Jacques Lacan
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viernes, 10 de mayo de 2013
miércoles, 8 de mayo de 2013
Ausencia
Cuando no estás, se siente tu ausencia,
la memoria del cuerpo se hace presente,
recuerdo y fantasma hacen una imagen,
y la soledad se asoma tanto que da miedo;
tendré que encerrarte en ese olvido,
disiparte poco a poco y no sentir el vacío,
que mi alma se detenga que no te llame...
Marco Canales
Resumen de S. Freud (1908) Carácter y erotismo anal.
Harto
a menudo tropieza con un tipo singularizado por la conjunción de determinadas
cualidades de carácter, al par que nos llama la atención, en la infancia de
estas personas, el comportamiento de una cierta función corporal y de los órganos
que en ella participan.
Las
personas que me propongo describir sobresalen por mostrar, en reunión regular,
las siguientes tres cualidades: son particularmente ordenadas, ahorrativas y
pertinaces. «Ordenado» incluye tanto el aseo corporal como la escrupulosidad en
el cumplimiento de pequeñas obligaciones y la formalidad. Lo contrario sería:
desordenado, descuidado. El carácter ahorrativo puede aparecer extremado hasta
la avaricia; la pertinacia acaba en desafío, al que fácilmente se anudan la
inclinación a la ira y la manía de venganza.
De
la historia de estas personas en su primera infancia se averigua con facilidad
que les llevó un tiempo relativamente largo gobernar la incontinencia fecal y
aun en años posteriores de la niñez tuvieron que lamentar fracasos aislados de
esta función. Parecen haber sido de aquellos lactantes que se rehúsan a vaciar
el intestino cuando los ponen en la bacinilla, porque extraen de la defecación
una ganancia colateral de placer. De esas indicaciones inferimos, en su constitución
sexual congénita, un resalto erógeno hipernítido de la zona anal, nos vemos
precisados a suponer que la zona anal ha perdido su significado erógeno en el
curso del desarrollo, y luego conjeturamos que la constancia de aquella tríada
de cualidades de su carácter puede lícitamente ser puesta en conexión con el
consumo del erotismo anal.
Hacia
la época de la vida que es lícito designar como «período de latencia sexual»,
desde el quinto año cumplido hasta las primeras exteriorizaciones de la
pubertad (en torno del undécimo año), se crean en la vida anímica, a expensas
de estas excitaciones brindadas por las zonas erógenas, unas formaciones
reactivas, unos poderes contrarios, .como la vergüenza, el asco y la moral, que
a modo de unos diques se contraponen al posterior quehacer de las pulsiones
sexuales. Ahora bien: el erotismo anal es uno de esos componentes de la pulsión
que en el curso del desarrollo y en el sentido de nuestra actual educación
cultural se vuelven inaplicables para metas sexuales; y esto sugiere discernir
en esas cualidades de carácter que tan a menudo resaltan en quienes antaño
sobresalieron por su erotismo anal -vale decir, orden, ahorratividad y
pertinacia- los resultados más inmediatos y constantes de la sublimación de
este.
Desde
luego, ni siquiera para mí es muy transparente la necesidad íntima de este
nexo. El aseo, el orden, la formalidad causan toda la impresión de ser una
formación reactiva contra el interés por lo sucio, lo perturbador, lo que no
debe pertenecer al cuerpo. Para relacionar con la pertinencia, cabe recordar
que ya el lactante puede mostrar una conducta porfiada ante la deposición de
las heces, y que la estimulación dolorosa sobre la piel de las nalgas que se
enlaza con la zona erógena anal es universalmente empleada por la educación
para quebrantar la pertinacia del niño, para volverlo obediente. Entre nosotros
todavía, lo mismo que en épocas antiguas, se usa como expresión de desafío y de
escarnio desafiante un reto que tiene por contenido acariciar la zona anal, vale
decir, que designa en verdad una ternura que ha caído bajo la represión.
Los
nexos más abundantes son los que se presentan entre los complejos, en
apariencia tan dispares, del interés por el dinero y de la defecación. En
verdad, el dinero es puesto en los más íntimos vínculos con el excremento
dondequiera que domine, o que haya perdurado, el modo arcaico de pensamiento:
en las culturas antiguas, en el mito, los cuentos tradicionales, la
superstición, en el pensar inconciente, el sueño y la neurosis. Por tanto, si
la neurosis obedece al uso lingüístico, toma aquí como en otras partes las
palabras en su sentido originario, pleno de significación; y donde parece dar
expresión figural a una palabra, en la generalidad de los casos no hace sino
restablecer a esta su antiguo significado.
Otra
circunstancia concurre todavía a esta equiparación en el pensar del neurótico.
Como ya sabemos, el interés originariamente erótico por la defecación está
destinado a extinguirse en la madurez; en efecto, en esta época el interés por
el dinero emerge como un interés nuevo, inexistente en la infancia; ello
facilita que la anterior aspiración, en vías de perder su meta, sea conducida a
la nueva meta emergente.
Si
los nexos aquí aseverados entre el erotismo anal y aquella tríada de cualidades
de carácter tienen por base un hecho objetivo, no será lícito esperar una
modelación particular del «carácter anal» en personas que han preservado para
sí en la vida madura la aptitud erógena de la zona anal.
lunes, 29 de abril de 2013
Disimetría entre los sexos
La disimetría está marcada respecto del goce sexual. Los que se ubican del lado hombre tienen el significante fálico de su lado. Lo que puede decirse de ese goce está representado por ese falo simbólico que ordenará para el sujeto la búsqueda de lo que ha perdido, goce que no desarma su identificación, y que ilusoriamente reencontraría en el objeto (a), sostenido por una mujer al ocupar el lugar fantasmático de causa de su deseo. Para ellos, sin embargo, el goce fálico en tanto goce del órgano, puede hacer de obstáculo a la búsqueda del goce en el cuerpo de la mujer.
Las que se ubican del lado mujer no tienen un significante propio y tendrán un goce dividido por esta falta de significante. Buscarán así, por un lado el falo en el hombre y, por otro, algo que Lacan nombra significante de la falta en el Otro - S(A/) o también "No hay Otro del Otro". Señala, así un "mas allá del falo" entendido como lo que el significante no recubre, y designa el goce sexual al que podrá acceder una mujer en su afinidad con esa otredad.
jueves, 25 de abril de 2013
"Pareja Ideal"
Un sapo abrazando una botella de cerveza...
Slavoj Zizek.
Un sapo abrazando una botella de cerveza...
Una joven camina junto a un arroyo, ve a un sapo, lo coloca amorosamente en su regazo, lo besa y, desde luego, el feo sapo se transforma milagrosamente en un hermoso joven. Sin embargo la historia no ha acabado: el joven hombre lanza una mirada de deseo a la joven, la acerca a él, la besa, y ella se convierte en una botella de cerveza que él sostiene triunfante en su mano... Para la mujer el objetivo es que su amor y su afecto (representados por el beso) pueden convertir a un sapo en un hombre hermoso, una presencia fálica completa (el gran Phi, en los matemas de Lacan); Para el hombre se trata de reducir a la mujer a un objeto parcial, la causa de su deseo (el pequeño objeto a de los matemas de Lacan). A causa de ésta Asimetría "No hay relación sexual": Tenemos ya sea a una mujer con un sapo o a un hombre con una botella de cerveza, lo que no podemos obtener jamás es la pareja "natural" de un hombre y una mujer hermosos...
Resumen de S. Freud (1914) recuerdo, repetición y elaboración. López Ballesteros
La
técnica psicoanalítica consiste en la labor que el enfermo había de llevar a
cabo para dominar la crítica contra sus asociaciones, en observancia de la
regla psicoanalítica fundamental que le era impuesta. Prescindimos de una
orientación fija hacia un factor o un problema determinado, nos contentamos con
estudiar la superficie psíquica del paciente y utilizamos la interpretación
para descubrir las resistencias que en ella emergen y comunicárselas al
analizado, y una vez vencidas éstas, el sujeto relata sin esfuerzo alguno las
situaciones y relaciones olvidadas. Naturalmente, el fin de estas técnicas es
descriptivamente, la supresión de las lagunas del recuerdo; dinámicamente, el
vencimiento de las resistencias de la represión.
EI
olvido de impresiones, escenas y sucesos se reduce casi siempre a una
«retención» de los mismos. Cuando el paciente habla de este material «olvidado»,
rara vez deja de añadir: «En realidad, siempre he sabido perfectamente todas
estas cosas; lo que pasa es que nunca me he detenido a pensar en ellas», y
muchas veces se manifiesta defraudado porque no se le ocurren suficientes cosas
que pueda reconocer como «olvidadas» y en las que no ha vuelto a pensar desde
que sucedieron. Este deseo queda a veces cumplido, sobre todo en las histerias
de conversión. El «olvido» queda nuevamente restringido por la existencia de
recuerdos encubridores que constituyen una representación tan suficiente de los
años infantiles olvidados, como el contenido manifiesto del sueño lo es de las
ideas oníricas latentes.
El
otro grupo de procesos psíquicos susceptibles de ser opuestos como actos
puramente internos a las impresiones y los sucesos vividos, está constituido
por las fantasías, las asociaciones, los sentimientos. Sucede aquí que se
«recuerda» algo que no pudo nunca ser «olvidado», parece totalmente indiferente
que tal elemento fuera consciente y quedase luego olvidado o que no penetrase
jamás hasta la conciencia.
Sobre
todo en las diversas formas de las neurosis obsesivas, el olvido se limita a
destruir conexiones, suprimir relaciones causales y aislar recuerdos enlazados
entre sí.
Por
lo general, resulta imposible despertar el recuerdo de una clase especial de
sucesos muy importantes correspondientes a épocas muy tempranas de la infancia
y vividos entonces sin comprenderlos, pero perfectamente interpretados y
comprendidos luego por el sujeto. Su conocimiento nos es procurado por los
sueños.
Con
la nueva técnica, el curso del análisis se hace mucho más complicado y
trabajoso; el analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido, sino que
lo vive de nuevo. No lo reproduce como recuerdo, sino como acto; lo repite sin
saber, naturalmente, que lo repite.
Por
ejemplo: el analizado no cuenta que recuerda haberse mostrado rebelde a la
autoridad de sus padres, sino que se conduce en esta forma con respecto al
médico. No recuerda que su investigación sexual infantil fracasó, dejándole
perplejo, sino que produce una serie de sueños complicados y ocurrencias
confusas y se lamenta de que nada le sale bien y de que su destino es no
conseguir jamás llevar a buen término una empresa, etc.
Sobre
todo, no dejará de iniciar la cura con tal repetición. Con frecuencia, cuando
hemos comunicado a un paciente de vida muy rica en acontecimientos y largo
historial patológico la regla psicoanalítica fundamental y esperamos oír un
torrente de confesiones, nos encontramos con que asegura no saber qué decir.
Mientras el sujeto permanece sometido al tratamiento no se libera de esta
compulsión de repetir, y acabamos por comprender que este fenómeno constituye
su manera especial de recordar.
La
transferencia no es por sí misma más que una repetición y la repetición, la
transferencia del pretérito olvidado, pero no sólo sobre el médico, sino sobre
todos los demás sectores de la situación presente. Tendremos, pues, que estar
preparados a que el analizado se abandone a la obsesión repetidora que
sustituye en él el impulso a recordar no sólo en lo que afecta a su relación
con el médico, sino también en todas las demás actividades y relaciones
simultáneas de su vida.. Cuanto más intensa es la resistencia, más ampliamente
quedará sustituido el recuerdo por la acción (repetición). Cuando la cura
comienza bajo el patrocinio de una transferencia positiva no muy acentuada nos
permite penetrar al principio, profundamente en los recuerdos y hasta los
mismos síntomas patológicos permanecen acallados mientras tanto. Pero cuando en
el curso ulterior del análisis se hace hostil o muy intensa esta transferencia,
el recuerdo queda sustituido en el acto por la repetición, y a partir de este
momento, las resistencias van marcando la sucesión de las repeticiones.
El
analizado repite todo lo que se ha incorporado ya a su ser partiendo de las
fuentes de lo reprimido: sus inhibiciones, sus tendencias inutilizables y sus
rasgos de carácter patológico. Poco a poco vamos atrayendo a nosotros cada uno
de los elementos de esta enfermedad y haciéndolos entrar en el campo de acción
de la cura, y mientras el enfermo los va viviendo como algo real, vamos
nosotros practicando en ellos nuestra labor terapéutica, consistente, sobre
todo, en la referencia del pasado.
La
repetición en el tratamiento analítico, supone evocar un trozo de vida real, y,
por tanto, no puede ser innocua en todos los casos. A este punto viene a
enlazarse todo el problema de la «agravación durante la cura», inevitable a
veces.
La
iniciación del tratamiento trae ya consigo una modificación de la actitud
consciente del enfermo ante su enfermedad. Generalmente, se ha limitado a
dolerse de ella y a despreciarla, sin estimar debidamente su importancia; pero,
por lo demás, ha continuado observando, con respecto a sus manifestaciones, la
misma política de represión que antes en cuanto a sus orígenes. El sujeto ha de
tener el valor de ocupar su atención con los fenómenos de su enfermedad, a la
cual no debe ya despreciar, sino considerar como una parte de su propio ser,
fundada en motivos importantes y de la cual podrá extraer valiosas enseñanzas
para su vida ulterior.
De
esta forma preparamos desde un principio la reconciliación del sujeto con lo
reprimido que se manifiesta en sus síntomas, pero, por otro lado, concedemos
también a la enfermedad un cierto margen de tolerancia. Si esta nueva relación
con la enfermedad agudiza algunos conflictos y hace pasar a primera línea
síntomas hasta entonces poco precisos, podemos consolar fácilmente al enfermo
observándole que se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras. Pero la
resistencia puede aprovechar la situación para sus fines e intentar abusar de
la tolerancia concedida a la enfermedad.
Otro
peligro es el de que en el curso de la cura lleguen también a ser reproducidos
impulsos instintivos nuevos situados en estratos más profundos, que no habían
emergido aún. Por último, aquellos actos que el paciente ejecuta fuera del
campo de acción de la transferencia pueden acarrearle daños pasajeros e incluso
ser elegidos de manera que anulen por completo el valor de la salud que el
tratamiento tiende a restablecer.
El
médicos se dispondrá, pues, a iniciar con el paciente una continua lucha por
mantener en el terreno psíquico todos los impulsos que aquél quisiera derivar
hacia la motilidad, y considera como un gran triunfo de la cura conseguir
derivar por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a derivar por medio de
un acto. La mejor manera de proteger al enfermo de los daños que puede
acarrearle la ejecución de sus impulsos es comprometerle a no adoptar durante
el curso del tratamiento ninguna resolución importante (elegir carrera o mujer,
por ejemplo) y a esperar para ello el momento de la curación.
Al
mismo tiempo, respetamos la libertad personal del paciente en cuanto sea
compatible con estas precauciones; no le impedimos la ejecución de propósitos
poco trascendentales. Hay también casos en los que nos es imposible disuadir al
sujeto de acometer una empresa totalmente inadecuada a sus circunstancias y que
sólo mucho después van madurando y haciéndose asequibles a la elaboración
analítica. En ocasiones, sucede también que no nos da tiempo de imponer a los
instintos impetuosos el freno de la transferencia o que el paciente rompe, en
un acto de repetición, los lazos que le ligaban al tratamiento.
Pero
la mejor manera de refrenar la compulsión repetidora del enfermo y convertirla
en un motivo de recordar la tenemos en el manejo de la transferencia.
Reconociendo en cierto modo sus derechos y dejándola actuar libremente en un
sector determinado, conseguimos hacerla inofensiva y hasta útil. La
transferencia cumplirá la función de hacer surgir ante nuestros ojos todos los
instintos patógenos ocultos en la vida anímica del analizado. Cuando el
paciente nos presta la mínima cooperación, consistente en respetar las
condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos siempre dar a todos los
síntomas de la enfermedad una nueva significación basada en la transferencia y
sustituir su neurosis vulgar por una neurosis de transferencia, de la cual
puede ser curado por la labor terapéutica. La transferencia crea así una zona
intermedia entre la enfermedad y la vida, y a través de esta zona va teniendo
efecto la transición desde la primera a la segunda. El nuevo estado ha acogido
todos los caracteres de la enfermedad, pero constituye una enfermedad
artificial, asequible por todos lados a nuestra intervención.
El
vencimiento de las resistencias se inicia revelando el médico al analizado la
existencia y condición de las mismas, ignorada siempre por el sujeto. La revelación
de la resistencia no puede tener por consecuencia inmediata su desaparición. Ha
de dejarse tiempo al enfermo para ahondar en la resistencia, hasta entonces
desconocida para él, elaborarla y dominarla, continuando, a su pesar, el
tratamiento conforme a la regla analítica fundamental. Sólo al culminar esta
labor llegamos a descubrir, en colaboración con el analizado, los impulsos
instintivos reprimidos que alimentaban la resistencia. En todo esto, el médico
no tiene que hacer más que esperar y dejar desarrollarse un proceso que no
puede ser eludido ni tampoco siempre apresurado.
En
la práctica esta elaboración de las resistencias puede constituir una penosa
labor para el analizado y una dura prueba para la paciencia del médico. Pero
también constituye parte de la labor que ejerce sobre el paciente mayor acción
modificadora y la que diferencia al tratamiento analítico de todo influjo por
sugestión.
lunes, 22 de abril de 2013
"Esto es amor", Lope de Vega
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde, animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.
sábado, 13 de abril de 2013
¿Qué quiere una mujer?
Por enigmática que sea, esta respuesta no es otra cosa que la constatacion de la eterna virginidad de la mujer. Virginidad que nada tiene que ver con la existencia de la membrana anatómica del himen. Se trata mas bien de un velo inmaterial, pero no irreal, en la medida en que se interpone entre la mujer y ella misma, entre su identidad y su cuerpo, entre la palabra de donde deriva su deseo y el silencio donde se perpetúa su goce.
Serge André
Libro Completo:
http://es.scribd.com/doc/126932348/Que-quiere-una-mujer-Serge-Andre
Resumen de S. Freud (1925) Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de los sexos. Incluído en Obras Completas Tomo 19. Buenos Aires: Amorrortu, 1996.
“Sólo
explorando las primeras exteriorizaciones de la constitución pulsional
congénita, así como los efectos de las impresiones vitales más tempranas, es
posible discernir correctamente las fuerzas pulsionales de la posterior
neurosis”. El análisis de la primera infancia es largo y laborioso, ya que
suele atravesar regiones muy oscuras.
Complejo
de Edipo en el varoncito: es la primera estación que puede discernirse con
claridad. El niño retiene el mismo objeto al que ya en la lactancia y crianza,
había investido con su libido todavía no genital. En esta situación, el padre
es visto como un rival perturbador a quien se quiere eliminar y sustituir. Esta
actitud edípica en el varón pertenece a la fase fálica y sucumbe por la
angustia de castración, es decir, por el interés narcisista hacia los
genitales. El varoncito, dentro del Complejo de Edipo, actúa en un doble
sentido, es decir, activo y pasivo, ya que también quiere sustituir a la madre
como objeto de amor del padre, lo que se designa actitud femenina.
Prehistoria
del Complejo de Edipo en el varón: presenta las siguientes características:
Identificación
de naturaleza tierna con el padre, en la que aún no hay sentido de rivalidad
hacia la madre.
Onanismo
de la primera infancia, que se supone es dependiente del Complejo de Edipo, y
que significa una descarga de su excitación sexual. No se sabe con seguridad si
esa es su referencia desde un comienzo o si emerge espontáneamente como
quehacer de órgano y sólo más tarde se anuda al Complejo de Edipo. Esta segunda
opción es la más verosímil. La sofocación de esta actividad por parte de las
personas encargadas de la crianza activa el Complejo de Castración.
Enuresis,
que podría ser producto del onanismo, y que su sofocación podría ser apreciada por
este como una inhibición de la actividad genital, es decir, como una amenaza de
castración.
A
través del análisis, se pudo vislumbrar que la acción de espiar con las orejas
el coito de los progenitores a edad muy temprana dé lugar a la primera excitación
sexual, u por los efectos que trae con posterioridad, pase a ser el punto de
partida para todo el desarrollo sexual.
Prehistoria
del Complejo de Edipo en la niña pequeña: La niña nota que un hermano o un
compañerito tienen pene, y lo discierne como superior de su propio órgano
pequeño y escondido, y desde ese momento cae víctima de la envidia del pene.
Hay
una interesante oposición en la conducta de ambos sexos:
Varón:
cuando descubre por primera vez la región genital de la niña, se muestra
irresoluto y poco interesado; no ve nada o repudia su percepción, la atenúa o
busca excusas para hacerla concordar con lo que esperaba ver. Sólo más tarde,
cuando una amenaza de castración ha llegado a influir sobre él, dicha
observación se volverá significativa. Surgen en él dos reacciones, horror
frente a la criatura mutilada y menosprecio triunfante hacia ella.
Niña:
Ha visto eso, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo. En este lugar se bifurca
el complejo de masculinidad de la mujer, que eventualmente, si no logra superarlo
pronto, puede deparar grandes dificultades al prefigurado desarrollo de la
feminidad. La esperanza de recibir alguna vez un pene, puede conservarse hasta
épocas inverosímilmente tardías. O bien sobreviene el proceso de desmentida,
donde la niña se niega a aceptar el hecho de su castración, y se comporta como
si fuera un varón.
Con
la admisión de su herida narcisista, se establece un sentimiento de
inferioridad. Una vez que aprehende la universalidad de ese carácter sexual,
empieza a compartir con el varón el menosprecio por ese sexo mutilado.
La
envidia del pene pervive en el rasgo de carácter de los celos, con leve
desplazamiento.
Otra
consecuencia de la envidia del pene es el aflojamiento de los vínculos tiernos
con el objeto madre, responsabilizándola por esa falta de pene. El
reconocimiento de la diferencia sexual anatómica fuerza a la niña pequeña a
apartarse de la masculinidad y de la masturbación masculina, dirigiéndola hacia
nuevos caminos que desembocan en el desarrollo de la feminidad. Se produce una
contracorriente opuesta al onanismo que no es exclusivamente producto del
influjo pedagógico de las personas encargadas de la crianza. Esta sublevación
de la niña contra el onanismo podría ser la afrenta narcisista enlazada con la envidia
del pene, donde al no poder equiparare con el varón, decide abandonar la
competencia con él.
Complejo
de Edipo en la niña pequeña: Inicialmente toma a la madre como primer objeto.
La libido de la niña se desliza, ya que resigna el deseo del pene para
reemplazarlo por el deseo de tener un hijo y con ese propósito toma al padre
como objeto de amor. La madre pasa a ser objeto de los celos. Cuando la ligazón
con el padre tiene que resignarse por malograda, puede atrincherarse en una
identificación padre con la que la niña regresa al complejo de masculinidad.
El
Complejo de Edipo en la niña es una formación secundaria. Las repercusiones del
complejo de castración le preceden y lo preparan.
En
lo referente al nexo entre el Complejo de Edipo y complejo de castración, se
establece una oposición fundamental entre ambos sexos: a través de la castración,
el varón abandona el Edipo, mientras que a través de la castración, la niña
ingresará en el Edipo.
El
Complejo de Edipo en el varón no es simplemente reprimido; zozobra formalmente
bajo el choque de la amenaza de castración. Sus investiduras libidinosas son
resignadas, desexualizadas y en parte sublimadas; sus objetos son incorporados
al yo, donde forman el núcleo del superyó. En el caso ideal, ya no subsiste en
el inconsciente ningún Complejo de Edipo, el superyó ha devenido su heredero.
En
la niña falta motivo para la demolición del complejo de Edipo. La castración
llevó a la niña a la situación de complejo de Edipo. Este puede ser abandonado
poco a poco, tramitado por represión, o sus efectos penetrar en la vida anímica
que es normal para la mujer. El superyó nunca deviene tan implacable, tan
impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como en el varón.
Rasgos de carácter estarían ampliamente fundamentados en la modificación de la
formación superyó.
Los
individuos humanos, a consecuencia de su disposición (constitucional) bisexual,
y de la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de
suerte que la masculinidad y feminidad puras siguen siendo construcciones
teóricas de contenido incierto.
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