre, lo convertimos en algo que participa del dominio de las tres dimensiones, cuando resulta que en el juego de los símbolos algo se encuentra también en als dos dimensiones.

La jirafa pequeña es un doble de la madre, reducido al soporte siempre necesario como vehículo del significante, o sea algo que se puede tomar, que se puede arrugar y puede uno sentarse encima. Es un testimonio. Sí, el pequeño enamorado tiene en manos algo que es una especie de notificación, un tratado.

Es que, en la serie formada por estos tres elementos o instrumentos llamados la madre, el niño y el falo, el falo ya no es tan sólo algo con lo que se juega, se ha vulto rebelde, tiene sus fantasías, sus necesidades, sus exigencias, y arma follón por todas partes. Se trata de saber como se va a poner en orden todo esto, es decir, como se asentarán las cosas en este original trío.

Vemos aparecer aquí una triada.

En resumen, este progreso de lo imaginario a lo simbólico constituye una organización de lo imaginario como mito, o al menos va en la dirección de una construcción mítica verdadera, es decir, colectiva, que es lo que nos recuerda constantemente, incluso nos recuerda a los sistemas de parentesco. No llega a serlo, hablando de propiedad, porque es una construcción individual, pero su progreso se efectúa en esa vía. Para encontrar una solución, es preciso haber realizado un número mínimo de rodeos. Pueden encontrar el modelo de esta eficiencia en el esqueleto, o si lo prefieren la metonimia, que son esas historias mías de (escritura en griego). Algo de este orden es lo que el niño ha de recorrer hasta llegar a un punto determinado, para franquear el difícil paso de cierta carencia o hiancia y encontrar así descanso y un poco de armonía. Tal vez no todos los complejos de edio tengan que apsar por una construcción mítica semejante, pero indudablmente necesitan obtener la misma pplenitud en la trasposición simbólica. Puede que sea bajo una forma más eficaz, tal vez en acción. En efecto, la presencia del padre puede haber simbolizado la situación, por su ser o por su no ser.


Seguralmente en el análisis de Juanito esta implicado el franqueamiento de algo de este orden, y espero mostrárselo más detalladamente la próxima vez.

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