miércoles, 20 de febrero de 2013

La violencia y el crimen son provocados por pasiones que exceden al ser humano.

La condición humana actual gira entorno a sus pasiones, que frente a ciertas circunstancias podría verse en la confusión y frente a otras lo convertiría en un criminal, haciendo al ser humano tan complejo que se despliega en contradicciones...

Desde el psicoanálisis como ciertas características, situaciones y sentimientos como el amor y el odio, impulsan al ser humano a cometer actos violentos o de maldad. “Las pasiones son excesos que cuando estos sobrepasan el límite de la condición humana, lo llevan a convertirse en un criminal”. 

Visto desde el psicoanálisis, la violencia y la criminalidad son situaciones que han acompañado al ser humano desde su aparición...
"Antonio Bello Quiroz"


martes, 19 de febrero de 2013

El llanto fracasado




Roto, casi ciego, rabioso, aniquilado,
hueco como un tambor al que golpea la vida,
sin nadie pero solo,
respondiendo las mismas palabras para las mismas cosas
          siempre,
muriendo absurdamente, llorando como niña, asqueado.
He aquí éste que queda, el que me queda todavía.
Háblenle de esperanza.
Díganle lo que saben ustedes, lo que ignoran,
una palabra de alegría, otra de amor, que sueñe.

Todos los animales sobre la tierra duermen.
Sólo el hombre no duerme.
¿Han visto ustedes un gesto de ternura en el rostro de un
          loco dormido?
¿Han visto un perro soñando con gaviotas?
¿Qué han visto?

Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio.
Las piedras mueren de muerte natural.
El agua no muere.
Sólo el hombre pudo inventar para el día la noche,
el hambre para el pan,
las rosas para la poesía.

Mortalmente triste sólo he visto a un gato, un día,
          agonizando.
Yo no tengo la culpa de mis manos: es ella.
Pero no fue escrito:
Te faltará una mujer para cada día de amor.

Andarás, te dijeron, de un sitio a otro de la muerte
buscándote.
La vida no es fácil.
Es más fácil llorar, arrepentirse.

En Dios descansa el hombre.
Pero mi corazón no descansa,
no descansa mi muerte,
el día y la noche no descansan.

Diariamente se levantan los montes, el cielo se ilumina
el mar sube hacia el mar
los árboles llegan hasta los pájaros.
Sólo yo no me alumbro, no me levanto.

Háblenle de tragedias a un pescado.
A mí no me hagan caso.
Yo me río de ustedes que piensan que soy triste
como si la soledad o mi zapato
me apretaran el alma.

La yugular es la vena de la mujer.
Allí recibe al hombre.
Las mujeres se abren bajo el peso del hombre
como el mar bajo un muerto,
lo sepultan, lo envuelven,
lo incrustan en ovarios interminables,
lo hacen hijos e hijos...
Ellas quedan de pie,
paren de pie, esperando.

No me digan ustedes en dónde están mis ojos,
pregunten hacia dónde va mi corazón.
Les dejaré una cosa el día último,
la cosa más inútil y más amada de mí mismo,
la que soy yo y se mueve, inmóvil para entonces,
rota definitivamente.
Pero les dejaré también una palabra,
la que no he dicho aquí, inútil, amada.

Ahora vuelve el sol a dejarnos.
La tarde se cansa, descansa sobre el suelo, envejece.
Trenes distantes, voces, hasta campanas suenan.
Nada ha pasado.
"Jaime Sabines"




domingo, 3 de febrero de 2013

La conquista del falo: Reflexiones sobre la masculinidad


Masculino-femenino: significantes  ante  todo, elementos de carácter opositivo,  relativo y diferencial. Nada pueden significar por sí mismos; sólo su posición en  una estructura, que implica diferentes relaciones, puede decidir por su sentido. A partir de Lacan, el psicoanálisis opta por una definición de los términos en función de su lugar en una estructura, echando así por  tierra toda pretensión esencialista. Nada se  define por ni se representa por sí mismo. De este modo, la vieja metafísica de lo idéntico  consigo mismo —metafísica  que  postula un  principio de identidad según el cual las cosas  poseen una esencia que perdura más allá de dónde, con quién o con qué estén— sufre  un cuestionamiento radical. En el campo de la subjetividad, este principio de identidad —que considera un sujeto  homogéneo, idéntico a sí mismo, un sujeto  que nunca podría ser otro— es puesto en entredicho por el psicoanálisis, para quien el sujeto, por definición, está dividido. Este sujeto dividido con quien el psicoanálisis opera es aquel que, más allá de su ilusión de  ser siempre el mismo, es otro del que cree: sujeto dividido en tanto efecto del lenguaje que habla en él. El concepto de inconsciente forjado por Freud es el nombre de esa determinación del sujeto por el lenguaje.
¿Cómo podría entonces hablarse de identidad, en cualquier aspecto del que se trate, incluyendo desde luego la multimencionada identidad sexual? ¿No resulta significativo el hecho de que Freud nunca  haya formulado definiciones acabadas de términos como masculino y femenino, advertido como estaba del hecho de que cualquier definición hubiera significado una recaída en esas concepciones esencialistas que él mismo puso en entredicho? Con el psicoanálisis, la idea de identidad se derrumba con el cuestionamiento del viejo principio filosófico que la sostiene para convertirse en un efecto imaginario de determinaciones simbólicas. Las identidades pasan a ser meros semblantes, consecuencia de identificaciones. Éstas llevarán a los sujetos a posicionarse en el terreno de la diferencia de los sexos, diferencia que no depende ni de características anatómicas ni de un tipo de cultura sino del significante, entidad esencialmente diferencial. No hay significante antes de su diferencia con otro sino como consecuencia de ésta. Así, la diferencia significante es constitutiva del lenguaje y, por lo tanto, de la cultura. Diferencia, por otra parte, implica falta: cada significante sólo puede definirse por el hecho de no ser el otro, es decir, por lo que le falta. Desde el momento en que hay significante hay falta y, por esto mismo, existe el falo: significante mítico que se inscribe en el sitio de la diferencia para anularla, pero también para señalar su lugar. Determinado por el significante, el sexo es sección, corte, separación: posicionamiento respecto del falo, el significante que instaura el corte. Lo subversivo de la teoría sexual  freudiana es el planteamiento de que la diferencia sexual no es sancionada por la anatomía, pero tampoco por la cultura; es establecida por el significante, esto es, por el falo. Hombres y mujeres responden a la pregunta abierta por la diferencia significante asumiendo imágenes, modelos, estereotipos que testimonian de su posicionamiento frente al falo. Por esto, hay una manera de ir más allá de los equívocos que se generan cuando se responde a las preguntas acerca de que es ser hombre o mujer en términos de identidades específicas: plantear la respuesta en función del falo, significante de valor fundamental en tanto puede significar de manera  diferente a las respectivas anatomías posicionando a los sujetos en lugares diferenciales como los de hombre o mujer. Se trata de un posicionar seccionando, cortando: el mismo vocablo “anatomía” posee, etimológicamente, la significación de “corte”. Desde 1923, con su muy controvertido  concepto de “fase fálica”, Freud dejó establecido que el falo debe considerarse como verdadero operador de ese corte que produce el sexo, imponiendo desde el orden simbólico efectos imaginarios específicos. Para Freud, el falo sólo existe como premisa, consecuencia específica de una diferencia que es constitutiva del sexo. Pero “ser el falo”, es decir, ser aquello que nulificaría la diferencia —y por lo tanto la falta— será siempre la “identidad” imposible. Ahora bien, a falta de serlo, será posible aparentarlo, hacer semblante de él: tal es la función de la “mascarada” femenina que está destinada a provocar el deseo del hombre conjurando por medio de un cierto ocultamiento la amenaza de castración que el encuentro con el otro sexo actualiza. Sin embargo, más difícil que aparentar ser el falo resulta tenerlo, meta inalcanzable que se confundiría con el acceso a una potencia tal que haga posible un goce no limitado por ley alguna, sea biológica o simbólica. Aun así, “tener el falo” es la meta específica de la posición masculina, el único camino que al hombre le queda ante, por un lado, la imposibilidad de serlo, y, por el otro, la feminización a que quedaría condenado en caso de aparentarlo. La posesión del atributo anatómico, el pene, sometido a la inevitabilidad de la detumescencia cuando se alcanza un cierto grado de goce, impone al hombre una exigencia que no opera para quienes carecen de él: “estar a la altura de”, ¿a la altura de qué?, precisamente de ser el poseedor de ese falo omnipotente que aseguraría un goce absoluto sin límites. En Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad, Freud señala que “en los varones [las fantasías son] de naturaleza erótica o ambiciosa”.
Esto se puede vincular con su afirmación de un texto anterior,  Tres ensayos de teoría sexual, donde señala que la  ambición está dominada por el erotismo uretral, como lo ilustra el conocido desafío que el niño dirige a sus congéneres: “a ver quién orina más lejos”, paradigma de toda búsqueda de afirmación fálica. En efecto, llegar lejos, atravesar el espacio, conquistar títulos, emblemas que en última instancia pueden ser ofrendas destinadas a “la dama”, son manifestaciones de la posición específicamente masculina respecto del falo: para el varón se trata de obtener esos emblemas fálicos con los que podrá “conquistar” a la dama para hacer finalmente de ella ese falo que a él le falta. Se habla de “posición masculina” en este contexto porque en todas las circunstancias hombre y mujer no son más que significantes que definen posiciones, posiciones respecto del falo que no necesariamente concuerdan en los sujetos —temporaria o permanentemente— con su sexo biológico. De este modo, por efecto del significante fálico, las posiciones de los sujetos en el plano estrictamente imaginario se distinguen por el hecho de que mientras la posición femenina se define como un parecer, una mascarada destinada a ocultar la falta para causar así el deseo de su partenaire, la postura masculina tiene como modo específico el intento de contrarrestar los efectos de la castración por medio de la búsqueda de alcanzar el falo como la vía para adquirir la convicción de poseerlo, lo que lo haría no faltante. Mascarada femenina en contraposición con parada masculina: así se definen los posicionamientos en el plano imaginario en relación con el sexo. Ahora bien, el falo como tal —como La mujer, al decir de Lacan— no existe; lo que existe es sólo la diferencia sexual en el plano simbólico de la cual el falo no es sino su metáfora. De ahí que “querer alcanzar” el falo no puede dejar de conducir a un impasse que es característico del erotismo masculino: el hombre no puede acceder más que a un semblante de falo, lo que vendrá a determinar que la diferencia —y por lo tanto la falta— reaparezca una y otra vez. De este modo, el momento del encuentro con una mujer será para todo hombre el de una pregunta: “¿será verdaderamente ella?”, es decir, “¿será el falo?”
Es la razón por la cual Lacan va a afirmar que “para un hombre, una mujer es un síntoma”, esto es, el lugar donde se ubica lo que obtura la pregunta por lo que el Otro quiere. En cambio, la posición específicamente femenina que es la del interrogante que se dirige a ella misma: más que “¿qué quiere él?” es “¿qué quiero yo?” El enigma de lo femenino es enigma, ante todo, para la mujer misma. Entonces, la posición específicamente masculina se define como el interrogante por el enigma de otro sexo. Su pregunta es “¿qué quiere ella?” El hombre quiere saber lo que ella quiere, quiere el saber siempre imposible sobre el objeto que puede causar el deseo del Otro porque para él éste sería el camino para responder a su falta y hacer del Otro su falo. Por esto ella encarna su síntoma, síntoma cuyas manifestaciones diversas, que pueden abarcar desde la inhibición sexual hasta el donjuanismo desenfrenado, revela una imposibilidad insoportable —la de la posesión en última instancia del falo— que es inherente a la posición del varón.
"Daniel Gerber"

miércoles, 16 de enero de 2013

El Amor nuevo


Todo amor nuevo que aparece 
nos ilumina la existencia, 
nos la perfuma y enflorece. 
 
En la más densa oscuridad 
toda mujer es refulgencia 
y todo amor es claridad. 
Para curar la pertinaz 
pena, en las almas escondida, 
un nuevo amor es eficaz; 
porque se posa en nuestro mal 
sin lastimar nunca la herida, 
como un destello en un cristal. 
 
Como un ensueño en una cuna, 
como se posa en la rüina 
la piedad del rayo de la luna. 
como un encanto en un hastío, 
como en la punta de una espina 
una gotita de rocío... 
 
¿Que también sabe hacer sufrir? 
¿Que también sabe hacer llorar? 
¿Que también sabe hacer morir? 
 
-Es que tú no supiste amar...
"Amado Nervo"

martes, 15 de enero de 2013

"La mujer es diferente al hombre que aparece incomprensible, llena de secretos, extraña por eso es enemiga."
Freud

¿Qué es lo ajeno de la mujer? 

El cuerpo femenino  es el lugar por excelencia que nos dice del enigma, de  lo inexplicable del goce y del erotismo que se multiplica en ilimitadas zonas del cuerpo que no se circunscriben a lo fálico. La mujer no es fácil de cercar y menos aún de comprender,  no se  puede saber  nunca con exactitud cómo goza una mujer,  en fin la mujer encarna un goce que es ilimitado. Esto la convierte en extraña y ajena al hombre que goza con su falo de una manera más estable y previsible. Lo sorprendente es que  esta extrañeza o ajenidad, concierne tanto a los hombres como a las mujeres, por eso Freud nos dice que no se nace mujer, “se adviene”, y para eso la propia  mujer necesita de Otra que haga de su referente, como punto de partida.



viernes, 28 de diciembre de 2012

La relación amorosa es una relación de don, en la que se puede dar sino lo que no se tiene, está constituida en el engaño, es fantaseada a veces, soñada otras, novelada o inventada: tapa el vacío y disimula la falta en el Otro, disfraza la castración de la pareja de amantes engañándose ambos al colocarse delante del ser amado como la causa de deseo.

domingo, 23 de diciembre de 2012

"Aristóteles saca muy bien sus consecuencias al enunciar que, al fin de cuentas, para Empèdocles, Dios era el más ignorante de todos los seres por no conocer el odio. Mas tarde los cristianos transformaron esto en diluvios de amor. Si Dios no conoce el odio, para Empèdocles es clarísimo que sabe menos que los mortales. Así podrìa decirse que mientras más se preste el hombre a que la mujer lo confunda con Dios, o sea, con lo que ella goza, menos odia, y como no hay, despuès de todo, amor sin odio, menos ama."

Jacques Lacan, Seminario XX 
Cap. Una carta de almor.



Lejos de prometer la recuperaciòn de una mítica completud, el "psicoanálisis" exige hacer la experiencia de una pérdida. Una pérdida muy singular si se toma en cuenta que en el proceso analítico el sujeto descubre que aquello que finalmente pierde es algo que en realidad nunca había poseído:  el Otro en tanto universo completo en cuya existencia se cree, el Otro supuesto receptáculo del "tesoro oculto", de la respuesta última para el enigma abierto por el deseo.

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"


Julio Cortázar

Rayuela 




Es en tanto que ella quiere mi goce, es decir, gozar de m
í. Lo cual no puede tener otro sentido que La mujer suscita mi angustia, y esto por una razón muy simple, inscripta desde mucho en nuestra teoría. Que no hay deseo realizable por la vía en la que lo situamos sino implicando la castración.
Es en medida en que se trata de goce, es decir, en que es mi "ser" lo que ella quiere, que la mujer no puede alcanzarlo sino castrándome.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Me doy cuenta de que me faltas


Me doy cuenta de que me faltas 
y de que te busco entre las gentes, en el ruido, 
pero todo es inútil. 
Cuando me quedo solo 
me quedo más solo 
solo por todas partes y por ti y por mí. 
No hago sino esperar. 
Esperar todo el día hasta que no llegas. 
Hasta que me duermo 
y no estás y no has llegado 
y me quedo dormido 
y terriblemente cansado 
preguntando. 
Amor, todos los días. 
Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta. 
Puedes empezar a leer esto 
y cuando llegues aquí empezar de nuevo. 
Cierra estas palabras como un círculo, 
como un aro, échalo a rodar, enciéndelo. 
Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas, 
en mi garganta como moscas en un frasco. 
Yo estoy arruinado. 
Estoy arruinado de mis huesos, 
todo es pesadumbre.
"Jaime Sabines"