martes, 27 de noviembre de 2012

El caso del Hombre de las Ratas



El análisis de un caso de neurosis obsesiva (1909), también llamado el caso del Hombre de las Ratas, pertenece al volumen X de las obras completas de Sigmund Freud en la traducción de Luis López Ballesteros. La neurosis obsesiva es especialmente interesante para descubrir el funcionamiento del inconsciente. En este breve texto Freud presenta el historial clínico y el tratamiento exitoso de un joven paciente, Ernst Lanzer (1878-1914), así como algunas reflexiones generales sobre los procesos anímicos obsesivos.

El paciente se presenta en la consulta afirmando que en los últimos cuatro años ha estado padeciendo miedos injustificados respecto a su madre y su novia además de impulsos suicidas y supersticiones varias. Como es habitual Freud busca el origen de la patología en su sexualidad infantil y descubre en ella el germen del trastorno obsesivo. Desde muy temprano el sujeto experimenta junto al deseo obsesivo de ver una mujer desnuda el temor irracional de que su padre morirá y, a continuación, el despliegue de acciones absurdas para castigarse por haber tenido esa idea.

El desencadenante de la crisis obsesiva del paciente tuvo lugar mientras hacía el servicio militar. Uno de sus superiores, de tendencias algo sádicas, le describió un modo de tortura en el que “se adaptaba a las nalgas un recipiente y se metían en él unas cuantas ratas, que luego…se le iban introduciendo…”. Entonces el paciente tuvo la idea de que ese tormento le fuese aplicado a su novia y a su padre. Al día siguiente su superior le entregó un paquete postal advirtiéndole de que debía pagar el reembolso al teniente A. Pero inmediatamente surgió en él la idea de que si devolvía ese dinero realmente su padre y su novia serían torturados. Y quedó preso del dilema entre la obligación de devolver el dinero y el temor a hacerlo, lo cual degeneró en un viaje surrealista en tren en el que está a punto de bajarse en cada estación con la intención de volver a la oficina de correos para hacer la devolución.

¿Cómo explicar esa irrupción de hostilidad hacia sus seres más queridos? ¿Qué se esconde detrás de la obsesión con la devolución del dinero? Freud vuelve a indagar en la infancia y consigue que el paciente recuerde que tales impulsos hostiles tienen allí su origen. Recuerda que a los doce años se había enamorado de una niña que no le hacía demasiado caso así que fantaseó con que si su padre muriera quizás ella le prestaría más atención. Pensar que puede haber deseado la muerte de su padre desata en él arrebatos de culpa y vergüenza. Freud le explica que a un intenso cariño consciente le corresponde un intenso odio reprimido. Si el cariño no extingue al odio este permanece agazapado en el inconsciente escapándose de vez en cuando.

La hostilidad reprimida hacia su novia se escondía detrás de sus impulsos suicidas. Por ejemplo, en una ocasión en la que estaba prisionero de sus estudios, su novia tuvo que abandonarlo para cuidar a su abuela enferma. Su primera reacción fue desear la muerte de la vieja y, a continuación, imponerse el suicidio como castigo. Otro ejemplo, durante un verano su novia se había ido a un balneario acompañada por un primo suyo, Dick, que la cortejaba. Los celos se manifestaron en la normal fantasía de muerte de Dick acompañada de sanciones como un estricto régimen de adelgazamiento que incluía “correr sin sombrero por las calles bajo el ardiente sol de agosto y a subir las pendientes de la montaña a paso gimnástico, hasta que la fatiga le hacía detenerse bañado en sudor”. Esta manía senderista podía concluir con la tentación de arrojarse desde un precipicio.

Otras actividades obsesivas relacionadas con la amada fueron, por ejemplo, las siguientes: mientras navegaban en barco le ponía siempre una gorra para evitar que le sucediera algo, o en medio de una tormenta tenía que contar hasta 40 o 50 entre trueno y relámpago, o, y esta es la más interesante, el día en que su novia se marchó el sujeto tropezó con una piedra en el camino y decidió retirarla para evitar que el coche de su amada volcara por su culpa. Sin embargo, minutos después regresó para colocarla en su sitio pensando que esas manías suyas no tenían sentido. En este caso se observa claramente que la “obsesión protectora puede sólo significar una reacción -remordimiento y penitencia- contra un impulso antitético, y, por tanto, hostil”. Es decir, en primer lugar retira la piedra para protegerla lo que significa que le guarda rencor por haberse ido y, a continuación, la coloca en su sitio alegando que ha sido estúpido moverla, pero, en realidad, está dando rienda suelta de nuevo a su hostilidad.

Este conflicto entre amor y odio se manifestó también en sus rezos. Durante una temporada religiosa se impuso la obligación de rezar, tarea que cada vez le llevaba más tiempo, pues en sus oraciones se introducían deseos hostiles y blasfemias.

Pero volvamos al conflicto principal,  ¿por qué fantasea el sujeto con que las ratas ataquen a su padre y a su novia? La palabra Ratten (ratas) está asociada a Raten, plazos o dinero, es decir, la herencia que obtendría de su padre cuando este muriera, dinero que le permitiría sellar su compromiso con su novia. Está claro que el padre aparece como un obstáculo para su vida amorosa y de ahí la fantasía sádica. Asimismo, dentro del universo simbólico del paciente, las ratas eran niños, la rata “roe y muerde y con dientes agudos, se muestra sucia, glotona y agresiva” y es castigada por el hombre. Esto saca a la luz el hecho de que a su novia le habían extirpado los ovarios y no podía tener hijos. Aunque incapaz de reconocerlo, experimentaba cierta hostilidad hacia ella por su esterilidad, de ahí la fantasía de las ratas.

¿Y la devolución del dinero?  El paciente sabía muy bien que a quien adeudaba el dinero no era a ningún teniente sino a la joven y bonita dependienta de la oficina de correos. Devolver el dinero significaba, por tanto, abandonar a su novia por otra más fértil.

Del caso del Hombre de las Ratas Freud extrae algunas lecciones generales sobre el comportamiento obsesivo. Por ejemplo, su ambivalencia respecto a la superstición. El obsesivo suele ser lo suficientemente inteligente como para desechar todas las supersticiones populares, pero vive preso de sus propias reglas absurdas. Asimismo la dualidad amor-odio en que se debate suele tener como consecuencia la parálisis de la voluntad así que suelen ser personas que dilatan al máximo dar solución a sus problemas y fantasean con la muerte propia o de otros para no tener que hacerles frente. El combate amor-odio en que vive le conduce, por lo general, a una disociación de la personalidad. Así, por un lado, bondadoso, alegre, reflexivo e inteligente, y por otro, sádico, perverso y violento. En medio, tristemente sometido a constantes rituales absurdos para ahuyentar la culpa.


El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía, lo dota de grandes montos de afecto.
El adulto se avergüenza de sus fantasías y se esconde de los otros, las cría como sus intimidades mas personales, por lo común preferiría confesar sus faltas a comunicar sus fantasías.
El jugar del niño estaba dirigido por deseos: ser grande y adulto. Imita en el juego lo que le ha devenido familiar de la vida de los mayores.
El dichoso nunca fantasea, solo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad.

Sigmund Freud
El creador literario y el fantaseo”. Obras Completas, Amorrortu. Tomo IX

El caso del Hombre de los Lobos


Sergei Pankejeff, el hombre de los lobos, con su esposa en 1910


Historia de una neurosis infantil, más conocida como el caso del Hombre de los Lobos, fue escrita en 1914 y publicada en 1918. Está incluida en el volumen XVII de las obras completas. En ella Freud expone el caso de Sergei Pankejeff (1886-1979), aristócrata ruso al que atiende de 1910 a 1914. Pankejeff, tras haber contraído una infección gonorreica a los dieciocho años, había desarrollado una severa neurosis caracterizada por la parálisis de los movimientos intestinales necesarios para la defecación, depresión y trastorno obsesivo. Los diez años anteriores al contagio sexual habían sido normales para el paciente pero durante su infancia había sufrido una grave perturbación neurótica compuesta de zoofobia y trastorno obsesivo de contenido religioso. Freud va a centrarse en los trastornos infantiles del paciente pues está convencido de que las neurosis adultas tienen sus raíces en el desarrollo de la sexualidad infantil. 

El paciente relata a Freud que, habiendo sido hasta los cuatro años un niño totalmente normal, a partir de ese momento sufrió una alteración del carácter y se mostraba siempre “descontento, excitable y rabioso; todo le irritaba y en tales casos gritaba y pateaba salvajemente”. Esta transformación parece coincidir en el tiempo con un miedo feroz a los animales que su hermana aprovechaba para atormentarle. Solía mostrarle una estampa de un libro de cuentos en la que aparecía un lobo andando a dos pies, estampa que desencadenaba en él verdadero terror. Estos miedos se transformaron en un trastorno obsesivo de contenido religioso. Antes de dormir tenía que rezar durante horas, santiguarse numerosas veces y besar todas las estampas religiosas que colgaban de las paredes. Sin embargo, al tiempo que rezaba no podía dejar de blasfemar, lo que le obligaba por penitencia a prolongar infinitamente sus rezos. Así, por ejemplo, asociaba a Dios con las palabras cochino o basura y a la Santísima Trinidad con tres montones de estiércol. En aquella época también ejecutaba un curioso ritual: cuando veía a algún mendigo o enfermo respiraba profundamente y luego expiraba como para expulsar de sí su mala influencia.

Pankejeff comunica durante la terapia extraños sueños en los que aparece agrediendo a su hermana y arrancándole sus velos o algo así. Estos sueños hacen emerger un recuerdo verdadero antitético, es decir, un recuerdo en el que él era agredido por su hermana y quedaba cuestionada su masculinidad. Había ocurrido que a los tres años y medio su hermana le había cogido el miembro y había jugueteado con él diciéndole que aquello era normal y que su amada chacha lo hacía con todo el mundo. Cuando en la pubertad intentó aproximarse físicamente a su hermana y esta lo rechazó, el sujeto, para vengarse de ella, rebajarla y reafirmarse, se aficionó a las criadas, de inteligencia inferior a la suya.

El intento de seducción de la hermana no le produjo sino asco así que orientó su libido hacia la chacha. Empezó a juguetear con su miembro delante de ella pero esta lo rechazó y le advirtió que a los niños que hacían eso se les quedaba en aquel sitio una herida. Es el primer aviso de castración, un elemento decisivo en la posterior investigación de Freud. Este fracaso impidió su correcto desarrollo sexual y experimentó una regresión a la fase anal en su vertiende sádica: se dedicó a matratar cruelmente a su chacha y a los animales, arrancando las alas a las moscas, pisoteando escarabajos, cortando en pedazos las orugas… Sin embargo, también estaba presente el tipo masoquista de la fase anal: fantaseaba con niños a los que los azotaban en su miembro. Y esto nos lleva al tercer objeto de su corta vida sexual: su padre. Había pasado de su hermana a la chacha para terminar en su padre, al que molestaba con su maldad para obligarlo a castigarle.

Esta etapa de maldad y perversidad se trunca por causa de un sueño que le provocará en adelante una intensa angustia, es el sueño de los lobos.

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales. Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…. y desperté. Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

El único movimiento del sueño fue el de abrirse la ventana, pues los lobos permanecieron quietos en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, y mirándome. Parecía como si toda su atención estuviera fija en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría por entonces tres o cuatro años, cinco a lo más. Desde esta noche hasta mis once o doce años tuve siempre miedo de ver algo terrible en sueños.» El sujeto dibujó la imagen de su sueño tal y como la había descrito.


 Dibujo de Sergei Pankejeff del sueño de los lobos. Museo Freud, Londres.

Aunque el papel terrorífico del lobo en cuentos infantiles como Caperucita Roja puede estar asociado al sueño, la “tenaz sensación de realidad” con la que el sujeto lo experimenta le indica a Freud que debe buscar en otro lugar diferente su significado. Cree, por sus estudios sobre la interpretación de los sueños, que la sensación de realidad revela que existe un material latente que aspira a ser recordado como real y no mera fantasía. La quietud de los lobos es, a su vez la transfiguración por antítesis de algún episodio violento. Sus largas colas son símbolos fálicos y con ellas se relaciona una historia contada en aquella época por su abuelo en la que un lobo pierde la cola. Otra vez la castración. El lobo, por último, en tanto que inspira miedo y respeto, parece simbolizar al padre. Con todos estos elementos Freud cree que el sueño esconde la contemplación a una edad temprana por parte de Pankejeff de la “escena primordial“, el coito entre sus padres. Además en una posición especialmente significativa pues deja a la vista los genitales, “erguido el padre, y agachada, en posición animal, la madre”, coitus a tergo, more ferarum. Una de las consecuencias futuras de esta visión que apoya la interpretación de Freud es que el sujeto desarrollará un impulso obsesivo, inexplicable y irreprimible hacia las mujeres que adopten esa postura. Uno de tales furiosos impulsos le costará la gonorrea anteriormente citada. El miedo al lobo, que tanto angustiaba a Pankejeff, era, según Freud, una advertencia del yo contra el secreto deseo de adoptar el papel de la madre, un papel sexualmente pasivo, homosexual y, por tanto, castrante.

La mujer Freudiana


La pregunta freudiana: ¿Que quiere la mujer? Presenta a la mujer como un enigma, que por definición insinúa una significación fálica.
 Freud se refiere a la mujer como al “continente negro”, acepta que ella represente el límite de su saber. Frente a esa otredad intenta decir algo, describirla, explicarla con el cuerpo epistémico del psicoanálisis, que se apoya en la función central del falo en lo que se refiere a la construcción del aparato psíquico. Freud tiene claro que esto es problemático y lo enuncia en no pocas ocasiones.
 En su artículo: “La feminidad” dice:
 “El psicoanálisis no pretende describir que es la mujer, esta es una tarea casi imposible para el”.
 Al final de su articulo “Sobre la sexualidad femenina” dice:
 “Tal vez todo esto suene confuso y contradictorio, pero apenas es posible una exposición universalmente valida”.
 Se podría decir que Freud se topa con la imposibilidad del saber frente al goce, y en especial frente al goce femenino. Pero Freud no retrocede frente a lo imposible.
 Al igual que Hans, hace del falo un instrumento epistémico y con el investiga e intenta contestar acerca de la conformación de la feminidad, estudia el influjo de la falta de pene en dicho sujeto: la mujer.
 Para poder decir “no hay”, en tanto en lo real del cuerpo de la niña no falta nada, es necesario el registro simbólico que funcione, que permite escribir una regla, una exigencia lógica que afirme la universalidad del falo. Solo así ese “no hay” tiene sentido. Cuando Freud intenta explicar mediante este descubrimiento que es una mujer, las mujeres indignadas reaccionaron en gran escándalo. ¡¿Como pretende explicar la esencia femenina hablando del falo que les falta?!
 Pero Freud no se apoyaba solo en la anatomía. Freud construyó siempre su teoría basándose en el discurso de sus pacientes. Tal vez no es agradable de aceptar, pero son las mismas mujeres que lo llevaron a describir así el desarrollo de la sexualidad femenina. Es cierto, eran neuróticas, histéricas en su mayoría, algunas obsesivas. Pero en sus decires la mujer freudiana se perfila como queriendo ser igual al varón, reivindicativa y envidiosa, o sometida y rebajada, pero no sin quejarse de ello, madre amante, esposa insatisfecha, hija enamorada de su padre y en catastrófica lucha contra su madre, con un súper yo flojo que la ubica mas bien como representando al ello, se interesa mas que nada en el amor, el deseo y el goce, mostrando menos interés social que el hombre y mucho menos proclive a la idealización.
 El camino hacia la feminidad lograda es tortuoso y complicado.
 Freud afirma, no sin sorpresa, en su articulo:”Sobre la sexualidad femenina” que no hay paralelismo uniforme entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.
 Lo impacta descubrir la importancia y duración de la relación pre-edípica con la madre, hasta tal punto que esto lo lleva casi hasta cuestionar la validez del Complejo de Edipo para entender el desarrollo sexual en la niña. Pero aclarando que no son paralelos los desarrollos, logra usar el edificio teórico y nos dice, que a diferencia del varón, el Complejo de castración es lo que finalmente aleja a la niña de su madre y le da a esta relación el carácter hostil que lo suele caracterizar, marcando así la entrada de la niña en el Edipo. Le resulta más complicado explicar su salida del Complejo de Edipo.
 Ausente la angustia de castración, falta el motivo que empuja al varón a superar el Complejo de Edipo. La niña sigue por tiempo indefinido.”
 Al final de este increíble trayecto hecho de desencantos y sustituciones, en la cumbre de la feminidad Freud ubica a la madre, que acepto sustituir su envidia de pene por el deseo de un hijo. 
Conclusión que revela que Freud nos deja un camino para seguir abordando la cuestión de la feminidad. Así como nos demuestra la mujer por (LA ENVIDIA DEL PENE) como  la expresión imaginaria de la envidia que causa el otro (del mismo sexo o no) como un (Goce Otro), que no todo él está dentro la función fálica.  Así Freud marca la distinción de la función fálica y la envidia del pene como la expresión sintomática ante el hecho de este goce imposible de escribir.


Bibliografia

Freud, S., Sobre la sexualidad femenina" (1931), en: Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu, tomo XXI.

(1932), "33ª conferencia. La feminidad", en: Obras Completas, Buenos Aires: Amorrortu, tomo  
XXII. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012


Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar t: 115%;">¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

“Jorge Luis Borges”

viernes, 16 de noviembre de 2012


"Para el hombre, a menos que haya castración, es decir, algo que dice no a la función fálica, no existe ninguna posibilidad de que goce del cuerpo de la mujer, en otras palabras, que haga el amor".

Jacques Lacan seminario 20 "Aún"




martes, 13 de noviembre de 2012

Más allá del amor

Todo nos amenaza:
el tiempo, que en vivientes fragmentos divide al que fui del que seré,
como el machete a la culebra;
la conciencia, la transparencia traspasada,
la mirada ciega de mirarse mirar;
las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba, el agua, la piel;
nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.

Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,
ni el delirio y su espuma profética,
ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan.
Más allá de nosotros,
en las fronteras del ser y el estar,
una vida más vida nos reclama.

Afuera la noche respira, se extiende,
llena de grandes hojas calientes,
de espejos que combaten:
frutos, garras, ojos, follajes,
espaldas que relucen,
cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
de tanta vida que se ignora y se entrega:
tú también perteneces a la noche.
Extiéndete, blancura que respira,
late, oh estrella repartida, copa,
pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,
pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.

 “Octavio Paz” 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Entrevista al Dr. Sigmund Freud


"El valor de la vida"


Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylvester Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los alpes suizos.
Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de 'Psychoanalysis and the Fut', en New York en 1957.

Fue traducida del ingles al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Angel Arce.

S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca.

Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.

S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.

(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).

S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.

S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mi o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.

George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?

S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.

(Estábamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía)

S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.

George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?

S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.

George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?

S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?

George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?

S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará.
Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.

George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. El encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. El cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.

S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro de nosotros. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: 'Más allá del principio del placer' En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante.
Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la 'fiebre llamada vivir'. El deseo puede ser encubierto por disgresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.

George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el autoexterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.

S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la via directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).

George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?

S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis como ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.

George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?

S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.

George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?

S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver....
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)

George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?

S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.

George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. 'Tout comprendre c'est tou pardonner'.

S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.

(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, porque él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).

S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto anti-semita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. En tanto no precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)

George Sylvester Viereck: Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!

S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.

George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!

S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la 'caza de los leones'. Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw....

George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.

S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mi, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él)

George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.

S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión)

George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.

S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.

George Sylvester Viereck: ¿Por qué?

S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.

George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.

S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡El sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!

George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis, no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.

S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.

George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue mas compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.

S. Freud: El psicoanálisis por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.

George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.

S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.

George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del 'desplazamiento', de la 'sexualidad infantil', de los 'simbolismos de los sueños', etc.- parecen permanentes.

S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?

S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: 'Más todo faltaría si faltase el sexo' (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está 'más allá' del placer -la muerte, la negociación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:

Whatever gods there be,
That no life lives forever
And even the weariest river
Wind somewhere safe to sea.
'Cualesquiera dioses que existan
Que la vida ninguna viva para siempre
Que los muertos jamás se levanten
Y también el río más cansado
Desagüe tranquilo en el mar'

George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.

S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. El hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del movil de todas las cosas humanas, que emanan de sus piezas el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro bajo la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.

George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dió nuevas intensidades a la literatura.

S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. El Zaratustra dice: 'El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad'. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los
Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es ni siquiera un poeta, es también un científico.

George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O'Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O'Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. 'The Silver Cord' por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.

S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente. La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis. Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los
Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro. ¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. El oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad! Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. El me pareció cansado y triste al darme el adiós. 'No me haga parecer un pesimista -dice Freud después de un apretón de manos. Yo no tengo desprecio por el mundo. Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores!
No soy infelíz, al menos no más infelíz que otros'. El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación.
Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia....

George Sylvester Viereck periodista del 'Journal of Psychology' año 1926 publicada en N.York en 1957