lunes, 20 de mayo de 2013






Lacan en Televisión habla de las famosas concesiones que las mujeres pueden llegar a hacer a los hombres, y dice: “no son todas, es decir locas del todo, sino más bien acomodaticias: hasta el punto que no hay límite a las concesiones que cada una hace para un hombre” “de su cuerpo, de su alma, de sus bienes”. Esta frase que comienza con un “No hay límite a las concesiones... termina sin embargo con un “hay, está el limite”, pasados los lindes está el límite. ¿Cómo entender este pasaje de “No hay límites” a está el límite? Si seguimos la lectura del texto veremos que Lacan habla de la mascarada femenina, que consiste en disfrazarse de objeto, en disfrazarse de atrapa-deseo. (atrapa-fantasma), la formula de este deseo sería “ser la hora de la verdad para un hombre”. “La hora de la verdad” es la hora en que el fantasma del hombre encuentra el objeto que lo satisface.  
Lacan continúa diciendo que no es excesivo comparar a la mujer con la verdad en tanto que ni la mujer es toda, ni la verdad puede decirse toda. Y es en esa posición de no-toda que la mujer pide “algo” más, “exigiendo que el acto tenga aires de sexo”, que él no puede sostener, es el fracaso: rayado como hoja de música. ¿Qué son estos aires de sexo que él no puede sostener? Lo que él no puede sostener en el acto sexual es conseguir que el acto sexual de al sujeto la certidumbre sobre el sexo al que pertenece y no puede porque esto es imposible no porque el sea impotente. No hay acto sexual que de a un sujeto la certidumbre de que sea de un sexo. A esta imposibilidad "No hay relación sexual". El acto sexual no identifica sexualmente a una mujer. A veces en el amor en el sentido sexual puede identificar a una mujer, no como La mujer, ni siquiera como una mujer, pero si como la mujer de tal, o la amante de tal otro, o la musa de aquel artista. La exigencia que habita el amor en este sentido, no resiste la prueba del acto, por lo que Lacan concluye diciendo que en el amor lo que cuenta es el signo. Lo mejor que se puede hacer es dar signos de amor. No más que eso y ahí está el límite.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Resumen de S. Freud (1931), Sobre la sexualidad femenina.



I

En la fase del complejo de Edipo normal encontramos al niño tiernamente prendado del progenitor de sexo contrario, mientras que en la relación con el de igual sexo prevalece la hostilidad. En el caso del varoncito la madre fue su primer objeto de amor. En la niña pequeña también la madre fue, por cierto, su primer objeto; ¿cómo halla entonces el camino hasta el padre? ¿Cómo, cuándo y por qué se desase de la madre? La tarea de resignar la zona genital originariamente rectora, el clítoris, por una nueva, la vagina, complica el desarrollo de la sexualidad femenina. Ahora se nos aparece una segunda mudanza de esa índole, el trueque del objeto-madre originario por el padre.
Dos hechos me llamaron sobre todo la atención. He aquí el primero: toda vez que existía una ligazón-padre particularmente intensa, había sido precedida, según el testimonio del análisis, por una fase de ligazón-madre exclusiva de igual intensidad y apasionamiento.
El segundo hecho enseñaba que habíamos subestimado también la duración de esa ligazón-madre. Más aún: era preciso admitir la posibilidad de que cierto número de personas del sexo femenino permanecieran atascadas en la ligazón-madre originaria y nunca produjeran una vuelta cabal hacia el varón.
Parece necesario privar de su carácter universal al enunciado según el cual el complejo de Edipo es el núcleo de la neurosis. De hecho, en el curso de esa fase el padre no es para la niña mucho más que un rival fastidioso, aunque la hostilidad hacia él nunca alcanza la altura característica para el varoncito. Hace mucho que hemos resignado toda expectativa de hallar un paralelismo uniforme entre el desarrollo sexual masculino y el femenino.
La primera ligazón-madre parece como si hubiera sucumbido a una represión particularmente despiadada.

II

He anticipado los dos hechos que me resultaron novedosos, a saber: que la intensa dependencia de la mujer respecto de su padre no es sino la heredera de una igualmente intensa ligazón-madre, y que esta fase anterior tuvo una duración inesperada.
En primer lugar, es innegable que la bisexualidad, que según nuestra tesis es parte de la disposición {constitucional} de los seres humanos, resalta con mucha mayor nitidez en la mujer que en el varón. En efecto, este tiene sólo una zona genésica rectora, un órgano genésico, mientras que la mujer posee dos de ellos: la vagina, propiamente femenina, y el clítoris, análogo al miembro viril. Nos consideramos autorizados a suponer que durante muchos años la vagina es como si no estuviese, y acaso sólo en la época de la pubertad proporciona sensaciones. Lo que precede a la genitalidad en la infancia, tiene que desenvolverse en la mujer en torno del clítoris. La vida sexual de la mujer se descompone por regla general en dos fases, de las cuales la primera tiene carácter masculino; sólo la segunda es la específicamente femenina.
Paralela a esta primera gran diferencia corre la otra en el campo del hallazgo de objeto. Para el varón, la madre deviene el primer objeto de amor a consecuencia del influjo del suministro de alimento y del cuidado del cuerpo, y lo seguirá siendo hasta que la sustituya un objeto de su misma esencia o derivado de ella. También en el caso de la mujer tiene que ser la madre el primer objeto. Es que las condiciones primordiales de la elección de objeto son idénticas para todos los niños. Pero al final del desarrollo el varón-padre debe haber devenido el nuevo objeto de amor; vale decir: al cambio de vía sexual de la mujer tiene que corresponder un cambio de vía en el sexo del objeto.
El inevitable destino del vínculo de simultáneo amor a uno de los progenitores y odio al rival se establece sólo para el niño varón. Y luego es en este en quien el descubrimiento de la posibilidad de castración, como se prueba por la vista de los genitales femeninos, impone la replasmación del complejo de Edipo, produce la creación del superyó y así introduce todos los procesos que tienen por meta la inserción del individuo en la comunidad de cultura.
En el varón, sin duda, resta como secuela del complejo de castración cierto grado de menosprecio por la mujer cuya castración se ha conocido. A partir de ese menosprecio se desarrolla, en el caso extremo, una inhibición de la elección de objeto y, si colaboran factores orgánicos, una homosexualidad exclusiva. Muy diversos son los efectos del complejo de castración en la mujer. Ella reconoce el hecho de su castración y, así, la superioridad del varón y su propia inferioridad, pero también se revuelve contra esa situación desagradable. De esa actitud bi-escindida derivan tres orientaciones de desarrollo. La primera lleva al universal extrañamiento respecto de la sexualidad. La mujercita, aterrorizada por la comparación con el varón, queda descontenta con su clítoris, renuncia a su quehacer fálico y, con él, a la sexualidad en general, así como a buena parte de su virilidad en otros campos. La segunda línea, en porfiada autoafirmación, retiene la masculinidad amenazada; la esperanza de tener alguna vez un pene persiste hasta épocas increíblemente tardías, es elevada a la condición de fin vital, y la fantasía de ser a pesar de todo un varón sigue poseyendo a menudo virtud plasmadora durante prolongados períodos. También este «complejo de masculinidad» de la mujer puede terminar en una elección de objeto homosexual manifiesta. Sólo un tercer desarrollo, que implica sin duda rodeos, desemboca en la final configuración femenina que toma al padre como objeto y así halla la forma femenina del complejo de Edipo. Por lo tanto, el complejo de Edipo es en la mujer el resultado final de un desarrollo más prolongado; no es destruido por el influjo de la castración, sino creado por él; escapa a las intensas influencias hostiles que en el varón producen un efecto destructivo, e incluso es frecuentísimo que la mujer nunca lo supere.
La fase de la ligazón-madre exclusiva, que puede llamarse preedípica, reclama entonces una significación muchísimo mayor en la mujer, que no le correspondería en el varón. El endoso de ligazones afectivas del objeto-madre al objeto-padre constituye, en efecto, el contenido principal del desarrollo que lleva hasta la feminidad.
Nuestro interés tiene que dirigirse a los mecanismos que se han vuelto eficaces para el extrañamiento del objeto-madre, amado de manera tan intensa como exclusiva. Estamos preparados para hallar, no un único factor de esa índole, sino toda una serie, que cooperen en la misma meta final.
En primera línea han de nombrarse aquí los celos hacia otras personas, hermanitos, rivales entre quienes también el padre encuentra lugar. El amor infantil es desmedido, pide exclusividad, no se contenta con parcialidades. Ahora bien, un segundo carácter es que este amor carece propiamente de meta, es incapaz de una satisfacción plena, y en lo esencial por eso está condenado a desembocar en un desengaño y dejar sitio a una actitud hostil.
Otro motivo, mucho más específico, de extrañamiento respecto de la madre resulta del efecto del complejo de castración sobre la criatura sin pene. En algún momento la niña pequeña descubre su inferioridad orgánica, desde luego antes y más fácilmente cuando tiene hermanos o hay varoncitos en su cercanía. Enunciamos ya las tres orientaciones que se abren entonces: a) la suspensión de toda la vida sexual; b) la porfiada hiperinsistencia en la virilidad, y c) los esbozos de la feminidad definitiva.
Según dijimos, la prohibición de masturbarse se convierte en la ocasión para dejar de hacerlo, pero también es motivo para rebelarse contra la persona prohibidora, vale decir, la madre o su sustituto (que más tarde se fusiona regularmente con ella). La porfía en la masturbación parece abrir el camino hacia la masculinidad. El rencor por haberle impedido el libre quehacer sexual desempeña un gran papel en el desasimiento de la madre. Ese mismo motivo vuelve a producir efectos tras la pubertad, cuando la madre cree su deber preservar la castidad de la hija.
Cuando la niña pequeña se entera de su propio defecto por la vista de un genital masculino, no acepta sin vacilación ni renuencia la indeseada enseñanza. Cuando se capta la universalidad de este carácter negativo, se produce una gran desvalorización de la feminidad, y por eso también de la madre.
Tan pronto interviene por primera vez la prohibición, se genera el conflicto, que en lo sucesivo acompañará al desarrollo de la función sexual.
Comoquiera que fuese, al final de esta primera fase de la ligazón-madre emerge como el más intenso motivo de extrañamiento de la hija respecto de la madre el reproche de no haberla dotado de un genital correcto, vale decir, de haberla parido mujer.
Repasemos toda la serie de las motivaciones que el análisis descubre para el extrañamiento respecto de la madre: omitió dotar a la niñita con el único genital correcto, la nutrió de manera insuficiente, la forzó a compartir con otro el amor materno, no cumplió todas las expectativas de amor y, por último, incitó primero el quehacer sexual propio y luego lo prohibió; tras esa ojeada panorámica, nos parece que esos motivos son insuficientes para justificar la final hostilidad. La ligazón-madre tiene que irse a pique {al fundamento} justamente porque es la primera y es intensísima, algo parecido a lo que puede observarse sobre el primer matrimonio de mujeres jóvenes enamoradas con la máxima intensidad.
En las primeras fases de la vida amorosa es evidente que la ambivalencia constituye la regla. La intensa ligazón de la niña pequeña con su madre debió de haber sido muy ambivalente, y justamente por esa ambivalencia, con la cooperación de otros factores, habrá sido esforzada a extrañarse de ella, vale decir: el proceso es, también aquí, consecuencia de un carácter universal de la sexualidad infantil.
¿Cómo puede en tal caso el varoncito conservar incólume su ligazón-madre, que por cierto no es menos intensa? Con igual rapidez acude la respuesta: Porque le resulta posible tramitar su ambivalencia hacia la madre colocando en el padre todos sus sentimientos hostiles. Pero, en primer lugar, no debe darse esta respuesta antes de estudiar a fondo la fase preedípica del varón; y en segundo lugar, probablemente lo más cauto sea confesar que uno todavía no penetra bien estos procesos, de los que se acaba de tomar conocimiento.

III

Las metas sexuales de la niña junto a la madre son de naturaleza tanto activa como pasiva, y están comandadas por las fases libidinales que atraviesan los niños. Una impresión recibida pasivamente provoca en el niño la tendencia a una reacción activa. Intenta hacer lo mismo que antes le hicieron o que hicieron con él. El juego infantil es puesto al servicio de este propósito de complementar una vivencia pasiva mediante una acción y cancelarla de ese modo. Se muestra de manera inequívoca una rebeldía contra la pasividad y una predilección por el papel activo.
Las primeras vivencias sexuales y de tinte sexual del niño junto a la madre son desde luego de naturaleza pasiva. Es amamantado, alimentado, limpiado, vestido por ella, que le indica todos sus desempeños. Una parte de la libido del niño permanece adherida a estas experiencias y goza de las satisfacciones conexas; otra parte se ensaya en su re-vuelta {Umwendung} a la actividad.
En el juego con la muñeca, donde ella misma figura a la madre como la muñeca al nene. La preferencia de la niña -a diferencia del varón- por el juego de la muñeca suele concebirse como signo del temprano despertar de la feminidad.
La actividad sexual de la niña hacia la madre, tan sorprendente, se exterioriza siguiendo la secuencia de aspiraciones orales, sádicas y, por fin, hasta fálicas dirigidas a aquella. Hallamos los deseos agresivos orales y sádicos en la forma a que los constriñó una represión prematura: como angustia de ser asesinada por la madre, a su vez justificatoria del deseo de que la madre muera, cuando este deviene conciente.
En el estadio sádico-anal la intensa estimulación pasiva de la zona intestinal es respondida por un estallido de placer de agredir, que se da a conocer de manera directa como furia o, a consecuencia de su sofocación, como angustia. Esta reacción parece agotarse en años posteriores.
Entre las mociones pasivas de la fase fálica, se destaca que por regla general la niña inculpa a la madre como seductora, ya que por fuerza debió registrar las primeras sensaciones genitales, o al menos las más intensas, a raíz de los manejos de la limpieza y el cuidado del cuerpo realizados por la madre (o la persona encargada de la crianza, que la subrogue). El hecho de que de ese modo la madre inevitablemente despierta en su hija la fase fálica es el responsable de que en las fantasías de años posteriores el padre aparezca tan regularmente como el seductor sexual. Al tiempo que se cumple el extrañamiento respecto de la madre, se trasfiere al padre la introducción en la vida sexual.
En la fase fálica sobrevienen por último intensas mociones activas de deseo dirigidas a la madre. El quehacer sexual de esta época culmina en la masturbación en el clítoris.
El extrañamiento respecto de la madre es un paso en extremo sustantivo en la vía de desarrollo de la niña; es algo más que un meto cambio de vía del objeto. Al par que sobreviene se observa un fuerte descenso de las aspiraciones sexuales activas y un ascenso de las pasivas. Es cierto que las aspiraciones activas fueron afectadas con mayor intensidad por la frustración {denegación}, demostraron ser completamente inviables y por eso la libido las abandona con mayor facilidad, pero tampoco faltaron desengaños del lado de las aspiraciones pasivas. Con el extrañamiento respecto de la madre a menudo se suspende también la masturbación clitorídea, y hartas veces la represión de la masculinidad anterior infiere un daño permanente a buena parte de su querer-alcanzar sexual. El tránsito al objeto-padre se cumple con ayuda de las aspiraciones pasivas en la medida en que estas han escapado al ímpetu subvirtiente {Umsturz}. Ahora queda expedito para la niña el camino hacía el desarrollo de la feminidad, en tanto no lo angosten los restos de la ligazón-madre preedípica superada.
Hallamos en acción las mismas fuerzas libidinosas que en el varoncito, y pudimos convencernos de que, en ambos casos, durante cierto tiempo se transita por idénticos caminos y se llega a iguales resultados.
Luego, factores biológicos desvían a esas fuerzas de sus metas iniciales y guían por las sendas de la feminidad aún a aspiraciones activas, masculinas en todo sentido.

Biografía de Sigmund Freud













martes, 14 de mayo de 2013

El tabú de la virginidad (1918)


Este trabajo fue escrito en septiembre de 1917 Freud lo publicó en 1918 bajo el mismo título de "Psicología del amor".  

Freud comienza a partir de la exigencia cultural de virginidad de la mujer para llegar al matrimonio, buscando el "estado de servidumbre" que garantice su ulterior posesión sin sobresaltos. Esa medida de servidumbre sexual sería indispensable "para mantener el matrimonio cultural y poner diques a las tendencias polígamas que lo amenazan".

Por eso a Freud le llaman la atención los rituales de ciertos pueblos en los que se evita que la desfloración quede a cargo del futuro marido, y sea realizada por otro personaje, y analiza las diferentes explicaciones de este "tabú de la virginidad".
La primer explicación señala el derramamiento de sangre que supone la desfloración y asocia el tabú de la virginidad con el tabú de la sangre y el tabú de la menstruación. 
La segunda explicación remite a los aprontes angustiados que pueden asociarse a toda nueva empresa, cuestión que puede recubrir la situación de primer comercio sexual en el matrimonio, y que podría dar cuenta de las medidas precautorias al respecto.
Una tercera explicación asocia el tabú de la virginidad a los tabúes generales respecto al sexo y los tan variados como extendidos preceptos de evitación en los que "se exterioriza un horror básico a la mujer", y que conforman a la mujer "en un todo tabú". El varón parece temer ser debilitado por la mujer, "contagiarse de su feminidad". Estos tabúes "atestiguan la existencia de un poder contrario al amor, que desautoriza a la mujer como ajena y hostil", pero no arrojan ninguna luz sobre "los preceptos particulares que rigen el primer acto sexual con una virgen". En ese punto seguimos reducidos a las dos primeras explicaciones (horror a la sangre y a las primicias).

La base del tabú de la virginidad tiene el propósito de denegar o ahorrar al futuro esposo algo que es inseparable del primer acto sexual (aún teniendo en cuenta lo dicho sobre que "de ese mismo vínculo no podría menos que derivarse una particular ligazón de la mujer con ese hombre en especial"). En la mujer se discierne una fuente de peligros, "y el primer acto sexual con ella se singulariza por un peligro particularmente intenso", que el tabú de la virginidad pretende evitar.

En este punto, Freud asocia este temor del hombre a la hostilidad que en la mujer podría resultar del primer coito, y que el análisis permite asociar, también, a los problemas de frigidez. 
Se encontrará una primera raíz posible para esa hostilidad en el dolor que puede sufrir la virgen en el primer coito. Pero los ceremoniales en dos tiempos, en los que el desgarramiento del himen y el coito oficial están separados, dan cuenta que sigue siendo el coito el punto importante.
Una segunda fuente podría radicar en "el hecho de que - al menos para la mujer culta - expectativa y cumplimiento no pueden coincidir en él", por la fuerte asociación del comercio sexual con la prohibición, que lleva, en algunos casos, a que "la esposa solo reencuentre su sensibilidad tierna en una relación ilícita que deba mantenerse secreta, la única en la que está segura de seguir su propia voluntad libre de influencias". 
Mucho más sustantivo le parece a Freud un tercer factor "que tiene su base en la historia de desarrollo de la libido". En efecto, el marido nunca es más que un varón sustitutivo: "Es otro - el padre, en el caso típico - quien posee el primer título a la capacidad de amor de la esposa; al marido le corresponde a lo sumo el segundo". Así, "la frigidez se encuentra entre las condiciones genéticas de la neurosis".

Finalmente, "otro motivo cala hasta estratos todavía más profundos", demuestra ser el principal responsable de la reacción paradójica frente al marido y "exterioriza su influjo también en la frigidez de la mujer". Aquí Freud acude a los análisis de sus neuróticas, que le han enseñado que "atraviesan un estadio temprano en que envidian a su hermano el signo de la virilidad y se sienten perjudicadas y relegadas a raíz de su falta". Subordina así el "complejo de castración" a esta "envidia del pene", ya que "desde el punto de vista de la historia del desarrollo, esta fase masculina de la mujer, fase en la cual envidia al varón su pene, es más temprana y está más cerca del narcisismo originario que del amor de objeto". 
Freud remite a una especulación paleobiológica realizada por Ferenczi según la cual en el principio la copulación se producía entre dos individuos de igual género, pero que uno de ellos desarrolló un vigor mayor y compelió al más débil a tolerar la unión sexual. El encono provocado por ese sometimiento se continuaría en la disposición de la mujer actual, y esta "sexualidad inacabada" de la mujer se descargaría en el hombre que le hace conocer por primera vez el acto sexual. Según Freud, "el análisis de las querellas matrimoniales enseña que tampoco en la vida anímica de la mujer de cultura se han extinguido del todo los motivos que la constreñirían a tomar venganza por su desfloración. Creo que no puede menos que llamar la atención del observador el número insólitamente grande de casos en que la mujer permanece frígida y se siente desdichada en un primer matrimonio, en tanto que tras su disolución se convierte en una mujer tierna, que hace la felicidad de su segundo marido. La reacción arcaica se ha agotado, por así decir, en el primer objeto".

Freud completa su trabajo con algunas referencias artísticas que abonan el tabú de la virginidad, para concluir en que "la desfloración no tiene sólo la consecuencia cultural de atar duraderamente la mujer al hombre; desencadena también una reacción anárquica de hostilidad al varón, que puede cobrar formas patológicas, exteriorizarse con mucha frecuencia en fenómenos inhibitorios de la vida amorosa matrimonial, y a la que es lícito atribuirle el hecho de que unas segundas nupcias sean a menudo más felices que las primeras". En muchos casos, incluso, la fidelidad al primer marido no es por ternura sino porque "no han consumado su venganza en él".

Michel Sauval

Resumen de S. Freud (1915) Duelo y melancolía.


El duelo es el afecto normal paralelo a la melancolía. Es la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente (libertad, ideales). Al cabo de algún tiempo desaparece por sí solo y es perjudicial perturbarlo. Bajo estas mismas influencias, en la persona con una predisposición morbosa surge la melancolía en lugar del duelo.
La melancolía es el estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de las funciones y disminución del amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones que el sujeto se hace a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo.
El duelo integra estos mismos caracteres, a excepción de la perturbación del amor propio. Esta inhibición y restricción del yo es la expresión de su entrega total al duelo que no deja nada para otros propósitos e intereses. En el duelo el examen de la realidad muestra que el objeto amado no existe y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo. Contra esta demanda surge una oposición que puede llegar a ser tan intensa que surjan el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis desiderativa alucinatoria. Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga victoria. Pero su mandato es llevado a cabo paulatinamente, con gran gasto de tiempo y energía de carga, continuando mientras tanto, la existencia psíquica del objeto perdido. Cada punto de enlace de la libido con el objeto es sucesivamente despertado y sobrecargado, realizándose en la sustracción de la libido. Al final de la labor del duelo, vuelve el yo a quedar libre y exento de toda inhibición.
La melancolía en algunos casos constituye la reacción a la pérdida de un objeto amado. Pero la pérdida es de naturaleza más ideal. El sujeto no ha muerto, pero queda perdido como objeto erótico. En otras ocasiones no se distingue claramente que es lo que el sujeto ha perdido. En la melancolía existe una pérdida de objeto distraída a la Cc. En el duelo, nada de la pérdida es Inc. La labor del yo es análoga a la del duelo, pero además se produce un empobrecimiento del yo. El paciente en este estado, es tan incapaz de amor, interés y rendimiento como dice, Todo esto es secundario y resultado de la labor que devora a su yo. En el melancólico observamos el deseo de comunicar a todo el mundo sus propios defectos, como si en este rebajamiento hallara su satisfacción. Esta autocrítica describe exactamente su situación psicológica. La pérdida de un objeto ha tenido efecto en el propio yo del sujeto. La instancia crítica (conciencia moral), que se disocia aquí del yo, lo toma como objeto. Las autoacusaciones pueden adaptarse a la persona amada, que no ha amado o debía amar. Lo reproches corresponden a un sujeto erótico y han sido vueltos contra el yo. Sin embargo, hay algunos que se refieren realmente al yo.
Al principio existía una elección del objeto. Por la influencia de una defensa real o desengaño, inferido por la persona amada, surgió una conmoción de esta relación objetal. La carga de objeto demostró tener poca energía de resistencia y quedó libre. Esta libido no fue desplazada hacia otro objeto, sino retraída al yo, permitiendo una identificación del yo con el objeto abandonado. Así, se transformó la pérdida del objeto en una pérdida del yo, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una disociación entre la actividad crítica del yo y el yo modificado por la identificación. Por tanto debe haber existido una enérgica fijación al objeto erótico, pero también una escasa energía de resistencia de la carga de objeto. Esto quiere decir que la elección de objeto tiene una base narcisista, de manera que ante una contrariedad, pueda la carga de objeto volver al narcisismo. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en un sustitutivo de la carga erótica, a consecuencia de la cual no puede abandonarse la relación amorosa a pesar del conflicto con la persona amada. En conclusión, la predisposición a la melancolía depende del predominio del tipo narcisista de elección de objeto (regresión a la etapa oral). En la identificación narcisista (la más primitiva de todas), la carga de objeto es abandonada.
Existe un conflicto de ambivalencia (por situaciones de ofensa, postergaciones desengaños) que permite satisfacer la tendencias sádicas y de odio, orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo del propio sujeto. A través del autocastigo, el sujeto se venga de los objetos primitivos y atormenta a los que ama por medio de la enfermedad, después de haberse refugiado en ésta para no tener que mostrarle directamente su hostilidad. Así la carga erótica hacia el objeto tiene 2 destinos: una parte retrocede a la identificación, y otra retrocede hasta la fase sádica. Este sadismo aclara la tendencia al suicidio, en el cual el yo no puede darse muerte sino cuando el retorno de la carga de objeto le hace posible tratarse a sí mismo como objeto. La melancolía desaparece al cabo de un tiempo pero deja secuelas. En algunos casos la melancolía tiende a transformarse en manía, es decir en un estado sintomáticamente opuesto, que puede durar un tiempo. La alternancia entre la melancolía y la manía es la locura cíclica.
La manía se caracteriza por un estado de exaltación, disposición a la actividad, alegría y triunfo, pero en donde el yo ignora qué y sobre qué ha conseguido tal triunfo. En la manía el yo tiene que haber dominado el sufrimiento de la pérdida de objeto quedando emancipado de él y emprende con hambre voraz nuevas cargas de objeto.
Los combates contra la ambivalencia hacia el objeto son desarrollados en el Inc., como así también las tentativas de desligamiento del duelo. Pero en el duelo no hay impedimento para que las ideas fluyan hacia lo Prec., como en la melancolía donde hay represión.
Las tres premisas de la melancolía son en suma:
La pérdida de objeto
Ambivalencia (motor del conflicto)
Regresión de la libido al yo (la más importante, esencia de la melancolía, pues las otras 2 pueden hallarse en la obsesión luego de una muerte).

El Odio



Cuando ella o él te dejen, no perdones,
niégate a comprenderlo.
Cultiva bien tu odio, nunca seas
generoso en palabras o en olvido.

Cuando ella o él te dejen, nunca digas
adiós, o qué vamos a hacerle.
Maldice cada letra de su nombre.
Y júrale odio eterno mirándole a los ojos.

Cuando ella o él te dejen, nunca creas
ni justificaciones ni promesas
y busca las palabras más hirientes
el insulto más infame que conozcas.

Cuando ella o él te dejen, nunca juegues
a ser Rick perdido en Casablanca.
Provoca llanto, dolor, remordimientos
y que el adiós te corte igual que una cuchilla.

Porque cuando ella o él te dejan, habrá alguien
tarde o temprano esperando en otra esquina
y volverán a gozar en otros brazos
y dirán "te amo". Y "ven, dámelo todo".

Y olvidarán. ¿Para qué, entonces,
mentir? Que ella o él se lleven
-aunque dure bien poco- nuestro odio
igual que una bandera. Para siempre.

Julio Cortázar










miércoles, 8 de mayo de 2013

Sólo estamos de duelo por la persona por la cual podíamos decir "Yo era su falta". 
Jacques Lacan


Ausencia



Cuando no estás, se siente tu ausencia,
la memoria del cuerpo se hace presente,
recuerdo y fantasma hacen una imagen,
y la soledad se asoma tanto que da miedo;
tendré que encerrarte en ese olvido,
disiparte poco a poco y no sentir el vacío,
que mi alma se detenga que no te llame...

Marco Canales

Resumen de S. Freud (1908) Carácter y erotismo anal.


Harto a menudo tropieza con un tipo singularizado por la conjunción de determinadas cualidades de carácter, al par que nos llama la atención, en la infancia de estas personas, el comportamiento de una cierta función corporal y de los órganos que en ella participan.
Las personas que me propongo describir sobresalen por mostrar, en reunión regular, las siguientes tres cualidades: son particularmente ordenadas, ahorrativas y pertinaces. «Ordenado» incluye tanto el aseo corporal como la escrupulosidad en el cumplimiento de pequeñas obligaciones y la formalidad. Lo contrario sería: desordenado, descuidado. El carácter ahorrativo puede aparecer extremado hasta la avaricia; la pertinacia acaba en desafío, al que fácilmente se anudan la inclinación a la ira y la manía de venganza.
De la historia de estas personas en su primera infancia se averigua con facilidad que les llevó un tiempo relativamente largo gobernar la incontinencia fecal y aun en años posteriores de la niñez tuvieron que lamentar fracasos aislados de esta función. Parecen haber sido de aquellos lactantes que se rehúsan a vaciar el intestino cuando los ponen en la bacinilla, porque extraen de la defecación una ganancia colateral de placer. De esas indicaciones inferimos, en su constitución sexual congénita, un resalto erógeno hipernítido de la zona anal, nos vemos precisados a suponer que la zona anal ha perdido su significado erógeno en el curso del desarrollo, y luego conjeturamos que la constancia de aquella tríada de cualidades de su carácter puede lícitamente ser puesta en conexión con el consumo del erotismo anal.
Hacia la época de la vida que es lícito designar como «período de latencia sexual», desde el quinto año cumplido hasta las primeras exteriorizaciones de la pubertad (en torno del undécimo año), se crean en la vida anímica, a expensas de estas excitaciones brindadas por las zonas erógenas, unas formaciones reactivas, unos poderes contrarios, .como la vergüenza, el asco y la moral, que a modo de unos diques se contraponen al posterior quehacer de las pulsiones sexuales. Ahora bien: el erotismo anal es uno de esos componentes de la pulsión que en el curso del desarrollo y en el sentido de nuestra actual educación cultural se vuelven inaplicables para metas sexuales; y esto sugiere discernir en esas cualidades de carácter que tan a menudo resaltan en quienes antaño sobresalieron por su erotismo anal -vale decir, orden, ahorratividad y pertinacia- los resultados más inmediatos y constantes de la sublimación de este.
Desde luego, ni siquiera para mí es muy transparente la necesidad íntima de este nexo. El aseo, el orden, la formalidad causan toda la impresión de ser una formación reactiva contra el interés por lo sucio, lo perturbador, lo que no debe pertenecer al cuerpo. Para relacionar con la pertinencia, cabe recordar que ya el lactante puede mostrar una conducta porfiada ante la deposición de las heces, y que la estimulación dolorosa sobre la piel de las nalgas que se enlaza con la zona erógena anal es universalmente empleada por la educación para quebrantar la pertinacia del niño, para volverlo obediente. Entre nosotros todavía, lo mismo que en épocas antiguas, se usa como expresión de desafío y de escarnio desafiante un reto que tiene por contenido acariciar la zona anal, vale decir, que designa en verdad una ternura que ha caído bajo la represión.
Los nexos más abundantes son los que se presentan entre los complejos, en apariencia tan dispares, del interés por el dinero y de la defecación. En verdad, el dinero es puesto en los más íntimos vínculos con el excremento dondequiera que domine, o que haya perdurado, el modo arcaico de pensamiento: en las culturas antiguas, en el mito, los cuentos tradicionales, la superstición, en el pensar inconciente, el sueño y la neurosis. Por tanto, si la neurosis obedece al uso lingüístico, toma aquí como en otras partes las palabras en su sentido originario, pleno de significación; y donde parece dar expresión figural a una palabra, en la generalidad de los casos no hace sino restablecer a esta su antiguo significado.
Otra circunstancia concurre todavía a esta equiparación en el pensar del neurótico. Como ya sabemos, el interés originariamente erótico por la defecación está destinado a extinguirse en la madurez; en efecto, en esta época el interés por el dinero emerge como un interés nuevo, inexistente en la infancia; ello facilita que la anterior aspiración, en vías de perder su meta, sea conducida a la nueva meta emergente.
Si los nexos aquí aseverados entre el erotismo anal y aquella tríada de cualidades de carácter tienen por base un hecho objetivo, no será lícito esperar una modelación particular del «carácter anal» en personas que han preservado para sí en la vida madura la aptitud erógena de la zona anal.