jueves, 29 de noviembre de 2012

"Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana"

Jacques Lacan


La sexualidad femenina aparece como el esfuerzo de un goce envuelto en su propia contigüidad (de la que tal vez toda circuncisión indica la ruptura simbólica) para realizarse a porfía del deseo que la castración libera en el hombre dándole su significante en el falo.

“Jacques Lacan”  Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina

Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre  -¡que bueno!-  han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.
“Jaime Sabines”

El Futuro

Y se muy bien que no estarás.
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré
amor mío
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y se muy bien que no estarás
ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada,
no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.
"Julio Cortázar"


miércoles, 28 de noviembre de 2012

El caso Dora


Ida Bauer

Fragmento de análisis de un caso de Histeria (1905), también conocido como el caso Dora, pertenece al volumen VII de las obras completas de Sigmund Freud. Es la historia de un fracaso, pues Dora abandona el tratamiento a los tres meses de haber empezado y sin haber alcanzado la curación.
Con este caso Freud quiere aportar pruebas definitivas sobre el origen sexual de los síntomas histéricos y la utilidad de la interpretación de los sueños para acceder a los traumas inconscientes.
El círculo familiar de Dora, cuyo nombre real era Ida Bauer, estaba formado por su padre, Philip Bauer, un próspero industrial que había sido tratado por Freud de sus dolencias sifilíticas. Además, su madre, Katharina Gerber, a quien Freud diagnostica la “psicosis del ama de casa” que consiste en la obsesión neurótica por la limpieza, y un hermano mayor, Otto Bauer, del que Dora siempre tendrá muy buena opinión. Resulta interesante leer la descripción que hace Freud del trastorno del ama de casa:
… y así ofrecía el cuadro de lo que puede llamarse la «psicosis del ama de casa». Carente de comprensión para los intereses más vivaces de sus hijos, ocupaba todo el día en hacer limpiar y en mantener limpios la vivienda, los muebles y los utensilios, a extremos que casi imposibilitaban su uso y su goce. No se puede menos que incluir este estado, del cual bastante a menudo se encuentran indicios en las amas de casa normales, en la misma serie que las formas de lavado obsesivo y otras obsesiones de aseo; no obstante, tales mujeres, como sucedía en el caso de la madre de nuestra paciente, ignoran totalmente su propia enfermedad, no la reconocen y, por tanto, falta en ellas un rasgo esencial de la «neurosis obsesiva».
El padre pide a Freud que trate a su hija pues presenta los síntomas de una pequeña histeria: dificultades para respirar o disnea, tos nerviosa, afonía, migrañas, desazón, insociabilidad, tedio vital y amagos histriónicos de suicidio. El padre le informa que hace años que mantienen relaciones con el señor y la señora K. Aparentemente se trataba de una relación convencional entre familias burguesas: La señora K. había cuidado de Philip Bauer durante su enfermedad por lo cual le estaba muy agradecido, Dora cuidaba con cariño de los dos hijos del matrimonio K y el señor K. sentía un afecto muy grande por Dora. Sin embargo, en la residencia de verano de los K. ocurrió un suceso que desencadenó los síntomas de Dora: según ella, el señor K. había intentado abordarla sexualmente a lo que ella respondió con una bofetada y, a consecuencia de ello, pide a su padre que rompa toda relación con los K.
Una vez que comienza el tratamiento Dora relata otro episodio con el señor K. Cuando tenía catorce años este se había aprovechado de que estaban a solas para besarla en la boca lo que produjo en ella una reacción de asco. Así, Freud concluye que ya con catorce años era Dora una histérica pues…
Yo llamaría «histérica», sin vacilar, a toda persona, sea o no capaz de producir síntomas somáticos, en quien una ocasión de excitación sexual provoca predominante o exclusivamente sentimientos de displacer. Explicar el mecanismo de este trastorno de afecto sigue siendo una de las tareas más importantes, y al mismo tiempo una de las más difíciles, de la psicología de la neurosis.
Freud percibe que Dora es incapaz de aceptar la relación de la señora K. con su padre, un adulterio manifiesto. Dora cree, además, que ha sido ofrecida por su padre al señor K. de modo que él pueda continuar su relación con la señora K. En este momento de la terapia Freud observa que tras estos reproches aparentemente justificados se encuentran una serie de autorreproches no conscientes.
Los Bauer habían tenido una cuidadora de niños con la que Dora se llevaba muy bien hasta que descubrió que estaba enamorada de su padre. En ese momento sólo pudo verla como una rival y la hizo despedir. Siempre que el padre estaba en casa la cuidadora era amable con los niños pero no mientras el padre estaba ausente. Esto hizo pensar a Dora que ella se comportaba del mismo modo con los hijos del señor K. Aparentemente había cierta atracción además de asco.
Es habitual en la histeria el uso de la enfermedad para llamar la atención. Dora había heredado de la familia de su padre este desagradable trastorno. Atendiendo a las fechas en que padecía ataques de tos con afonía o dolores de estómago era evidente que coincidían con la presencia del señor K., lo cual significaba que utilizaba esos males para atraer su atención.
De todos modos, los trastornos psicosomáticos en el momento de la terapia con Freud y su carta de suicidio tenían por objeto llamar la atención no del señor K. sino de su padre. Freud está convencido de que si el padre le dijese que abandonaba a la señora K. por ella, Dora sanaría por completo. Pero si el padre no cedía Dora no habría de abandonar su enfermedad. El histérico, dice Freud, se acostumbra a la enfermedad, acaba necesitándola:

El que pretenda sanar al enfermo tropieza entonces, para su asombro, con una gran resistencia, que le enseña que el propósito del enfermo de abandonar la enfermedad no es tan cabal ni tan serio. (ver nota) Imagínese a un trabajador, por ejemplo a un albañil, que ha quedado inválido por un accidente y ahora se gana la vida mendigando en una esquina. Un taumaturgo se llega a él y le promete sanarle la pierna inválida y devolverle la marcha. No debe esperarse, yo creo, que se pinte en su rostro una particular alegría. Sin duda alguna, se sintió en extremo desdichado cuando sufrió la mutilación, advirtió que nunca más podría trabajar y moriría de hambre o se vería forzado a vivir de la limosna. Pero desde entonces, lo que antes lo dejó sin la posibilidad de ganarse el pan se ha trasformado en la fuente de su sustento: vive de su invalidez. Si se le quita esta, quizá se lo deje totalmente inerme; entretanto ha olvidado su oficio, ha perdido sus hábitos de trabajo y se ha acostumbrado a la holgazanería, quizá también a la bebida.
Para continuar avanzando en el inconsciente de Dora, Freud se vale de una de sus teorías más peculiares. Afirma que un síntoma corresponde siempre a la figuración de una fantasía sexual. Tomando esta hipótesis como punto de partida Freud intenta explicar las razones de la tos y la afonía de Dora. Dora sabe que su padre es impotente y sospecha, por tanto, que las relaciones con la señora K. incluyen sexo oral. La atracción inconsciente de Dora por su padre había generado el síntoma de la tos como fantasía sustituta del trato sexual con su padre. En esa fantasía ella ocupaba el lugar de la señora K. lo que significaba que se sentía más atraída por su padre de lo que estaba dispuesta a reconocer. Esta interpretación se apoya además en el hecho de que Dora estaba más próxima a su padre que su propia madre, era, puede decirse así, la niña de sus ojos. Cuando apareció la señora K. quien perdió su posición de privilegio no fue la madre de Dora sino la propia Dora.
A continuación Freud le explica a Dora que sus sentimientos hacia su padre son un modo de poner freno a la atracción evidente que siente por el señor K. Y aunque ella, en un principio se niegue a tal teoría, Freud afirma que
En modo alguno se oponía a mis expectativas el que yo provocase en Dora la más terminante contradicción al exponerle de esta manera las cosas. El «No» que se escucha del paciente tras exponer por primera vez a su percepción conciente los pensamientos reprimidos no hace sino ratificar la represión y su carácter terminante; mide su intensidad, por así decir. Si uno no entiende ese «No» como la expresión de un juicio imparcial, del cual por cierto el enfermo es incapaz, sino que lo pasa por alto y prosigue el trabajo, enseguida se obtienen las primeras pruebas de que «No» en estos casos significa el deseado «Sí». Ella confesó que no podía guardar, hacia el señor K. la inquina que este merecía. Contó que un día lo había encontrado por la calle, estando ella en compañía de una prima que no lo conocía. La prima exclamó de pronto: «¡Dora, ¿qué te pasa? Te has puesto mortalmente pálida!». En su interior no había sentido nada de ese cambio, pero le expliqué que los gestos y la expresión de los afectos obedecían más a lo inconciente que a lo conciente, y lo dejaban traslucir. (ver nota) Otra vez, tras varios días en que había mantenido un talante alegre, acudió a mí del peor humor. No podía explicarlo; se sentía contrariada, declaró; era el cumpleaños de su tío y no se resolvía a felicitarlo; no sabía por qué. Mi arte interpretativo estaba embotado ese día; la dejé seguir hablando y de pronto recordó que hoy era también el cumpleaños del señor K., hecho que yo aproveché en su contra. Tampoco fue difícil explicar por qué los magníficos obsequios que le hicieran algunos días antes para su propio cumpleaños no le causaron ninguna alegría. Faltaba un obsequio, el del señor K., que evidentemente antes había sido para ella el más valioso.
Los afectos de Dora hacia su padre y el señor K. se complican cuando Freud dice que no puede dejar de mencionar algo que “no podrá menos que enturbiar y borrar la belleza y poesía” del conflicto que Dora experimenta. Se refiere Freud a la homosexualidad latente de Dora. Ella y la señora K. estaban muy unidas hasta que el padre de Dora ocupó su lugar. Cuando Dora habla de la señora K. y alaba su “cuerpo deliciosamente blanco” parece más una enamorada que una rival vencida. Quien realmente había traicionado a Dora era la señora K.
Vista la complicada trama de afectos en el inconsciente de Dora, Freud expone el primer sueño que le pondrá en la pista del origen de sus trastornos actuales. En este primer sueño el padre rescata a la madre y a los niños de un incendio. Cuando la madre se retrasa por pretender salvar su alhajero el padre le recrimina que es momento de salir corriendo. Cuando Freud trabaja con los sueños es siempre fiel a su hipótesis expuesta en La interpretación de los sueños (1900), los sueños son figuraciones de deseos cumplidos. Empleando esta hipótesis, el mecanismo de la asociación libre,  la evidente relación entre el alhajero y los genitales femeninos y la idea fundamental de que los acontecimientos del sueño pueden significar lo opuesto de lo que parecen, Freud ensaya una interpretación peculiar del sueño de Dora. Esta espera que su padre la salve del incendio, el fuego, la atracción que experimenta hacia el señor K. Dora, que en el sueño ocupa el lugar de su madre, confía en que su padre acepte y no rechace su alhajero.
El simbolismo sexual del alhajero o de una cartera da pie a Freud para contar una simpática anécdota:

La carterita bivalva de Dora no es otra cosa que una figuración de los genitales, y su acción de juguetear con ella abriéndola y metiendo un dedo dentro, una comunicación pantomímica, sin duda desenfadada, pero inconfundible, de lo que querría hacer: la masturbación. Hace poco me sucedió un caso similar, muy divertido. Una dama anciana extrae en mitad de la sesión, supuestamente para refrescarse con un bombón, una pequeña caja de hueso; se esfuerza por abrirla, y después me la alcanza para que me convenza de lo difícil que es hacerlo. Yo manifiesto mi desconfianza: esa caja tiene que significar algo en particular, pues hoy la veo por primera vez, a pesar de que su propietaria me visita desde hace ya más de un año. Y la dama, impaciente: «¡A esta caja la llevo siempre conmigo, dondequiera que vaya!». Sólo se tranquiliza después que le hago notar, riendo, lo bien que sus palabras se adecuan a otro significado. La caja -box, puxiz, como la carterita, como el alhajero, no es sino otro subrogado de la vulva, de los genitales femeninos.
A lo largo de la interpretación de este primer sueño Freud cita a su íntimo amigo Wilhem Fliess, un personaje extraño para el que la cocaína y las operaciones de nariz eran remedios efectivos para todo. Así,
Según una comunicación personal que me ha hecho Wilhelm Fliess, precisamente esas gastralgias son las que pueden interrumpirse mediante la aplicación de cocaína en el «punto gástrico» de la nariz, por él descubierto, y curarse mediante su cauterización
En el segundo sueño Dora fantasea con internarse acompañada por un joven en un bosque y con llegar tarde al funeral de su padre. Este es, según Freud, el sueño de la curación pues en él Dora se abre a otros amores aparte del morboso que tiene hacia su padre. Es evidente, por cierto, el simbolismo sexual del bosque.  El sueño aporta además material para aclarar la relación con el señor K. Freud descubre que el motivo por el que Dora sintió asco hacia él fue verse tratada del mismo modo en que el señor K. trató a una institutriz con la que había tenido una aventura y a la que había despedido. Sintió, por tanto, que era tratada como si fuera del servicio. Este hecho es muy interesante porque la propia Dora, debido a la transferencia, se venga en Freud del señor K., abandonando el tratamiento y trantándolo como si fuese un empleado. Freud, por su parte, en esta etapa temprana del psicoanálisis, realiza una contratransferencia y la identifica con su vieja y odiada institutriz. Su venganza consistirá en dejar que Dora abandone el tratamiento sin haberse curado.

Dora volvió a visitar a Freud por una parálisis facial. Se trataba, según Freud, de un autocastigo por haberle maltratado como si fuese del servicio. Finalmente, añade que Dora tuvo una vida feliz y se casó con el joven con quien se introduce en el bosque en el segundo sueño.

El caso del pequeño Hans


Hans

Análisis de la fobia de un niño de cinco años, también conocido como el caso del pequeño Hans, fue publicado en 1909 y pertenece al volumen X de las obras completas de Sigmund Freud. El pequeño Hans, en realidad Herbert Graf, era hijo de Max Graf, musicólogo y miembro del círculo de Freud en Viena. En la introducción Freud aclara que fue el padre del niño quien llevó a cabo el análisis y quien le remitió las notas con sus diálogos, sueños y fantasías. A partir de estas notas, incluidas en la primera parte del texto con breves comentarios de Freud, este lleva a cabo un examen del desarrollo del caso mostrando cómo la evolución de Hans corrobora los descubrimientos expuestos en La interpretación de los sueños (1900) y Tres ensayos de teoría sexual (1905).
Cuando Hans tenía cuatro años y estaba de paseo por el parque con la criada contempló una escena aterradora: un caballo que tiraba de un pesado carro se desplomó en la calle. A partir de ese momento padece una grave fobia hacia los caballos, y más específicamente a que los caballos con algo negro en la boca lo muerdan. El pánico es tan grande que  le impide salir de casa. En un primer momento, su padre interpreta que la fobia de Hans se debe a los excesivos cariños de su madre y al miedo al gran “hace-pipí” del animal. Freud orienta el análisis del padre hacia la angustia que provocó en Hans el nacimiento de su hermanita Hanna y al misterio recurrente en las fantasías y preguntas de Hans sobre el origen de los bebés.  A partir de estas indicaciones el material necesario para interpretar la fobia de Hans va saliendo a la luz.
En primer lugar, el caballo que se desploma y muere, y que puede morderlo, es un símbolo del padre. El caballo tiene un gran “hace-pipí” como el padre y tiene “algo negro” en la boca que puede parecer un bigote. Hans desea la muerte de su padre para poder estar más tiempo a solas con su madre. Al mismo tiempo, tales deseos le producen sentimientos de culpa y vergüenza  que se resuelven en la angustia hacia los caballos. Hans expresa este tipo de fantasías edípicas recurriendo a la curiosa historia de las jirafas:
El: «En la noche había en la habitación una jirafa grande y una jirafa arrugada, y la grande ha gritado porque yo le he quitado la arrugada. Luego dejó de gritar, y entonces yo me he sentado encima de la jirafa arrugada».

(…)

La gran jirafa soy yo o, más bien, el pene grande (el cuello largo); la jirafa arrugada, mí mujer o, más bien, su miembro; he ahí, por tanto, el resultado del esclarecimiento.
El todo es la reproducción de una escena que en los últimos días se desarrolla casi todas las mañanas. Hans siempre acude temprano a nosotros, y mi esposa no puede dejar de tomarlo por algunos minutos consigo en el lecho. Sobre eso yo siempre empiezo a ponerla en guardia, que es mejor que no lo tome consigo («La grande ha gritado porque yo le he quitado la arrugada») , y ella replica esto y aquello, irritada tal vez: que eso es un absurdo, que unos minutos no pueden tener importancia, etc. Entonces Hans permanece un ratito junto a ella. («Entonces la jirafa grande dejó de gritar, y luego yo me senté encima de la jirafa arrugada».)
La solución de esta escena conyugal trasportada a la vida de las jirafas es, pues: él sintió en la noche añoranza de la mamá, añoranza de sus caricias, de su miembro, y por eso vino al dormitorio. El todo es la continuación del miedo al caballo.
No debe extrañarnos la ambivalencia de los sentimientos de niño: ama a su padre y al mismo tiempo desearía verlo muerto. Pero “de tales pares de opuestos se compone la vida de sentimientos de todos los hombres”.
Y guardémonos de hallar chocante esta contradicción; de tales pares de opuestos se compone la vida de sentimientos de todos los hombres; más todavía: acaso nunca se llegara a la represión y a la neurosis si no fuera así. Estos opuestos de sentimiento, que al adulto por lo común sólo le devienen concientes de manera simultánea en la cima de la pasión amorosa, y de ordinario se suelen sofocar recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al otro, hallan durante todo un lapso en la vida anímica del niño un espacio de pacífica convivencia.
Estas fantasías edípicas tienen en ocasiones un trasfondo sádico. Hans confiesa que le gustaría azotar a los caballos. El caballo, en este caso, vale como símbolo del padre y también de la madre, a quien le gustaría pegar con “el batidor de alfombras”. Por un lado, Hans experimenta una hostilidad inevitable hacia su padre pues lo contempla como rival y, al mismo tiempo, una “concupiscencia oscura, sádica” sobre la madre pues es la que produce nuevos niños que pueden hacerle la competencia.
En segundo lugar, el miedo a la castración tiene su origen en una advertencia de su madre. A la edad de tres años Hans acostumbraba a jugar con su “hace-pipí” y la madre le advierte de que si juega demasiado con él se lo cortarán. La amenaza permanece latente hasta que un año más tarde el sentimiento de culpa la activa. Los efectos retardados de este tipo de amenazas pueden llegar a abarcar “un decenio y más todavía”.
En tercer lugar, un elemento primordial en el surgimiento de la fobia está relacionado con el nacimiento de su hermana menor. La presencia del bebé le roba aún más tiempo de su madre lo cual provoca en Hans el deseo de ver desaparecer a su padre y convertirse él en el “hace-pipí” de la casa. Al mismo tiempo no puede evitar desear la muerte de su hermanita: fantasea, por ejemplo, con que la madre la deja ahogarse en la bañera grande.
En cuarto lugar, Hans acostumbra a preguntarse sobre los mecanismos biológicos asociados al nacimiento de los niños. Hans sabe que no es la cigüeña quien ha traído a su hermana sino que ha salido de la barriga de su madre igual que salen los excrementos. Esto también puede asociarse al caballo que defeca en la calle. Así, la amenazante llegada de más niños que pueden apartarlo de su madre se transforma en fobia hacia los caballos que llevan una carga muy pesada.
La curación tiene lugar a partir de que los padres le explican a Hans cómo vienen exactamente los niños al mundo, lo cual redunda en un alivio notable de su fobia. El proceso se completa gracias a dos fantasías de Hans. En la primera se ve a sí mismo como el “papi” casado con la “mami” y, en lugar de eliminar al padre, lo relega al papel de “abuelo”.
Todo termina bien. El pequeño Edipo ha hallado una solución más feliz que la prescrita por el destino. En lugar de eliminar a su padre, le concede la misma dicha que ansia para sí; lo designa abuelo, y también a él lo casa con su propia madre.
La segunda fantasía repara el miedo a la castración. Un instalador llega a la casa y le cambia su trasero y su “hace-pipí” por otros más grandes.
En 1922 el pequeño Hans aparece por la consulta de Freud. Está “totalmente bien y no padece de males ni inhibiciones”. El Hans adulto, Herbert Graf, emigrará a Estados Unidos en 1936 donde desarrollará una importante carrera como productor operístico llegando a trabajar con Furtwängler o Maria Callas.

martes, 27 de noviembre de 2012

"Caso Schreber"



"EL Doctor Schreber"


1- Historial clínico:
1884 - Primera enfermedad. Estado de Hipocondría
1885 - se recupera. Convive con su mujer. No pueden tener hijos.
1893 - (Junio) Se lo nombra presidente del Superior Tribunal de Dresde.
· En el intervalo tiene algunos sueños de que la enfermedad reaparece.
· En un estado de dormir y vigilia: “La representación de lo hermosísimo que es sin duda ser una mujer sometida al acoplamiento.”
En Octubre asume el cargo. A fines de octubre surge la segunda enfermedad.

Síntomas de la segunda enfermedad:
· Ideas hipocondríacas. (destrucción de diferentes partes del cuerpo) Es inmortal mientras siga siendo hombre.
· Redoblamiento del cerebro.
· Ideas de persecución.
· Ideas delirantes (carácter mítico y religioso)
· Insultaba a las personas por las cuales se sentía perseguido y perjudicado, sobre todo a su médico anterior Flechsig, lo llamaba "almicida" (Asesino de Almas)
1894 - Paso a otro asilo. El director era Weber.
1902 - Se levanta la incapacidad.

Descripción del contenido delirante:
El paciente se consideraba llamado a redimir el mundo y devolverle la bienaventuranza pérdida. Pero cree que solo lo conseguirá luego de ser mudado de hombre a mujer.
En esta misión suya redentora, lo esencial es que primero tiene que producirse su mudanza en mujer. No es que el quiera mudarse en mujer , más bien se trata de un tener que ser fundado en el orden del universo, y al que no puede sustraerse, aunque en lo personal habría preferido mucho mas permanecer en su honorable posición viril en su vida.
El paciente informa que ya han pasado a su cuerpo unos nervios femeninos, de los cuales, por fecundación directa de Dios, saldrán hombres nuevos. Solo entonces podrá morir de muerte natural y conseguirla bienaventuranza como los demás seres.
El psicoanalista trae la conjetura de que aun formaciones de pensamiento tan extravagantes se han originado en las mociones más universales y comprensibles de la vida anímica. Por eso busca conocer los motivos y caminos de esa transformación.

El médico destaca dos puntos: el papel redentor y la mudanza en mujer. Es tentador suponer que la ambición de hacer el papel de redentor seria lo pulsionador en este complejo delirante, y la emasculación no podría reclamar otro significado que el de un medio para ese fin. El estudio de las memorias nos impone una concepción diversa. Nos enteramos de que la mudanza en mujer (emasculación) fue el delirio primario, juzgado al comienzo como un acto de grave daño y de persecución, y que solo tardíamente entro en relación con el papel de redentor. Un delirio de persecución sexual se transformó en el paciente en el delirio religioso de grandeza. Inicialmente hacia el papel de perseguidor el medico (Flechsig), mas tarde Dios mismo ocupo ese lugar.

La relación del enfermo con Dios
Schreber había sido en sus días sanos un incrédulo en asuntos de religión, no había podido abrazar una fe sólida en la existencia de un Dios. A lo largo de todo el libro se extiende la acusación de que Dios, acostumbrado solo al trato con los muertos, no comprende a los hombres vivos.

La enfermedad es concebida como una lucha del hombre Schreber contra Dios, en la cual sale triunfador el hombre porque tiene de su parte el orden del universo. Schreber seria el hijo de dios, llamado a salvar al mundo de su miseria.
Para Schreber la bienaventuranza es la vida en el mas allá a que es elevada el alma humana mediante la purgación tras la muerte.

Resumen de la alteración Patológica:(siguiendo las dos direcciones de su delirio)
Antes era alguien inclinado a la renuncia de los placeres sexuales, y no creía en la existencia de Dios; discurrida la enfermedad fue un creyente en Dios. Pero así como su recuperada fe en Dios era de raro índole, también la pieza de goce sexual que se había conquistado presentaba un carácter harto insólito. No era ya una libertad sexual masculina, sino un sentimiento sexual femenino frente a Dios.
Si nos acordamos del sueño que tuvo en el periodo de incubación de su enfermedad se vuelve evidente que el delirio de mudanza en mujer no es más que la realización de dicho contenido onírico. En aquel tiempo se había revuelto con viril indignación contra ese sueño, y de igual modo se defendió de el al comienzo, durante la enfermedad; veía la mudanza en mujer como una irrisión a que lo condenaban con un propósito hostil. Pero llego un momento en que empezó a reconciliarse con esa mudanza y la conecto con unos propósitos superiores de Dios.

2- “Intentos de interpretación”

RELACION DE SCHREBER CON FLECHSIG: Al comienzo el caso Schreber llevaba el sello de delirio de persecución que se borra a partir de la reconciliación. La relación del enfermo con su perseguidor se puede resolver mediante una fórmula: la persona a quien el delirio atribuye un poder y un influjo tan grandes es la misma que antes de contraerse la enfermedad poseía una significación de similar cuantía para la vida de sentimientos del paciente, o una persona sustitutiva de ella, fácilmente reconocible. Sostenemos que la intencionalidad del sentimiento es proyectada como un poder exterior, el tono del sentimiento es mudado hacia lo contrario y que la persona ahora odiada y temida a causa de su persecución es alguien que alguna vez fue amado y venerado.
Como sabemos en el periodo de incubación de la enfermedad tuvo un sueño de retorno de la enfermedad. Podemos inferir que con el recuerdo de la enfermedad despertó también el médico y que el sueño tuvo un sentido de añoranza “me gustaría volver a ver a Flechsig”. Se le instaló enseguida un rechazo de esa fantasía femenina. En su lugar el paciente temía un abuso sexual de su médico. Un avance de libido homosexual fue entonces el ocasionamiento de esta afección. Un notable detalle del historial es decisivo para la ulterior trayectoria y ocurre cuando en el medio del nombramiento y la Asunción del cargo la esposa se va de viaje. Cuando esta vuelve lo encuentra alterado. El vínculo con su esposa lo protegía de la homosexualidad, del deseo que sentía por los hombres que lo rodeaban. Hay otro factor que podría entrar en cuenta y es el hecho de que no podían tener hijos. Esto se relaciona con el delirio de que Dios lo va a fecundar.
Tiene que haber algo más que una sensación de simpatía hacia un medico que pueda estallar en un hombre 8 años después y convertirse en la ocasión de una perturbación mental tan grave. Nos es difícil que la sensación de simpatía hacia el médico procediera de un proceso de transferencia, por lo cual una investidura de sentimiento es trasladada de una persona para el sustantivo a la del médico, de modo que este es un sustituto de alguien mucho más próximo al enfermo. El médico le ha hecho recordar a la esencia de su hermano o de su padre.
La ocasión de la enfermedad fue entonces la emergencia de una fantasía de deseo femenina (homosexual pasiva) cuyo objeto era la persona del médico. La personalidad del enfermo le contrapuso una intensa resistencia, o la lucha defensiva escogió la forma de un delirio de persecución. El ansiado devino entonces perseguidor y el contenido del deseo de la fantasía paso a ser el de la persecución. Lo que singulariza al caso Schreber es el desarrollo que cobró y la mudanza que sufrió en el curso de ese desarrollo. Uno de esos cambios consiste en la sustitución de Flechsig por la persona superior de Dios. Ello prepara el segundo cambio y, así, la solución del conflicto. Si era insoportable avenirse al papel de la mujerzuela frente al médico, la tarea de ofrecer al propio Dios la voluptuosidad que busca no tropieza con igual resistencia del yo. La castración deja de ser insultante ya que deviene acorde al orden del universo. El yo es resarcido por la manía de grandeza y la fantasía de deseo femenina se ha abierto paso, ha sido afectada.
Si el perseguidor Flechsig fue antaño una persona amada, tampoco Dios es más que el retorno de otra persona amada pero más sustantiva. Esa otra persona no puede ser más que el padre con lo cual Flechsig es forzado hacia el papel del hermano.
Para que la introducción del padre en el delirio de Schreber nos parezca justificada hay que tener en cuenta los rarísimos rasgos que se hallaron en el Dios del enfermo y en la relación entre estos. Era la mas asombrosa crítica blasfema y rebeldía con respetuosa devoción: Dios no era capaz de aprender por experiencia, no conocía a los hombres vivos porque solo sabia tratar con cadáveres.

El padre de Schreber era un medico muy importante, un padre así no era por cierto inapropiado para ser transfigurado en Dios en el recuerdo tierno del hijo, de quien fue arrebatado tan temprano por la muerte. Conocemos con exactitud la postura del varón frente a su padre; contiene la misma alianza entre sumisión respetuosa y rebelión que hemos hallado en la relación de Schreber con Dios.
También el caso Schreber nos muestra el terreno del complejo paterno. Conflicto infantil con el padre amado. En estas vivencias infantiles el padre aparece como perturbador de la satisfacción buscada por el niño. En el desenlace del delirio, la fantasía sexual infantil celebra un triunfo grandioso; la voluptuosidad misma es dictada por el temor de Dios, y Dios mismo (padre) no deja de exigírsela al enfermo. La más temida amenaza del padre, la castración, ha prestado su material a la fantasía de deseo de la mudanza en mujer, combatida primero y aceptada después.
La fantasía de deseo se entrama con una frustración, una privación en la vida real y objetiva. Schreber nos confiesa una privación así, su matrimonio no le dio hijos, sobre todo un varón que lo habría compensado por la pérdida del padre y del hermano y hacia quien pudiera afluir la ternura homosexual manifiesta.
Acaso el doctor Schreber forjó la fantasía de que si él fuera mujer seria más apto para tener hijos, y así halo el camino para resituarse en la postura femenina frente al padre de la primera infancia. Entonces el posterior delirio según el cual por su castración el mundo se poblaría de “hombres nuevos de espíritu Schreberiano”, estaba destinado a remediar su falta de hijos.

El caso del Hombre de las Ratas



El análisis de un caso de neurosis obsesiva (1909), también llamado el caso del Hombre de las Ratas, pertenece al volumen X de las obras completas de Sigmund Freud en la traducción de Luis López Ballesteros. La neurosis obsesiva es especialmente interesante para descubrir el funcionamiento del inconsciente. En este breve texto Freud presenta el historial clínico y el tratamiento exitoso de un joven paciente, Ernst Lanzer (1878-1914), así como algunas reflexiones generales sobre los procesos anímicos obsesivos.

El paciente se presenta en la consulta afirmando que en los últimos cuatro años ha estado padeciendo miedos injustificados respecto a su madre y su novia además de impulsos suicidas y supersticiones varias. Como es habitual Freud busca el origen de la patología en su sexualidad infantil y descubre en ella el germen del trastorno obsesivo. Desde muy temprano el sujeto experimenta junto al deseo obsesivo de ver una mujer desnuda el temor irracional de que su padre morirá y, a continuación, el despliegue de acciones absurdas para castigarse por haber tenido esa idea.

El desencadenante de la crisis obsesiva del paciente tuvo lugar mientras hacía el servicio militar. Uno de sus superiores, de tendencias algo sádicas, le describió un modo de tortura en el que “se adaptaba a las nalgas un recipiente y se metían en él unas cuantas ratas, que luego…se le iban introduciendo…”. Entonces el paciente tuvo la idea de que ese tormento le fuese aplicado a su novia y a su padre. Al día siguiente su superior le entregó un paquete postal advirtiéndole de que debía pagar el reembolso al teniente A. Pero inmediatamente surgió en él la idea de que si devolvía ese dinero realmente su padre y su novia serían torturados. Y quedó preso del dilema entre la obligación de devolver el dinero y el temor a hacerlo, lo cual degeneró en un viaje surrealista en tren en el que está a punto de bajarse en cada estación con la intención de volver a la oficina de correos para hacer la devolución.

¿Cómo explicar esa irrupción de hostilidad hacia sus seres más queridos? ¿Qué se esconde detrás de la obsesión con la devolución del dinero? Freud vuelve a indagar en la infancia y consigue que el paciente recuerde que tales impulsos hostiles tienen allí su origen. Recuerda que a los doce años se había enamorado de una niña que no le hacía demasiado caso así que fantaseó con que si su padre muriera quizás ella le prestaría más atención. Pensar que puede haber deseado la muerte de su padre desata en él arrebatos de culpa y vergüenza. Freud le explica que a un intenso cariño consciente le corresponde un intenso odio reprimido. Si el cariño no extingue al odio este permanece agazapado en el inconsciente escapándose de vez en cuando.

La hostilidad reprimida hacia su novia se escondía detrás de sus impulsos suicidas. Por ejemplo, en una ocasión en la que estaba prisionero de sus estudios, su novia tuvo que abandonarlo para cuidar a su abuela enferma. Su primera reacción fue desear la muerte de la vieja y, a continuación, imponerse el suicidio como castigo. Otro ejemplo, durante un verano su novia se había ido a un balneario acompañada por un primo suyo, Dick, que la cortejaba. Los celos se manifestaron en la normal fantasía de muerte de Dick acompañada de sanciones como un estricto régimen de adelgazamiento que incluía “correr sin sombrero por las calles bajo el ardiente sol de agosto y a subir las pendientes de la montaña a paso gimnástico, hasta que la fatiga le hacía detenerse bañado en sudor”. Esta manía senderista podía concluir con la tentación de arrojarse desde un precipicio.

Otras actividades obsesivas relacionadas con la amada fueron, por ejemplo, las siguientes: mientras navegaban en barco le ponía siempre una gorra para evitar que le sucediera algo, o en medio de una tormenta tenía que contar hasta 40 o 50 entre trueno y relámpago, o, y esta es la más interesante, el día en que su novia se marchó el sujeto tropezó con una piedra en el camino y decidió retirarla para evitar que el coche de su amada volcara por su culpa. Sin embargo, minutos después regresó para colocarla en su sitio pensando que esas manías suyas no tenían sentido. En este caso se observa claramente que la “obsesión protectora puede sólo significar una reacción -remordimiento y penitencia- contra un impulso antitético, y, por tanto, hostil”. Es decir, en primer lugar retira la piedra para protegerla lo que significa que le guarda rencor por haberse ido y, a continuación, la coloca en su sitio alegando que ha sido estúpido moverla, pero, en realidad, está dando rienda suelta de nuevo a su hostilidad.

Este conflicto entre amor y odio se manifestó también en sus rezos. Durante una temporada religiosa se impuso la obligación de rezar, tarea que cada vez le llevaba más tiempo, pues en sus oraciones se introducían deseos hostiles y blasfemias.

Pero volvamos al conflicto principal,  ¿por qué fantasea el sujeto con que las ratas ataquen a su padre y a su novia? La palabra Ratten (ratas) está asociada a Raten, plazos o dinero, es decir, la herencia que obtendría de su padre cuando este muriera, dinero que le permitiría sellar su compromiso con su novia. Está claro que el padre aparece como un obstáculo para su vida amorosa y de ahí la fantasía sádica. Asimismo, dentro del universo simbólico del paciente, las ratas eran niños, la rata “roe y muerde y con dientes agudos, se muestra sucia, glotona y agresiva” y es castigada por el hombre. Esto saca a la luz el hecho de que a su novia le habían extirpado los ovarios y no podía tener hijos. Aunque incapaz de reconocerlo, experimentaba cierta hostilidad hacia ella por su esterilidad, de ahí la fantasía de las ratas.

¿Y la devolución del dinero?  El paciente sabía muy bien que a quien adeudaba el dinero no era a ningún teniente sino a la joven y bonita dependienta de la oficina de correos. Devolver el dinero significaba, por tanto, abandonar a su novia por otra más fértil.

Del caso del Hombre de las Ratas Freud extrae algunas lecciones generales sobre el comportamiento obsesivo. Por ejemplo, su ambivalencia respecto a la superstición. El obsesivo suele ser lo suficientemente inteligente como para desechar todas las supersticiones populares, pero vive preso de sus propias reglas absurdas. Asimismo la dualidad amor-odio en que se debate suele tener como consecuencia la parálisis de la voluntad así que suelen ser personas que dilatan al máximo dar solución a sus problemas y fantasean con la muerte propia o de otros para no tener que hacerles frente. El combate amor-odio en que vive le conduce, por lo general, a una disociación de la personalidad. Así, por un lado, bondadoso, alegre, reflexivo e inteligente, y por otro, sádico, perverso y violento. En medio, tristemente sometido a constantes rituales absurdos para ahuyentar la culpa.


El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía, lo dota de grandes montos de afecto.
El adulto se avergüenza de sus fantasías y se esconde de los otros, las cría como sus intimidades mas personales, por lo común preferiría confesar sus faltas a comunicar sus fantasías.
El jugar del niño estaba dirigido por deseos: ser grande y adulto. Imita en el juego lo que le ha devenido familiar de la vida de los mayores.
El dichoso nunca fantasea, solo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad.

Sigmund Freud
El creador literario y el fantaseo”. Obras Completas, Amorrortu. Tomo IX

El caso del Hombre de los Lobos


Sergei Pankejeff, el hombre de los lobos, con su esposa en 1910


Historia de una neurosis infantil, más conocida como el caso del Hombre de los Lobos, fue escrita en 1914 y publicada en 1918. Está incluida en el volumen XVII de las obras completas. En ella Freud expone el caso de Sergei Pankejeff (1886-1979), aristócrata ruso al que atiende de 1910 a 1914. Pankejeff, tras haber contraído una infección gonorreica a los dieciocho años, había desarrollado una severa neurosis caracterizada por la parálisis de los movimientos intestinales necesarios para la defecación, depresión y trastorno obsesivo. Los diez años anteriores al contagio sexual habían sido normales para el paciente pero durante su infancia había sufrido una grave perturbación neurótica compuesta de zoofobia y trastorno obsesivo de contenido religioso. Freud va a centrarse en los trastornos infantiles del paciente pues está convencido de que las neurosis adultas tienen sus raíces en el desarrollo de la sexualidad infantil. 

El paciente relata a Freud que, habiendo sido hasta los cuatro años un niño totalmente normal, a partir de ese momento sufrió una alteración del carácter y se mostraba siempre “descontento, excitable y rabioso; todo le irritaba y en tales casos gritaba y pateaba salvajemente”. Esta transformación parece coincidir en el tiempo con un miedo feroz a los animales que su hermana aprovechaba para atormentarle. Solía mostrarle una estampa de un libro de cuentos en la que aparecía un lobo andando a dos pies, estampa que desencadenaba en él verdadero terror. Estos miedos se transformaron en un trastorno obsesivo de contenido religioso. Antes de dormir tenía que rezar durante horas, santiguarse numerosas veces y besar todas las estampas religiosas que colgaban de las paredes. Sin embargo, al tiempo que rezaba no podía dejar de blasfemar, lo que le obligaba por penitencia a prolongar infinitamente sus rezos. Así, por ejemplo, asociaba a Dios con las palabras cochino o basura y a la Santísima Trinidad con tres montones de estiércol. En aquella época también ejecutaba un curioso ritual: cuando veía a algún mendigo o enfermo respiraba profundamente y luego expiraba como para expulsar de sí su mala influencia.

Pankejeff comunica durante la terapia extraños sueños en los que aparece agrediendo a su hermana y arrancándole sus velos o algo así. Estos sueños hacen emerger un recuerdo verdadero antitético, es decir, un recuerdo en el que él era agredido por su hermana y quedaba cuestionada su masculinidad. Había ocurrido que a los tres años y medio su hermana le había cogido el miembro y había jugueteado con él diciéndole que aquello era normal y que su amada chacha lo hacía con todo el mundo. Cuando en la pubertad intentó aproximarse físicamente a su hermana y esta lo rechazó, el sujeto, para vengarse de ella, rebajarla y reafirmarse, se aficionó a las criadas, de inteligencia inferior a la suya.

El intento de seducción de la hermana no le produjo sino asco así que orientó su libido hacia la chacha. Empezó a juguetear con su miembro delante de ella pero esta lo rechazó y le advirtió que a los niños que hacían eso se les quedaba en aquel sitio una herida. Es el primer aviso de castración, un elemento decisivo en la posterior investigación de Freud. Este fracaso impidió su correcto desarrollo sexual y experimentó una regresión a la fase anal en su vertiende sádica: se dedicó a matratar cruelmente a su chacha y a los animales, arrancando las alas a las moscas, pisoteando escarabajos, cortando en pedazos las orugas… Sin embargo, también estaba presente el tipo masoquista de la fase anal: fantaseaba con niños a los que los azotaban en su miembro. Y esto nos lleva al tercer objeto de su corta vida sexual: su padre. Había pasado de su hermana a la chacha para terminar en su padre, al que molestaba con su maldad para obligarlo a castigarle.

Esta etapa de maldad y perversidad se trunca por causa de un sueño que le provocará en adelante una intensa angustia, es el sueño de los lobos.

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales. Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…. y desperté. Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

El único movimiento del sueño fue el de abrirse la ventana, pues los lobos permanecieron quietos en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, y mirándome. Parecía como si toda su atención estuviera fija en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría por entonces tres o cuatro años, cinco a lo más. Desde esta noche hasta mis once o doce años tuve siempre miedo de ver algo terrible en sueños.» El sujeto dibujó la imagen de su sueño tal y como la había descrito.


 Dibujo de Sergei Pankejeff del sueño de los lobos. Museo Freud, Londres.

Aunque el papel terrorífico del lobo en cuentos infantiles como Caperucita Roja puede estar asociado al sueño, la “tenaz sensación de realidad” con la que el sujeto lo experimenta le indica a Freud que debe buscar en otro lugar diferente su significado. Cree, por sus estudios sobre la interpretación de los sueños, que la sensación de realidad revela que existe un material latente que aspira a ser recordado como real y no mera fantasía. La quietud de los lobos es, a su vez la transfiguración por antítesis de algún episodio violento. Sus largas colas son símbolos fálicos y con ellas se relaciona una historia contada en aquella época por su abuelo en la que un lobo pierde la cola. Otra vez la castración. El lobo, por último, en tanto que inspira miedo y respeto, parece simbolizar al padre. Con todos estos elementos Freud cree que el sueño esconde la contemplación a una edad temprana por parte de Pankejeff de la “escena primordial“, el coito entre sus padres. Además en una posición especialmente significativa pues deja a la vista los genitales, “erguido el padre, y agachada, en posición animal, la madre”, coitus a tergo, more ferarum. Una de las consecuencias futuras de esta visión que apoya la interpretación de Freud es que el sujeto desarrollará un impulso obsesivo, inexplicable y irreprimible hacia las mujeres que adopten esa postura. Uno de tales furiosos impulsos le costará la gonorrea anteriormente citada. El miedo al lobo, que tanto angustiaba a Pankejeff, era, según Freud, una advertencia del yo contra el secreto deseo de adoptar el papel de la madre, un papel sexualmente pasivo, homosexual y, por tanto, castrante.